Un nuevo estado de gracia
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Abuelo. Una palabra fuerte, temida o emocionante según el momento. No conocí a ninguno de los míos. Andrés Cortina Escalza murió en 1953 en La Rasa, Galicia. José Antonio Fernández Vega de la Vega fue fusilado por la dictadura franquista en 1942. Mi abuela Julia Lángara nunca se fue de España y se fue al otro barrio en 1975. María Alonso Araujo, Maruja para nosotros, madre de mi madre, fue la única que conocimos. Tras la pérdida de su marido, decidió venir a estas orillas en el 51 con sus hijos e hijas menores.
Su casa, un departamento de pasillo con dos habitaciones en el barrio de Flores, fue nuestro hogar desde que mis padres y mis hermanos llegaron a la Argentina. Allí nací y allí vivimos con Maruja hasta que cumplí los seis. La convivencia se estaba haciendo difícil. Era una mujer dura, podía ser cariñosa con los nietos, pero también muy rígida, y el trato con los adolescentes se empezaba a complicar. Pero también nos mimaba.
“¡Ay, ay, ay, ay, qué trabajo nos manda el Señor! ¡Levantarse y volverse a agachar!”, canturreaba los versos de “Las espigadoras”, parte de una antigua zarzuela, mientras limpiaba la casa o, en el verano, en la playa, cuando limpiaba el pescado que traía mi padre del muelle. En 1974 regresó a España con la familia de su hija menor y ya no la vimos.
Tuve muy poco tiempo para observar a mi padre como abuelo. Solo llegó a conocer a su primer nieto, hijo de mi hermano mayor, y partió cuando el niño solo tenía tres años. Yo era poco más que un adolescente y el Vasco no se caracterizaba por expresar el afecto. Sí podía adivinar el brillo de sus ojos cuando Martín aparecía en casa.
Sí disfruté mucho de mi madre y mi suegra como abuelas. Las vi en acción innumerables veces y, en general, puedo decir que casi siempre se olvidaban del rigor que practicaron como madres para derretirse de amor frente a sus nietos y nietas. En general, cualquiera de las dos podía arrancar el encuentro con un pretendido sermón: “¡No hagan eso!”, “¡no se levanten de la mesa hasta no terminar la comida!”. Bien por aceptar nuestras pautas diferentes, o bien por dejarse llevar por las criaturas, acababan por entregarse al disfrute. Las vimos tirarse al suelo con muñecos, abrir un paraguas en el centro del living para jugar “a la lluvia” o dejar que una de sus nietas se metiera en su cama a la noche.
Hay lecciones de la vida que no están en ningún manual. Me corrijo: no hay reglas que uno pueda aplicar como si fueran cuentas exactas, aunque sí sabemos que hay pautas que se van aprendiendo a veces porque nos las enseñan de modo explícito, casi siempre porque nos llegan sin palabras.
Entonces, ¿dónde se da el curso para aprender a ser abuelo? Sospecho que en ningún lado. Lo he visto, me imagino que debe ser emocionante, pero, como en tantas experiencias, otra cosa es cuando se da. “¡Estoy embarazada!”, casi gritó mi hija mayor en medio de una reunión familiar con su pareja, sus hermanos y, claro, sus padres. Lo que siguió hasta hoy es que no pasa un día sin que imaginemos ese momento. Todos los bebés y niños que cruzamos por la calle se transforman en nuestro futuro, en las redes y en la vida real no vemos otra cosa que ropa, juguetes y utensilios para esa vida que se está gestando.
A veces puedo parecer egoísta. ¿Abuelo, yo? ¿A esta edad? Nuestros hijos ya son adultos y nos acostumbramos a hacer y deshacer planes a nuestro gusto. ¿Qué cosas van a cambiar? Seguramente muchas. Pero para bien, concluyo, cuando me imagino, me pienso en esos juegos, esos paseos y, sobre todo, esos abrazos. “Nunca sentí esta alegría. Es indescriptible, muy distinto a cuando uno tiene sus propios hijos, ya vas a ver”, me contó un amigo que acaba de entrar en este estado de gracia. No falta mucho para que nos encontremos.
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