
Tríptico revolucionario
¿Qué quedó de los ideales agitados en las revueltas estudiantiles europeas de hace treinta años, que luego se extendieron a países como la Argentina? Beatriz Sarlo hace un balance de tres momentos revolucionarios de aquellos tiempos y, en carácter de anticipo se publica un fragmento de Une envie de politique (Editorial La Découverte/Le Monde), un libro de conversaciones de Daniel Cohn Bendit, el líder carismático del 68 (hoy diputado del Parlamento Europeo), con Lucas Delattre y Guy Herzlich.
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DEL Mayo francés tengo recuerdos tan intensos como contradictorios. Las fotos de la insurrección parisina se sobreimprimen con las fotos del Cordobazo, que sucede en la Argentina exactamente un año después. En ambos recuerdos, la gente es muy joven y está en la actitud de arrojar algo a la policía o a un edificio cercano. Las fotos tienen mucho humo y las imágenes están algo borrosas, porque se trata siempre de personas en movimiento, gesticulando, saltando o corriendo.
Por supuesto, las consignas del Mayo francés han alcanzado una clasicidad incomparable. Traducidas a todas las lenguas, mantienen hasta hoy su potencia sugestiva como condensación poética del deseo revolucionario, y tienen un aire de familia con el rechazo absoluto que luego formará parte de otras tribus de la cultura juvenil. "No sé lo que quiero, pero lo quiero ya": esa frase ocupa el ojo de un torbellino. Como "pidamos lo imposible", podría decirse que no pertenece a nadie.
En el Mayo francés había una estética revolucionaria que me parecía más atractiva que la de las movilizaciones tercermundistas. El Mayo francés fue el pop art , el arte conceptual, el happening , la instalación, los graffiti , el collage , la historieta: todas las formas del vanguardismo internacional sesentista. Incluso había tenido su film premonitorio: La chinoise , de Jean-Luc Godard, de 1967, donde un hombre de Les Temps Modernes , la revista de Sartre, era interrogado (casi diría hostilizado) por una estudiante de una célula maoísta afincada precisamente en Nanterre. El film de Godard presenta motivos que anuncian los del Mayo francés: el maoísmo, el oriente campesino y revolucionario, el juvenilismo, el sentido de absoluto, la violencia, el doctrinarismo.
Los estudiantes franceses del 68 ocuparon el lugar de un proletariado europeo adormecido por el bienestar. Tal era el argumento. Todo el mundo discutía esa cita donde Marcuse indicaba que, en el capitalismo avanzado, las clases trabajadoras habían perdido su potencial revolucionario. Los estudiantes franceses superaron el cerco de la alienación trazado por Marcuse, porque su movimiento atrapó también a los obreros franceses. La vanguardia cultural estudiantil se había convertido en vanguardia política.
En mayo de 1968, también creí que los estudiantes franceses ensayaban un acto insurreccional que sólo se cumpliría definitivamente en América. Ellos habían tomado la delantera, pero de este lado del Atlántico se preparaba la verdadera, definitiva, lucha revolucionaria. Y América incluía a los Estados Unidos en un arco que iba de los hippies al movimiento negro, representante del Tercer Mundo dentro del Primero.
La idea de que había reservas insurreccionales en los más grandes países capitalistas (el Mayo de Francia fue un mayo europeo: turinés, romano, berlinés y también un mayo californiano), chocaba sin que yo tuviera demasiada conciencia teórica, con otra idea: la de que la revolución iba a avanzar de la periferia hacia el centro, traída por los condenados de la tierra, como Franz Fanon llamaba a los campesinos. Y en la Argentina urbana, la clase obrera parecía capaz de destituir a sus dirigentes y avanzar en el camino de una radicalización juvenil que, por fin, garantizaba la vieja consigna de "obreros y estudiantes, unidos y adelante".
No terminan acá las imágenes sobreimpresas. La Revolución Cultural china también proponía sus instantáneas de jóvenes revolucionarios que, con el brazo tenso, sostenían un libro de consignas: el Libro rojo , de Mao. La Revolución Cultural china era juvenil tanto como lo era la insurrección francesa. Muchos creíamos que un puñado de viejos dirigentes revolucionarios, comunicados directamente con las masas de jóvenes, habían recuperado el Partido Comunista chino para dirigir la lucha de clases, impidiendo que siguiera el camino de la nomenklatura soviética, corrupta y reformista.
Ésa era una de las versiones corrientes y yo no tenía demasiados motivos para dudar de ella, ya que me ofrecía varias ventajas: la revolución llegaba, si venía de China, también desde el Tercer Mundo; era una insurrección donde las luchas de poder inclinaban la balanza del lado de los jóvenes guardias rojos, y, finalmente, Mao parecía un dirigente más afín al gran misterio argentino de aquellos años: Perón. Sin embargo, en una trampa irónica, con Perón entraba en escena el adversario de los estudiantes franceses, Charles de Gaulle, al que Perón decía admirar, olvidando que sus simpatías no habían sido tan intensas cuando De Gaulle era, durante la Segunda Guerra Mundial, el líder de la Francia libre que no aceptaba el colaboracionismo de los nazis.
