
"Soy un encantador de idiotas"
Bestseller con "Gracias por volar conmigo" (Sudamericana), libro en el que relata sus andanzas como comisario de a bordo, el irreverente actor y conductor cuenta cómo llegó a su presente de éxito y pide la pena de muerte para sí mismo
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Estrenó hace semanas un programa por Canal (á), El otro, donde charla con un invitado y jamás se sabe a ciencia cierta quién es, realmente, el otro. Sigue con sus apariciones descabelladas en la radio poniéndole voz a personajes que se alejan y se acercan peligrosa o amablemente a lo que él es en realidad. O no. Acaba de publicar un libro, Gracias por volar conmigo (Sudamericana), donde cuenta sus experiencias de infancia y sus insólitas aventuras como comisario de a bordo hasta desembarcar (literalmente) en la actuación. No hay dudas, Fernando Peña es un hombre de decisiones fuertes. Comprensibles o incomprensibles, pero fuertes.
Fernando Peña duerme la siesta. En el tiempo que tarda en despertarse y levantarse, se pueden ver en el living de su casa de San Isidro algunas de esas decisiones: pinturas muy parecidas a las de Figari (o acaso sean de Figari mismo), porcelanas y copas de cristal que inundan las estanterías, sombreros mexicanos en miniatura, muebles de estilos mezclados, un almohadón con escenas de amor cortés y, afuera, ahí nomás, al pie de la puerta ventana, una pelota número 2 con los colores de Boca. Fernando Peña es así. O, mejor dicho, Fernando Peña es todo eso.
Y así aparece Peña en el living: cordial, amable. Pide una copa de vino y sonríe ante el regalo que él mismo propone para los pasajeros en vuelo en la página 253 de su libro: "A los tripulantes, regáleles un Cabsha o una mentita Suchard". El Cabsha desaparece de inmediato en su boca. Vuelve a sonreír mientras dice "mis preferidos" y hace un bollito con el papel metalizado, muy cerca de donde van a caer todas sus respuestas. "Sí, es cierto, éste es un libro de decisiones. Y como ante toda decisión, sólo me desanima que el motivo no sea genuino", apunta.
-¿Tomó alguna decisión que no sea genuina?
-Muchas veces. Y ante la decisión tomada, reculo. Por ejemplo, hacer una fiesta y no estar muy feliz de hacerla. Me voy boicoteando, voy postergando el llamado al tipo que tiene que traer la comida, al de las sillas, al del toldo. Me pregunto una y mil veces por qué. Y es porque no me entró del todo bien hacer la fiesta. Cuando veo que postergo y que escondo y que me olvido, largo todo. Cuando empiezo a tener olvidos, es que no es genuino lo que quería. Y aborto.
-Debe de haber alguna decisión un poco más fuerte que una fiesta.
-Por supuesto. Amores, de todo. Pasa, claro, pero cada vez me pasa menos porque estoy más viejo y más sabio y más experimentado. Cada vez me ocurre menos. Otra: quise ser piloto y después ya no. Generalmente soy muy fácil. Es decir, soy muy sanguíneo, no tengo demasiados problemas con las decisiones. Para nada. Me ocurre, sí, en temas banales. En lo demás soy muy claro.
-Esto de ser sanguíneo en una sociedad cada vez más consagrada al parecer en lugar de ser, ¿no le trae problemas?
-No, al revés, me los soluciona. Se me aleja la gente cobarde, la gente que no sabe lo que quiere y me busca a mí para definirse ellos. Ante lo extremadamente sanguíneo de mi personalidad, reculan. Me ahorra mucho tiempo.
-Usted eligió ser actor a los seis años, pero tardó bastante en llegar a serlo, ¿eso no fue recular?
-No, la decisión estaba siempre. Lo que ocurrió es que vivir de esto no era ni es nada fácil.
-Como le decía su madre: "De cada mil llega uno".
-Sí, pero con ciertas diferencias. Soy un bon vivant . Vivir, para mí, no es pagar la luz y tener como para comer algo todos los días. Yo quiero vivir bien. Bueno, para eso había que esperar la ocasión, ser muy buen actor y muy reconocido. Siempre fui malcriado y gastador. No es snobismo: es querer llevar una vida feliz. Hubo que esperar, claro, pero la decisión siempre estuvo.
-¿Esperar, por ejemplo, algún cambio en la sociedad como para que un tipo que hace una actuación marginal pueda tener este ritmo de vida?
