Trenes del ayer

De viajeros, escritores y nostalgias trata esta nota en la que el escritor peruano nos recuerda que un buen viajero sabe que, cuando se pierde un tren en la vida, no hay más remedio que tomar el siguiente sin mirar su destino
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27 de noviembre de 2002  

A lo largo de mi vida en Europa, rodando a menudo entre trenes y hoteles, he conocido muy pocos buenos viajeros. Muy pocas personas que, como Goethe, pudieran decir: “De los placeres, el más triste es el viajar”. O afirmar, como Montherlant, que: “Un viajero solitario es un diablo”. Quizás porque hay poca gente dispuesta a buscar el olvido y mucha gente aficionada a moverse tontamente de un lado para otro, sólo por avasallar a los vecinos, por cumplir con los rituales de su sociedad y de la moda, por sorprendernos con los récords y los presupuestos de sus viajes.

Lord Wellington, sabio profeta, decía con harta sabiduría política: “Estoy en contra del siniestro ferrocarril porque incita a la gente a moverse de un lado para otro sin ningún beneficio para el Estado”.

El turista se ha convertido en una plaga en países como Francia, España e Italia, y es conmovedora la batalla del alcalde de Venecia por expulsar día a día de su ciudad a los torpes visitantes que por hordas pisotean a aquella maloliente moribunda. “La tristísima belleza de Praga”, de la que habló Pablo Neruda, debería estarle reservada también al viajero, más no al turista. Por eso no es extraño que los pueblos hayan creado una caricatura terrible del turista, con su máquina de fotos, su camisa floreada y sus shorts. Andan por el mundo con ropa de baño, como si los monumentos de las ciudades fuesen todos un enorme balneario. Tenía razón el obispo de Tours cuando mandó poner un letrero en la puerta de la catedral: “Se ruega a los turistas no entrar en ropa de baño a este santo lugar. No hay piscina en la catedral”.

Pero los trenes y los barcos me enseñaron a conocer la realidad del mundo y a conocer algunos países más allá de lo que cuentan los libros y las guías turísticas. Lo primero que uno encuentra en la frontera italiana de Ventimiglia es una pésima pizzería. En la frontera francesa de Cerbère, un excusado turco con un agujero en el suelo. En la frontera sueca de Göteberg, una máquina expendedora de condones. En la frontera suiza de Basilea, una ventanilla y un banco. En la frontera del Río Bravo, un multicine y un burdel. En la estación de Waterloo, a la llegada del Canal que atraviesa el Canal de la Mancha, un negro que vende collares. Y en la frontera de Algeciras, en la puerta de España, una cola interminable.

En las estaciones de tren he encontrado, he perdido o he recordado a muchos santos de mi calendario personal. Emile Verhaeren -el primer poeta que cantó el tren- murió en la estación de Rouen, atropellado por un tren de mercancías. Los burócratas enviaron su cuerpo a su viuda, embalado con una etiqueta que decía: “Contenido de este paquete: un muerto”.

Tolstoi, el sentirse morir, subió a un tren y se perdió camino al infinito. Se fue, como un viejo brahmán, como un elefante cansado, a morir lejos de su casa. Y cerró los ojos en la estación de Astápovo, rodeado de nieve.

El conde de Gobineau, infatigable viajero, tuvo una muerte muy consecuente con su vida: falleció en el ómnibus del Hotel Liguria, que lo llevaba a la estación de Turín. Y hablando de vidas y muertes consecuentes, cabe evocar la de Alejandro Magno, por más que tan poderoso señor jamás soñara siquiera con dominar el mundo en tren. Alejandro Magno resolvía todos sus problemas de salud con una buena dieta. Al primer estornudo, dieta. Murió haciendo dieta.

El pobre Stendhal (Henry Beyle, “El milanés”, -vivió, escribió, amó), no pudo morir en Milán, que era la ciudad de sus sueños. Se sintió enfermo en París, y sólo tuvo fuerzas para arrastrarse penosamente hasta la puerta del Ministerio de Asuntos Exteriores...

Muchas veces, en la estación de Napoule, he recordado al pobre Oscar Wilde, cuando llegó a estos lugares, castigado por el maldito recuerdo de la cárcel de Reading. Nunca fue Wilde un buen viajero, pero en los últimos momentos de su vida ya ni siquiera buscaba el sol: sólo huía de la humedad y de las sombras que se le habían pegado al cuerpo en los años de prisión. Y él, que había sido el poeta de los narcisos blancos y las volutas de humo, andaba lentamente por las estaciones, con el cuerpo convertido en la máscara pintada de su tristeza, en la maleta perdida de su alegría.

A fin de cuentas, las rosas se van. Y se fueron aquellos trenes de lágrimas y humo que nos llevaron desde Londres a Estambul, desde Abidjan a Ougadougou, desde Lisboa a París, desde Moscú a Vladivostock. Aquellos trenes que recorrían, incansables, los bosques de Europa, las selvas de África, las estepas de Asia sin detenerse más que en las estaciones nobles: “trenes orgullosos”, los llamaban en Malasia...

Las prisas del tiempo se llevan los recuerdos de aquellos viajes “dificilísimos” de mis primeros años en Europa. Pero un buen viajero sabe que, cuando se pierde un tren en la vida, no hay más remedio que tomar el siguiente sin mirar su destino...

A fin de cuentas lo que vale es viajar, elegir un paisaje, perseguir un sueño, cargar la propia maleta y renunciar al resto. Porque, si debemos morir, lo mejor es que la muerte nos pesque a caballo. Y si todo el mundo muere entre desconocidos, lo mejor es enamorarse antes de que los rostros se borren, la memoria se esfume, las manos se aflojen, los ojos se cierren... Y los últimos trenes pasen de largo por el andén donde tanto tiempo los estuvimos esperando con un libro en la mano y la florecilla aquella que se quedó en el ojal.

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