Un misterio como los peces banana de Salinger
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JOSE IGNACIO.- Estas playas son famosas por el coqueteo, por las relaciones que no se profundizan. Uno supondría que esto se aplica básicamente a las modelos, estrellas de TV y galería de personajes del verano. Sin embargo, esto parecería extenderse a ciertos peces, como las carpas que habitan un pequeño estanque que visita regularmente esta redactora.
Supuestamente, se trata de peces que se reproducen fácilmente. Sin embargo, éstas en particular se la pasan nadando sinuosamente mostrando orgullosas su piel con manchas naranja, blanco y negro. Pero desde hace mucho tiempo que se mantienen en un número estable. ¿Por qué no se multiplican? Hay muchas teorías, pero sigue el misterio.
Algo parecido ocurre con el pez banana de Salinger. Hay muchas teorías, pero el misterio se mantiene. El autor de El guardián entre el centeno escribió en 1948 el cuento "Un día perfecto para el pez banana" para la revista New Yorker. Desde entonces que críticos literarios y fans se debaten sobre su significado. El cuento trata sobre un posible ex soldado que, mientras su mujer habla sobre ropa, baja a la playa y le narra a una niña la historia de unos peces que se introducen en un pozo repleto de bananas. Comen tantas que por su gordura quedan atrapados y mueren (luego el protagonista se suicida). Las interpretaciones tradicionales apuntaban a que era una crítica al estrés postraumático al regresar del frente o a la sociedad de consumo de posguerra, si bien siempre hubo lecturas que apuntaban a algo más sexual.
Un blog asociado al London Review of Books dice haber encontrado la clave en esa dirección, con una prueba concreta (hasta entonces inhallable) de que en cierta simbología de la época, peces banana eran los profilácticos usados que flotaban por el mar. Tras esto, la teoría que se baraja con fuerza es que el cuento fue básicamente una broma pesada de Salinger a los puritanos editores de la revista. Después de tantas teorías y misterio respecto de por qué no se reproducen las carpas, quizá la única explicación posible es que ese histeriqueo ictícola es también una broma pesada como la que les jugó Salinger a los dueños de la revista.
jil20@gmail.com
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