-Sí, es cierto, un par de años atrás era impensable. Pero lo conseguí con ciertos personajes que tuve que inventar por marketing , como por ejemplo, Martín Revoira Lynch, que es un personaje al cual detesto pero que sirve para cazar giles. De eso se trata, de atrapar al idiota. Y yo soy un encantador de idiotas. Sé que con un travesti no iba a lograr nunca mucho dinero. Tiene que ser con un personaje como el que dije, un encantador de bobos. Varios bobos con alto poder adquisitivo se vieron reflejados en ese tipo y bueno, gracias a eso mido primero en la radio, saco libritos de porquería y me dan el espacio para poder decir "tengo un millón de bobos que consumen esa estupidez". Mientras haya tarados, siempre va a haber dinero.
-¿Por qué supone que con un travesti no ganaría plata?
-Porque mi travesti es crudo, tiene erecciones, es activo, tiene barba, no está tan seguro de operarse para transformarse en mujer, abusaron de él de chico. Mi travesti es todo un tema, es un trago amargo. Por eso no es comercial. A la gente no le gusta amargarse.
-¿De dónde sale ese travesti amargo?
-De mí, absolutamente de mí.
Fernando Peña hace un alto en la charla para atender a Fabián, el carpintero que viene a colocar una puertita en la escalera que lleva al primer piso de su casa. Peña se pone serio, indica, da detalles, propone formas. Ocurre que uno de sus tantos perros tiene instinto suicida. Así. Eso. No hay Cristo que le impida subir al primer piso sin barandas y husmear cómo será eso de volar hasta la planta baja. Peña lo cuenta preocupado. Pero la puerta parece solucionar el problema. "Ahora, si se quiere tirar, ya es cosa de él", dice y vuelve a la charla: "Me divierten otros travestis por televisión, pero no me entretienen. Y la diferencia entre diversión y entretenimiento es quedarse frente a la pantalla", agrega.
-¿Qué cosas lo entretienen?
-Escuchar música, leer, hablar con la gente, caminar. Y ver, ver. Me siento en un bar cualquiera, veo para afuera y me entretiene mucho.
-Ya que hizo la diferencia, ¿qué lo divierte?
-Todo. Hago zapping y siempre hay algo que me divierte. Hasta Tinelli. Todo me divierte: que se caiga una señora, un robo, un accidente, cualquier cosa.
-¿Leer lo divierte o lo entretiene?
-Eso es difícil. Trato de leer todo, desde un panfletito que me reparten de casualidad por la calle hasta los grandes autores clásicos. Como creo que hace la mayoría de la gente. De la gente que lee, claro. El secreto está en leer de todo, si no uno se va automarginando de una manera poco conveniente. Yo trabajo de hacer varias personalidades: si me acoto y me cierro en leer nada más que a Borges y a Platón, me convierto en alguien que no conoce lo que ocurre en la actualidad. Y mi trabajo se basa en la actualidad. Además, me entretiene mucho leer de todo. Y no leo un libro a la vez, leo de a cinco. Los leo de atrás para adelante, cachitos, no soy un lector ordenado: Landrú, Eduardo Gudiño Kieffer, el libro de oro de Mirtha Legrand, Liniers, Rep. Las lecturas que me divierten son las que me llevo cuando voy al baño.
-¿Hay algún libro que usted, Peña, querría haber escrito?
-No, para nada. Estoy muy contento con lo que hice o con lo que soy. Estoy contento con mis límites, hasta donde yo llegué. Y estoy mucho más contento con admirar al otro y saber que algo no sea mío, que algo sea ajeno a mí.
-¿Sabe cuáles son sus límites en literatura?
-Sé cuáles son mis límites en casi todo. Soy una persona muy reflexiva. Me crié muy solo. Tanto que mi mejor amigo era mi analista. Soy muy racional: me pregunto, me contesto, soy casi matemático en mis razonamientos, en mis sentimientos, entonces eso me lleva a conocerme mucho.
-¿Cómo es ser matemático en los sentimientos?
-Es saber que si uno ama más de lo que corresponde, porque uno está frente a una persona que no entiende su forma de amar, va a perder, va a terminar debiendo, en rojo. Y en vez de soltar las riendas y amar de más, prefiero identificar al otro que en ese momento no está listo para determinado tipo de amor, y dejar de desperdiciarlo. Lo hice de joven y me lastimó, me consumió. Yo pensaba que iba a llevar todo ese amor a lo concreto, y la persona que amaba se iba a dar cuenta y revertir sus sentimientos. Y no pasó así. Ahora, hago un debe y un haber, me lo guardo y explico al otro que tengo mucho más para dar pero que no tengo ganas.
-No debe de ser nada agradable, ni para el otro ni para usted.