Otra capa de sentidos venía del lado de la Revolución Cubana y, sobre todo, de lo que comenzaba a ser el "guevarismo". El Mayo argentino tuvo lugar en 1969, un año después del francés; un año antes, en 1967, había muerto el Che comandando un movimiento guerrillero. Estas dos fechas enmarcan al Mayo francés y lo convierten en el volante de un tríptico formado por la revolución campesina y juvenil iniciada en Cuba, la revolución estudiantil de Francia, la insurrección obrera y estudiantil del Cordobazo. Las tres fechas quedan unidas imaginariamente por la juventud de sus protagonistas.
Como en los sueños o en los mitos, en la Argentina de fines de los 60 los jóvenes del peronismo radicalizado o de la "nueva izquierda" disponíamos de estas imágenes culturalmente afines y políticamente contradictorias. Es lo que se llama un clima de época. Ese final de la década del 60 fue un tiempo de síntesis arrolladoras.
Por Beatriz Sarlo
Para
La Nacion
- Buenos Aires, 1998
El deseo de hacer política
-DANIEL COHN-BENDIT, desde hace casi treinta años, Francfort es su lugar de residencia y actividad política. Se incorporó oficialmente a los Grünen (Verdes) hacia 1981, cuando devinieron un verdadero partido. Su carrera en cargos electivos comenzó en 1989: fue alcalde adjunto de Francfort desde junio de ese año hasta marzo de 1997; desde junio de 1994, es diputado por Alemania en el Parlamento Europeo. Desde 1968 ha participado en todos los debates de la ultraizquierda alemana
No obstante, nació a la fama en Francia. Fue estudiante en Nanterre, uno de los líderes de Mayo del 68 y, como usted mismo ha dicho, un "portavoz" de esa revuelta. Como ciudadano alemán, lo expulsaron del país por "alterar el orden público".
-Treinta años después, ¿qué opinión le merece ese movimiento? ¿En qué acabó? Y, ante todo, ¿se proponía realmente hacer una revolución?
-En Francia, igual que en Alemania y demás países, las revueltas de los años 60 fueron la señal premonitoria de una necesidad de reformas profundas. Eso no significa que quienes participaron en ellas hayan estado acertados. Además, aunque hace ya largo tiempo, dije que nuestro discurso político era totalmente retrógrado, utilizábamos conceptos revolucionarios del siglo XIX. Pero nuestra sensibilidad, nuestras emociones eran completamente modernas. Más allá de la lucha contra la guerra de Vietnam, y tanto en Francia como en Alemania, el movimiento de 1968 cuestionaba el estilo de vida: reclamaba el derecho al goce, atacaba a la sociedad del "subte-trabajo-cama". No teníamos ningún proyecto concreto porque los acontecimientos y nuestro éxito nos tomaron por sorpresa.
La revolución es un fantasma de las sociedades: éstas sólo necesitan cambiar. Del mismo modo, las imágenes que guardamos de Mayo del 68, esas batallas campales con la policía, son falsas. En realidad, las barricadas callejeras, la violencia estudiantil, no eran nada comparadas con las huelgas de los obreros de Saint-Nazaire en los años 50 o las revueltas de campesinos, aun las actuales.
-Usted mismo se consideraba un revolucionario. Por entonces, pertenecía al grupo anarquista Negro y Rojo...
-Había entrado en él en 1967 cuando, concluido mi bachillerato en Alemania, regresé a París. Primero me inscribí en el curso de matemáticas de la facultad de Orsay; quería dedicarme a la planificación educacional, pero a los quince días planté y me matriculé en Nanterre, en primer año de sociología. Allí me incorporé al pequeño círculo de estudiantes anarquistas. Vivíamos juntos, siempre. Nuestros mitos fundacionales eran la colectivización durante la Guerra Civil española, la columna Durruti Makhno Kronstadt y los consejos obreros alemanes de 1918. Pero éramos libertarios marxistas, como Daniel Guérin.
Un golpe de suerte
-Al fin de cuentas, para los revolucionarios como usted, Mayo del 68 fue un fracaso...
-Mayo del 68 no fue en absoluto una revolución: reitero que sólo teníamos fantasías revolucionarias. De hecho, la revuelta juvenil abrió una brecha, le allanó el camino a un movimiento social heterogéneo que procuraba expresarse al amparo de la sociedad gaullista. Hablar de fracaso equivaldría a decir que había una salida posible para ese movimiento. No había ninguna fuerza política capaz de hacer la revolución o, tan siquiera, de obtener una nueva mayoría parlamentaria: hasta quienes participaron en la huelga general votaron finalmente por los gaullistas, como lo esperaba De Gaulle. No querían comunistas en el poder. Como bien lo comprendió François Mitterrand, una izquierda dominada por los comunistas jamás habría podido constituirse en mayoría.
Puede decirse que perdimos en lo político, pero ganamos en lo sociocultural.
