Siempre a flote
Un ensayo biográfico evoca al mariscal Badoglio
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Guareschi decía: "Un artículo sobre Rasputín siempre encuentra lectores". Se podría agregar, sin ánimo de ofender, que lo mismo ocurre con Mussolini y con el mariscal Badoglio. Este fue la antítesis de Mussolini, por el lazo contradictorio que lo unió al Duce y que hizo del mariscal, en cierto momento, el vencedor del partido que los enfrentó. Después de haber servido más o menos fielmente a Mussolini, pero siempre adulándolo, por fin ocupó el puesto del Duce: en la lista de los jefes de gobierno italiano, después del nombre de Mussolini, aparece el de Pietro Badoglio.
Badoglio era un piamontés duro, ascético, cortés y un poco falso. Cuando, antes de morir, le pidieron un juicio sobre Mussolini, dijo solamente: "¿Mussolini? Un buen hombre".
Es difícil encontrar en la historia de Italia del siglo XX un personaje de las dimensiones del mariscal, ya sea en el bien o en el mal. Badoglio fue el protagonista de las tres mayores tragedias militares y políticas de su época: la catástrofe de Caporetto en 1917, la guerra de Grecia en 1940 y la vergüenza del 8 de septiembre de 1943, esa fuga de Pescara con el rey que, según las interpretaciones de muchos historiadores, marcó el fin de cierta Italia.
De esas derrotas, Badoglio resurgió siempre como vencedor, sin pagar nunca por sus responsabilidades y, en cada circunstancia, subió un peldaño y así llegó a proponerse como salvador de Italia. Cerró su vida dejando detrás de sí una huella imborrable porque nadie como él, entre 1915 y 1945 vio tanta historia, cabalgó sobre tantos acontecimientos, se precipitó en tantos abismos para volver a alcanzar posiciones de mayor prestigio, cuando se creía que había desaparecido de la escena.
En Caporetto, Badoglio estaba al frente del XXVII Cuerpo de Ejército. Decía que tenía un plan para hacer caer a los alemanes en una trampa, cuando éstos habían invadido Italia en 1917 para sostener la ofensiva austríaca en Isonzo. En cambio los alemanes lo hicieron caer a él en una trampa. Badoglio perdió el contacto con sus tropas y por el "agujero" que dejó abierto su sector penetró y venció el enemigo. Italia perdió todas las posiciones del Carso, la retirada fue una catástrofe y se detuvo tan sólo en el Piave. Todos los generales involucrados terminaron ante la Comisión de Investigación menos el principal culpable, Badoglio, que fue promovido a Segundo Jefe del Estado Mayor, por decisión del rey.
Era un buen general. Cuando llegó el fascismo, primero mostró cierto disgusto, después, cuando se dio cuenta de cómo habían cambiado las cosas, se hizo fascistísimo. En 1936 tuvo un momento de gloria. Cuando De Bono fue exonerado, lo sustituyó en Africa y en pocos meses liquidó la Etiopía y entró en triunfo en Addis Abeba. La victoria le valió nuevos honores, prebendas y el primer lugar en la jerarquía militar. Cuando estalló la guerra contra Grecia en 1940 el jefe del ejército era él y a él le hubiera correspondido decirle a Mussolini que se trataba de una locura. En cambio, se avino a la voluntad del dictador y pagó con una renuncia fingida una derrota que debería haberlo sacado del medio para siempre. Todas estas peripecias están narradas en la biografía que Piero Pieri y Giorgio Rochat le han dedicado y que ahora ha vuelto a editarse en Italia.
La culminación de la carrera de Badoglio se produjo el 8 de septiembre de 1943, cuando ocupaba el cargo de jefe del Consejo. La noche fatal del anuncio del armisticio, Badoglio dejó Roma con el rey, abandonando todo: el ejército, el gobierno, documentos. Llegó a Brindisi, se embarcó en Pescara y dejó que el rey y decenas de generales lo esperaran en Ortona. Fue, en suma, el centro del mayor desastre de la historia italiana contemporánea. Aunque parezca increíble, el 19 de septiembre, en Malta, fue recibido por Eisenhower con todos los honores en el acorazado Nelson para firmar el armisticio. Por si fuera poco presidió el primer gobierno democrático. Concluyó su vida solo, en su terruño de Grazzano, cuidado por una gobernanta y su chofer.