-Claro que no, pero me indigna que me subestimen, que me digan una cosa por otra. Están ante una liebre, no jodan a la liebre. Porque lo que tengo es una falta de temor increíble.
-¿No le teme a esa falta de temor?
-Claro, cómo no, le temo a mi falta de temor. Soy capaz de matar. No tengo nada que perder. Mi vida ya está vivida. Ahora estoy tratando de que la gente se dé cuenta que no soy un personaje, que soy una persona. Un día se va a escribir en los diarios: "Fernando Peña no era un personaje". Y, si en el camino alguien me jode, voy a agarrar un cuchillo y lo voy a matar. Y ese día, seguramente recordarán "mirá vos, te acordás, Peña ya lo había avisado en la revista adn ". Bueno, el que avisa no traiciona. Me indigna que me jodan, que me carguen. Yo no jodo a nadie: hago mi negocio, mi vida sexual, mi vida afectiva. No me vengan a pedir cuentas: pago por cada cosa que tengo. Me levanto a las seis de la mañana, soy borracho y cocainómano pero no necesito ninguna enfermera que me levante, lo hago solito cada mañana y me voy a laburar. Eso me cuesta mucho, pero me lleva a valorarme y a quererme. Cuando se me subestima, me vuelvo loco.
-¿Hay mucha gente que lo subestima?
-Muchísima. Y cada día tengo que lidiar con cuarenta nuevos que pretenden sumarse. Todos los días aparece un tonto al que debo advertirle que las cosas no son como él las ve. Y les digo: ya te lo advertí, la próxima te mato. Sé que es inhumano, sé que es horrible, sé que es irracional, sé que es espantoso, incivilizado, pero no me sale otro término, ¿qué le voy a hacer? No soy caprichoso: pido pena de muerte para mí.
-¿Tuvo ganas de matar a alguien en algún momento?
-Miles de veces. Pero también supe en esos momentos que, si lo hacía, me perjudicaba yo. Todavía tengo mucho para hacer, entonces triunfa en mí esa frialdad que tengo, las matemáticas del amor, de la pasión.
-Parece estar muy de acuerdo con esta sociedad "Gran Hermano" en la que todo se ve y se muestra.
-Claro, me parece genial que veamos todo de todos y empecemos a ser transparentes. Voto por un mundo sin privacidad, con transparencia. No voto por el "me separé ayer pero no se lo digas a nadie" o "tengo cáncer pero no lo divulgues". Me repugna lo claustrofóbico, lo hermético. Me seduce la ventilación, el salir afuera, el abrir las ventanas, el decir las cosas como son. Y lo prefiero porque lo probé. Cuando empecé, hace muchos años, a decir la verdad sobre mi vida, recibí muchas colaboraciones, pulgares para arriba.
-¿Aunque se trate de la declaración de querer matar a alguien?
-Sí, quiero que, si se produce, sea noticia hasta la violación de un chico por parte de su padre. Todo debe ser una noticia porque todo sucede. Y el deber de los medios es reproducir eso. En tanto y en cuanto los medios incumplan con su deber, que es informar de todo lo que sucede, habrá una tarea hecha a medias, tibia. La moral se interpone de una manera bastante incómoda en las tareas de muchos rubros. Quiero decir: ¿vamos a hacer el laburo o vamos a hablar de moral? Dejémonos de joder. Si yo laburo no hay moral, hay que laburar.
-¿Se considera un amoral diciendo lo que dice?
-No, en absoluto. No mezclo la moral con el trabajo. No puedo dejar que la moral intervenga en mi tarea. Si me pongo a pensar en eso no voy a hacer mi trabajo bien. Ahí vienen el cargo de conciencia, la culpa, la mediocridad del otro.
-¿Cómo ve, en el terreno cultural, el país que se viene?
-Siempre hubo destellos como el Di Tella, como el Parakultural, destellos del orden "ahora sí entendemos todo". Y nunca entendimos nada. Y me incluyo. Puede haber otro Di Tella y con seguridad lo habrá, pero esto no cambia más. Y tal vez no esté tan mal que no cambie más. La Argentina no es un país de cambios, y eso se ve. Cambian los colores: hoy algunos pueden decir "soy lesbiana", "soy gay", alguno puede consumir marihuana en la calle, pero eso no es un cambio, son luces de colores. Pirotecnia.
"Pirotecnia", dice, serio. Tan serio como cuando se levanta y vuelve hasta el pie de la escalera para ajustar detalles de la puerta con la que trata de impedir que su perro se suicide. Ahora Peña sabe que, al menos, si el perro lo intenta, será por decisión propia.

