
Un dolor inimaginable
Si mal no recuerdo, lo vi en alguna de las ediciones del Bafici. El documental se llama Promesas, se estrenó en 2001, estuvo entre los nominados al Oscar 2002, y dudo que hoy pudiera hacerse. Dirigido por el mexicano Carlos Bolado, el israelí-estadounidense B.Z. Goldberg y la estadounidense Justine Shapiro, el film nació de un espíritu que, entre muchos otros proyectos similares, también estuvo en la concepción de la West-Eastern Divan Orchestra de Daniel Barenboim (que, por cierto, en septiembre inicia una gira europea). El objetivo de Promesas: reunir un grupo de niños, palestinos e israelíes, vecinos de Jerusalén y zonas aledañas, para que pasen el día juntos.
Criado en Jerusalén, B.Z. Goldberg aparece continuamente en escena: lo vemos hablar con las familias, escuchar la reticencia de algunos, la aceptación algo dubitativa de otros. Finalmente, lo logra: un día, siete niños y niñas, hijos de un conflicto que los precede, se conocen y pasan toda una jornada haciendo lo que haría cualquier chico: juegan, se cuentan cosas, ríen, comparten una merienda.
Hacia el final de la película, el camarógrafo sorprende a B.Z. Goldberg llorando. Ingenua, siempre creí que el llanto se debía a la emoción.
En 2014, la escritora y periodista Ibtizam Azem (Tayibe, 1974), palestina radicada en Nueva York, publicó El libro de la desaparición, cuya versión en español lanzó este año la editorial española Las Afueras.
Quienes habitan el libro son seres comunes, ciudadanos de un territorio desgarrado que hacen lo mejor que pueden con sus vidas; no disponen de la coraza protectora del fanático: de allí lo perturbador que resulta acceder a sus contradicciones
La novela se construye a partir de una premisa muy similar a la de la serie The Leftlovers, estrenada por HBO también en 2014. Esa historia, que tuvo tres temporadas, se inicia con la “Partida Súbita”: por razones desconocidas, el 2% de la población mundial se esfuma. Desaparece.
De modo similar, la novela de Ibtizam Azem cuenta cómo, en un instante y sin ningún tipo de explicación lógica, dejan de existir infinidad de personas. La diferencia con The Leftlovers es que aquí la desaparición no es global, sino local; no abarca todo el planeta, sino que se concentra en una única y específica población: los palestinos.
La propuesta de El libro de la desaparición es arriesgada; la estructura de la novela, inteligente y adictiva. Antes de que llegue “el día”, conocemos a dos personajes que, de aquí en más, serán las dos voces centrales de una construcción básicamente coral. Por un lado está Ariel, periodista israelí; por el otro, el fotógrafo palestino Alaa. Ariel y Alaa tienen aproximadamente la misma edad, son vecinos, suelen encontrarse para tomar algo y hablar de política; a veces discuten, en general se llevan bien (el día que se conocen, en la fiesta de una corresponsal alemana, Alaa hasta se permite el chiste: “Soy el árabe que necesitáis para decir que tenéis un amigo árabe”).
Arrasado por la muerte de su abuela, Alaa comienza a escribir un diario que es una suerte de conversación con la anciana fallecida. Cuando ocurre la desaparición, Ariel, en busca de material para las coberturas que reclaman medios de todo el mundo, encuentra ese diario. A partir de allí, la voz del fotógrafo palestino seguirá presente en la lectura que de su diario hace el periodista israelí.

El gran hallazgo de Ibtizam Azem es que ninguno de los personajes, ni principales ni secundarios, tiene posiciones extremas. No hay trazo grueso. Quienes habitan El libro de la desaparición son seres comunes, ciudadanos de un territorio desgarrado que hacen lo mejor que pueden con sus vidas; no disponen de la coraza protectora del fanático: de allí lo perturbador que resulta acceder a sus contradicciones.
No voy a contar la resolución de la novela. Solo diré que, al terminarla, recordé el llanto de B.Z. Goldberg. Esas lágrimas no provenían de la emoción, sino de un dolor inimaginable para quienes no nacimos ni crecimos en Medio Oriente.
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