
Textos recobrados
Al principio de su carrera literaria, entre 1919 y 1929, Borges dio a conocer numerosos escritos en diarios y revistas de España y de la Argentina, que, con el correr del tiempo, quedaron olvidados, fuera del alcance del público. Esos poemas, artículos y ensayos dispersos, algunos de los cuales reproducimos aquí, aparecen ahora reunidos en Textos recobrados (Emecé Editores) y con un adecuado aparato de notas.
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Rusia
La trinchera avanzada es en la estepa un barco al abordaje con gallardetes de hullas: mediodías estallan en los ojos. Bajo estandartes de silencio pasan las muchedumbres y el sol crucificado en los ponientes se pluraliza en la vocinglería de las torres del Kreml.; [sic]. El mar vendrá nadando a esos ejércitos que envolverán sus torsos en todas las praderas del continente. En el cuerno salvaje de un arco iris clamaremos su gesta bayonetas que portan en la punta las mañanas.
Grecia, Madrid, Año 3, Nº 48, 1 de septiembre de 1920.
Gesta maximalista
Desde los hombros curvos se arrojaron los rifles como viaductos
Las barricadas que cicatrizan las plazas vibran nervios desnudos
El cielo se ha crinado de gritos y disparos
Solsticios interiores han quemado los cráneos
Uncida por el largo aterrizaje la catedral avión de multitudes quiere romper las amarras
y el ejército fresca arboladura de surtidores-bayonetas pasa
el candelabro de los mil y un falos
Pájaro rojo vuela un estandarte sobre la hirsuta muchedumbre extática.
Ultra, Madrid, Año 1, Nº 3, 20 de febrero de 1921.
Y además en: Ryhtmes rouges, con el título "Geste maximaliste".
(Pléiade, 1993, págs. 37-38).
Buenos Aires
Ni de mañana ni al atardecer ni en la noche vemos realmente la ciudad. La mañana es una prepotencia de azul, un asombro de abiertas claraboyas agujereando el cielo decisivo y completo, un cristalear y un despilfarro escandaloso de sol amontonándose en las plazas y hasta metiéndose en los espejos y en los aljibes. La tarde es el momento dramático de la jornada: es como un retorcerse y un salirse de quicio de las cosas, y nos desmadeja, nos carcome y nos manosea. Después, y ya convalecientes de la tarde, la noche es el milagro trunco: la culminación de los embanderados faroles y el tiempo en que la objetividad palpable se hace menos insolente y menos maciza. La madrugada, en cambio, siempre es una cosa: infame y rastrera, pues encubre la gran conjuración tramada para poner en pie todo aquello que fracasó diez horas antes, y va alineando calles, decapitando luces y repintando colores por los idénticos lugares de la tarde anterior, hasta que nosotros -ya con la ciudad al cuello y el día abismal unciendo nuestros hombros- tenemos que rendirnos a la desatinada plenitud de su triunfo y resignarnos a que nos remachen un día más en la frente.
No: las etapas que acabo de enunciar son demasiado literarias para que en ellas pueda el paisaje gozar de vida propia. Yo estoy seguro que el amanecer en Benarés tiene el mismo sentido que el amanecer en Madrid... (¡Oh lenta luna rezagada encima del Viaducto y actuación mentirosamente optimista de los pajaritos que chillan tras las verjas de los jardines húmedos!)
Para apresar íntegramente el alma -imaginaria- del paisaje, hay que elegir una de aquellas horas huérfanas que viven como asustadas por los demás y en las cuales nadie se fija. Por ejemplo: las dos y pico, p. m. El cielo asume entonces cualquier color. Ningún director de orquesta nos impone su pauta. La cenestesia fluye por los ojos pueriles y la ciudad se adentra en nosotros. Así nos hemos empapado de Buenos Aires.
Aunque a veces nos humille algún rascacielos, la visión total de Buenos Aires no es whitmaniana. Las líneas horizontales vencen las verticales. Las perspectivas -de casitas de un piso alineadas y confrontándose a lo largo de las leguas de asfalto y piedras- son demasiado fáciles para no parecer verosímiles. En cada encrucijada se adivinan cuatro correctos horizontes. Horizontes que intentan distraídamente escalar mis ojos de miope. (...)
Cosmópolis, Madrid Nº 34, octubre de 1921.
Mallorca
Mallorca es un lugar parecido a la felicidad, apto para en él ser dichoso, apto para escenario de dicha, y yo -como tantos isleños y forasteros- no he poseído casi nunca el caudal de felicidad que uno debe llevar adentro para sentirse espectador digno (y no avergonzado) de tanta claridad de belleza. Dos veces he vivido en Mallorca y mi recuerdo de ella es límpido y quieto: unas tenidas discutidoras con los amigos, una caminata madrugadora que empezó en Valldemosa y se cansó en Palma, una niña rosada y dorada de la que estuve enamorado tal vez y a la que no se lo dije nunca, unos días largos remansándose en el cálculo de las playas. Ahora dejo de escribir y sigo acordándome.
