Stéphane Mallarmé y la última moda
Por Odile Baron Supervielle
1 minuto de lectura'
"Mallarmé era la flor suprema de París, el resumen exquisito de una raza civilizada, de una sociedad donde dominaba la cortesía y en la cual todo pasaba por el espíritu", afirmó Paul Claudel. En efecto, el gran poeta simbolista fue un hombre que apreciaba los encantos de la vida y que no sólo buscó la exquisitez en las líneas de sus poemas sino también en aspectos más mundanos.
Se sabe que había prestado la mayor atención a la elección de los muebles, cuadros y grabados de su casa parisiense de la rue de Rome, donde cada martes recibía a sus amigos: los escritores, pintores y músicos más eminentes de la época. Decía:"Se puede obtener un aspecto armonioso con las cosas más sencillas con tal que sean de buen gusto y se combinen entre sí".
En Valvins, su propiedad de campo a orillas del Sena, el poeta disfrutaba intensamente del contacto con la naturaleza y el cuidado de su jardín.Desde allí escribía a su esposa:"El tiempo se ha nublado pero no tuvimos una sola gota de agua... ¡pobres rosas! Te dije que maté los pulgones de los rosales [...]. Todas las mañanas paseo por el jardín con la tijera en la mano y me dedico a hacer la toilette de las plantas antes de dedicarme a la mía" . Y por supuesto, esas vivencias las volcaba en su creación: "He pasado el día de ayer detrás de las persianas en compañía de las rosas, tratando de escribir un poema en prosa para la revista", escribe en otra de sus cartas, en los días en que componía "Le nénuphar blanc", un poema en que describe los juegos de reflejos del sol en el agua y entre las ramas.
Paul Valéry, invitado por Mallarmé a Valvins, recordaba así los momentos que vivió allí:"Por la mañana, me leía ÔUn coup de dés...´, que estaba escribiendo, por la tarde nos paseábamos por el jardín. El poeta Ôartificial´ cortaba las flores más ingenuas. Cargábamos en nuestros brazos bleuets y amapolas.El aire era de fuego; el esplendor, absoluto; el silencio, lleno de vértigos e intercambios; la muerte, imposible o indiferente; el todo, extraordinariamente hermoso, ardiente y adormecido... y las imágenes del suelo temblaban. Mallarmé me mostró la llanura que el precoz verano empezaba a dorar:ÔVea -dijo- es el primer golpe de címbalo del otoño sobre la tierra´".
Pero quizás lo más sorprendente sea la atención que Mallarmé prestó a otros encantos de la vida que podrían calificarse de frívolos o triviales, como por ejemplo, su interés por la moda, claramente reflejado en su actividad en la revista La derniére mode (gazette du mode et de la famille) , que fundó. La publicación tuvo una vida efímera: el primer número apareció el 8 de septiembre y el octavo, y último, el 20 de diciembre del mismo año.Las notas, que trataban los temas más variados, se ocupaban de todo lo que podía interesar a las señoras burguesas, las madres de familia, las gobernantas, las cocineras, los jardineros... Decoración, moda para niños y adultos, novedades de librería, espectáculos y todo aquello que contribuyera al comfort y al encanto de la vida cotidiana encontraba su lugar en las páginas de la revista.
Rémy de Gourmont fue el primero en captar el valor literario de la publicación:"Es una prueba de que con un estilo uno puede imprimir su sello en una receta de cocina, en la descripción de un vestido o en la redacción de un aviso publicitario", comentó. Observación que confirman las palabras de Henri Mondor que, por su parte, señaló: "Todos los fascículos de La derniére mode son de una lectura deliciosa.No hay una página en la que no se descubra un texto de antología, un poema en prosa, reflexiones exquisitas, juegos de palabras brillantes y comentarios, no exentos de cierto sentido del humor mallarmeano".




