Transgredir y criticar las transgresiones, un hábito de los porteños
Reconocen que incumplen las normas, pero condenan que otros hagan lo mismo
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Exceder los límites de velocidad en la calle, colarse en lugar de esperar el turno, copiarse en un examen, evadir impuestos, viajar en transporte público sin pagar, quedarse con un vuelto... Todas éstas son transgresiones que la mayoría de los porteños admite haber cometido alguna vez.
Lo sorprendente es que esas mismas personas rechazan y se manifiestan preocupadas por el grado en que “la sociedad argentina” incumple las normas.
Los resultados provienen de un sondeo realizado por el Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano (Copub) entre 611 porteños mayores de 18 años, a los que se les preguntó en qué medida respetan o no algunas normas cotidianas de convivencia.
Según los resultados de la encuesta, casi el 70% admitió haberse colado alguna vez en lugar de esperar a que llegara su turno y el 76% reconoció haber tirado basura en espacios públicos. Un 30% de ellos incluso admitió haberlo hecho muchas veces.
Un abrumador 85% se copió alguna vez en un examen; el 32,2% lo hizo, además, muchas veces.
Las normas de tránsito concentran la mayor cantidad de transgresiones: el 75% reconoce que excede los límites de velocidad; sólo un tercio usa el cinturón de seguridad, y casi el 60% alguna vez no ha respetado la luz roja de los semáforos.
Aunque casi el 50% dice que siempre se preocupa por el estado en que deja un baño público, el 28% reconoce que nunca o casi nunca le preocupa.
El 62% ha viajado en transportes públicos sin pagar; el 54,9% alguna vez se quedó con un vuelto mal dado y casi el 60% admitió haberse quedado alguna vez con algún objeto que no le cobraron al realizar una compra. Un tercio de la muestra (34%) alguna vez ha eludido el pago de un impuesto.
Sin beneficio para nadie
"Hay casos en los que las personas se desvían de la norma para obtener un beneficio directo, como copiarse en un examen o quedarse con un vuelto. Eso es grave, pero más preocupantes son los casos en los que las consecuencias de transgredir las normas no traen un beneficio para nadie y perjudican a todos, como no cumplir las normas de tránsito, tirar basura o dejar los baños sucios", analizó Virginia García Beaudoux, una de los responsables del estudio, en el que participaron también Orlando D´Adamo, director del Copub, y María Pastore.
Las transgresiones porque sí revelan, también, la idea de un espacio público que se percibe como un ámbito ajeno. "La inobservancia masiva y general de las normas produce ineficiencia en todo el conjunto social", reflexionó García Beaudoux.
A este desinterés por lo colectivo se agrega, sin embargo, un discurso que lo condena. El 92,4% cree que es grave que no respetemos las normas de tránsito y al 93,4% le parece mal que como sociedad no cuidemos la higiene de los espacios públicos. Al mismo tiempo, el 74,3% cree que es grave que evadamos impuestos, lo cual muestra que se percibe como menos grave que otras cuestiones.
"Los datos reflejan una doble moral: hay una abrumadora conciencia de que estos comportamientos son muy negativos y dañinos para la sociedad, pero al mismo tiempo se los practica ampliamente", dicen los investigadores. Hay allí, al mismo tiempo, cierto cinismo. "Todos criticamos a los representantes porque persiguen el beneficio personal y no les preocupa el bien común, pero nosotros hacemos lo mismo", dijo García Beaudoux. Según comentaron los investigadores, los encuestados de mayor edad se mostraban en general más avergonzados al reconocer sus malas costumbres, pero entre muchos jóvenes se percibía cierto orgullo en la transgresión.
Valores consensuados
Para García Beaudoux, "algo falla en nuestra socialización, porque no podemos internalizar valores consensuados". Intentó una explicación: "Nuestra socialización no tiene una orientación colectivista, sino individualista. No socializamos a nuestros chicos en la creencia de los beneficios de la protección y el apego al bien común, sino en la de la salvación individual", dijo.
Más aún: puede existir una socialización en el incumplimiento de las normas, por imitación. "El individuo suele comportarse según un modelo imitativo impersonal por el cual, a veces por ser reconocido en cierto grupo o porque «lo hacen todos», no decide auténtica y personalmente", dijo la doctora en Filosofía Diana Cohen Agrest.
"Incluso quienes paulatinamente van tomando conciencia de que la ausencia de normas es un «pésimo negocio» personal y social a mediano y largo plazo, en el discurso expresan acatamiento, pero se comportan transgresoramente, tal vez porque es más fácil modificar las creencias que las actitudes", afirmó.
La transgresión como práctica normal puede responder directamente a nuestra concepción de la autoridad. "Tenemos una larga tradición de ver a la autoridad como ilegítima, sin una tradición democrática fuerte. Nuestro sistema jurídico fue creado para armar un país centralizado, más basado en la coacción que en la deliberación", dijo Martín Böhmer, director del área de Justicia del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), a cargo del área de Derecho de la Universidad de San Andrés.
Ante el incumplimiento de las normas, la primera reacción social es pedir más control y mayores castigos. "El desafío no es cómo obligar a cumplir normas, sino cómo construir autoridad legítima en la Argentina, entender que cumplir las normas está bien y que tenemos mecanismos democráticos para crearlas y modificarlas", afirmó Böhmer, para quien "hay que lograr la construcción común y democrática de las normas y de la autoridad. Habrá obediencia legítima cuando pensemos que la autoridad es legítima", dijo.