El Día, Palma de Mallorca, 21 de noviembre de 1926.
La inútil división de Boedo y Florida
La disputación de Boedo y Florida fue motivo de sorna para los más, de traviesa o malhumorada belicosidad para los empeñados en ella, y de tranquila consideración póstuma para alguno, que esta vez soy yo. Rememoro el caso. Básteme señalar, en socorro del olvidadizo o desentendido lector, que allá por los inverosímiles días de la nueva sensibilidad guerrearon dos facciones literarias en Buenos Aires, y que la primera se dijo ser de Boedo y que a la segunda le dijeron ser de Florida. Paso sobre algún accidente, por ejemplo, sobre el arriba mencionado, de que los de Florida debieron esa cortesana designación a una habilidad de sus adversarios, que les consiguieron, asi, toda la disponible malquerencia demagógica de los mirones, y busco lo esencial. El dilema, como se entenderá, no es ficticio, y puede rebasar los círculos angostísimos que lo plantearon. La expresión argentina es una verdad no dudable -no sé si todavía de nuestro querer o ya de lo real-, y es lícito inquirir si Boedo o Florida, si lo popular o lo educado, han sido más fundamentales en ella. Así considerado, el tema es de tan evidente significación, que no precisaré disculparme más de encararlo, sino de no atribuirle densos volúmenes.
Empiezo por la discusión de los símbolos. Sospecho que fueron elegidos sin mayor conciencia y que se atendió más bien a un contraste grueso y de todos visible que a una precisa y delicada figuración de ambas maneras de arte. Florida, calle del desocupado paseo y de los saludos, no parece tener vocación de símbolo de una actividad "vacuus viator" de Juvenal, vacuo no tanto de moneda nacional como de zozobras; según la buena voluntad y la buena latinidad lo requieren. Es calle de contemplación y de tránsito, no de realización. Además, la sola contribución de esa rambla del arte argentino, es de carácter desconcertadamente boedista. Aludo a las populosas representaciones de Juan Moreyra en la temporada 1890-1891, en el Jardín Florida, casi enfrente de la casa de Paraguay, donde serían propuestos, treinta años después, los borradores de otro ya más antiguo y más sufrido destino gaucho: el de Don Segundo. Esos percances de la distinción de Florida no son accidentales, según espero demostrarlo después. Boedo, como adverso símbolo de suburbio, es todavía menos afortunado. Boedo y San Juan, con su crasa conversión al ideal burgués, con la espesa guarangada de sus atestadas confiterías, con la iluminación lucrativa de sus avisos, con la soberbia de sus casas de departamentos, no es seguramente el suburbio. Menos quiero avenirme a pensar que sea la realizada aspiración de Almagro o San Cristóbal; las finas calles de barrio que son interrumpidas por Boedo no pueden entenderla o desearla: son ya perfectas en sus género de felicidad sin escándalo, de modestia valiente. Triunvirato, que es una suerte de repetición de Boedo y que abunda en un parejo afan mercantil, me parece menos arrepentida de suburbio. Triunvirato -pese al cinematógrafo noticioso y a las efusiones desagradables, aunque para mí sobrenaturales de la radiotelefonía- cuida todavía sus glorietas de payadores, y la guitarra es sentenciosa en esas glorietas. (Es que Triunvirato se lleva mejor con Villa Crespo que Boedo con Almagro). Pero el más adecuado símbolo de suburbio sería alguna calle predestinada a subalternidad y a distancia, alguna calle con mirada de pampa y tapiales claros, no el centro de un distrito. Sin embargo, la ascendencia o justificación de los símbolos es lo de menos: lo importante es su aceptación. Aceptemos, pues, esta simbología ocasional de Florida y Boedo, entendiendo por ésta los elementos plebeyos o, con mayor cortesía, los populares, y por aquella los cultos. (Obsérvese, lateralmente, a la materia general de esta discusión, que al establecerse el caso dilemático de "civilización o barbarie", el criollismo era el encargado de la barbarie. Ahora, en esta mínima escaramuza actual de Boedo y Florida, el criollismo está con los de Florida, y la civilización, el entrevero inmigratorio, con los de Boedo).