-El Gobierno francés pudo expulsarlo alegando su nacionalidad alemana. Sin embargo, tenía muchos más años de residencia en Francia que en Alemania. ¿Cómo sintió la expulsión? ¿Fue el fin de un sueño, unas semanas antes de que se esfumara para los demás?
-A fines de mayo, no percibía una situación de... digamos de crisis política. Fuera cual fuere el desenlace, de todos modos había sucedido algo extraordinario. El verdadero problema, para mí, era que en enero de 1968 yo sólo era un tipo simpático, conocido entre los estudiantes de Nanterre. Tres meses después, ocupaba la primera plana en todos los medios. ¡Qué experiencia embriagadora para un muchacho de 23 años!... Tengo una gran deuda con De Gaulle y su ministro del Interior, Christian Fouchet, que me expulsaron contra el parecer del prefecto de policía, Maurice Grimaud. Este pugnó hasta último momento por impedir la expulsión; pensaba que, lejos de ser un tarambana, yo había ayudado a que no hubiese verdadera violencia en mayo. Al expulsarme, me obligaron a adquirir nuevas experiencias en Alemania, en tanto que, de haber vivido en la Francia inmediatamente posterior a 1968, habría quedado atrapado en todos los debates maoístas-leninistas o en el sectarismo de izquierda.
Fue un formidable golpe de suerte. Alemania me indujo, sobre todo, a continuar mi evolución no dogmática integrando la contracultura, la educación antiautoritaria y la crítica del autoritarismo social mediante la vida en comunidad y el movimiento alternativo.
Este último decía: la revolución no es para mañana, es nuestra capacidad de cambiar la vida. Todo esto provenía del movimiento antiautoritario que, desde 1965-1967, había fundado comunidades y jardines de infantes alegando la necesidad de adoptar otras formas de organización. Era una crítica práctica de los revolucionarios clásicos.
- En todo caso, eso contrastaba, y mucho, con la actitud de los grupos izquierdistas franceses, salvo la minoría espontaneísta...
-Su concepto de la vida era muy tradicional, salvo un poco más de promiscuidad sexual que, por lo demás, era común entre los estudiantes y los jóvenes. En Alemania, la rebelión contra los padres era mucho más dura; de ahí que estas comunidades se constituyeran muy tempranamente y surgiera un movimiento feminista mucho antes que en Francia. Había a la vez un cuestionamiento del papel del hombre y la mujer, y un movimiento político centrado en la educación que se manifestaba en esos jardines de infantes.
En 1970, comencé a trabajar en uno para gran asombro de los revolucionarios franceses. Recuerdo que ese año me visitaron Alain Krivine y Daniel Bensaid.8 Cuando les dije: "Estaré ocupado hasta las 15; trabajo en un jardín de infantes", se quedaron estupefactos. No lograban comprender que todas las mañanas, a las 9, fuera a encontrarme con niños: ellos construían el partido revolucionario.
-La rebelión antiautoritaria alemana, ¿no derivó igualmente en lucha armada a causa de los enfrentamientos frecuentes?
-Ciertamente, en Alemania se radicalizó un sector minoritario del movimiento de los "60, desprendido de la SDS9 y la "izquierda extraparlamentaria",10 y varios grupos contestatarios pasaron a la lucha armada y el terrorismo. Constituyeron la Fracción Armada Roja (RAF) y enfrentaron al Estado.11 Desde el principio, me opuse enérgicamente a esta lucha armada. El debate se centraba en la cuestión de la violencia. Los revolucionarios estimaban que el Estado de derecho, portador de la única violencia legal, carecía en sí mismo de legitimidad, o bien, que existía otra legitimidad superior, la de la lucha de clases, que justificaba el uso revolucionario de la violencia. Era una actitud impregnada de totalitarismo. A su juicio, el que una minoría tuviera razón era motivo suficiente para que impusiera sus ideas a todo el mundo, sin que fuese necesario buscar la democracia.
La evolución del terrorismo ha mostrado los efectos perversos de esta radicalización. Nos ha obligado a argumentar, a reflexionar sobre algo que nos resultaba muy complejo: por un lado, reconocer que la sociedad debía confiar al Estado el monopolio de la violencia pues, de lo contrario, se colocaría en una situación incontrolable; por el otro, buscar los medios de democratizar el Estado para que este monopolio de la violencia no se transforme en instrumento de opresión.
Todo eso permitió, finalmente, abandonar la ideología revolucionaria. Hacia fines de los años "70, después del llamado "otoño alemán", una parte de los militantes de la "izquierda extraparlamentaria" alemana y el movimiento estudiantil se unieron a los ecologistas.
En última instancia, el movimiento de 1968 hizo estallar el concepto tradicional de la revolución: primero, entre los pequeños grupos que prolongaron ese movimiento en Francia y Alemania pero, sobre todo, en el Partido Comunista francés. Perdió el apoyo de la juventud y, más aún, su aura ideológica entre los intelectuales. Estuvimos entre quienes le hicieron perder legitimidad al comunismo y legitimaron el anticomunismo de izquierda.
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