Ya nos encara la interrogación esencial. La defino por los dos convencionales términos que sabemos, y la planteo así: "¿Cuál ha sido más beneficiosa al arte argentino: Boedo o Florida?". Miremos la cuestión, pero miremos también las dos contradictorias falacias que en ella nos acechan. La primera está en la connotación erudita de la palabra "arte", superstición que nos invita a conceder categoría de arte a un soneto malo, pero a negársela a una bien versificada milonga; la segunda está en la connotación popular de las palabras "nacional" o "argentino", prejuicio que nos hace postular argentinidad en las efusiones italianas de los tangos, pero no en el estoicismo argentino de un poema de Enrique Banchs.
El criterio que rige estas equivocadas valoraciones es el de diferencia con lo general europeo; vale decir, es de índole artificioso. Estas falacias antitéticas no se anulan, pues el poseído por una de las dos queda inhabilitado para percibir la contraria. Yo propondría una diversa valoración, ciertamente nada infalible o novedosa, pero que puede sernos auxiliar esta vez, visto que en todas las demás nos servimos de ella. Hablo de la valoración hedónica o emotiva: la que declara nuestra y estética a toda manifestación producida en esta República que sepa emocionarnos. Consideremos esa lisonjera suposición: la literatura argentina; no el examen de materiales para su historia, allegado convenientemente por Rojas en ocho volúmenes más extensos que la totalidad de esa misma literatura, sino el rimero de páginas que se salvan. Acuden en seguida, en orden sumariamente cronológico: "El matadero", de Esteban Echeverría; el Facundo, de Sarmiento; el Fausto, de Estanislao del Campo; el Martín Fierro, de José Hernández; los varios Santos Vega; buena parte de las páginas de Mansilla; otras de Ramos Mejía en su tan precisamente novelesco estudio de Rosas; Don Segundo Sombra; Carriego. Estoy seguro que deben añadirse otros nombres a los que este repentizado censo de gustos acaba de proponer, pero creo también que ninguno de los recordados en él puede ser omitido.
Boedo o Florida: estamos en el corazón de ese misterio. La primera observación evidente que a todos nos es deparado inventar aquí, es lo vernáculo o popular o hasta plebeyo de los temas tratados. La antigua pampa, con su felicidad pastoril o con su horizonte de montoneras de malones, la pampa gringa de hoy, el suburbio matero y cuchillero de antes y el laborioso actual, integran la consabida temática de nuestro arte. Esa comprobación parece autorizamos a decidir por Boedo, pero una segunda (no menos obligatoria de fácil) se interpone para prohibírnoslo. También los escritores deben contar. Aquí la paradoja es notoria. Ni un solo gaucho ha colaborado en nuestra literatura "gauchesca", desde el coronel Hilario Ascasubi hasta Ricardo Güiraldes, sin olvidarnos del no menor entre ellos Del Campo, oficial mayor del ministerio de Gobierno, que inspiró a la prosa punitiva de Paul Groussac ese despreocupado sarcasmo sobre el "payador de bufete" y aquel otro sobre "los muchos expedientes en verso de cualquier metro y jaez que tenía despachados". Genealogía igualmente honesta es la de nuestra literatura del suburbio. Esteban Echeverría, imaginador o descubridor de las charras escenas de "El matadero", fue lo que el dialecto de ahora llama un "muchacho bien", y el contemporáneo suyo "un hijo del Alto". Fue un aficionado o turista de las orillas, y así Juan María Gutiérrez lo recordaba, frecuentador de las jaranas del Sur, escondida la guitarra insolente de los cielitos bajo la seriedad de la capa. Don Francisco Sicardi, en cuyo intratable y poseído y casi infinito Libro extraño están escritos el ensanchamiento despedazado de Buenos Aires, el escamoteo de la pampa y la humana sustitución del cinc y el ladrillo al barro del Oeste, fue también un visitador de esas regiones, llevado a ellas por su ejercicio de médico. Carriego -nieto del doctor Evaristo Federico Carriego, del polemista- vivió en el arrabal, sin ser de él.
Considerados estos datos, que sería llanísimo prodigar y que no son casualidades biográficas, es fácil incidir en esta conclusión: "Boedo mirado por Florida es arte argentino". Es resumen o generalización de hechos irrefutables, pero ninguna razón me autoriza a considerarlo profético. Las precelencias de la educada observación y de la lectura, pueden ser aventajadas -y lo serán- por la genial pedagogía de la pasión y de la dolorosa experiencia. Entonces, ¿qué dictamen derivar de esta perplejidad en pocos renglones (aunque demasiados) que he ido registrando? Yo insinuaría éste: La formación de las obras de arte es imprevisible; oro y pobreza pueden colaborar en su formación. Es fallo de ignorancia y de espera, ya lo sé; pero una conversada ignorancia no es menos amistosa que una recibida verdad. Este es otro lugar común, desde Lessing.
La Prensa, Buenos Aires, 30 de septiembre de 1928.


