
Una celebración en silencio y a oscuras
El 25 de Mayo no habrá fi esta en nuestro mayor coliseo ni se representará Aída, como en 1908; la saga de las obras de restauración es un caso patente de la inclinación argentina por poner en riesgo lo mejor y lo más valioso del patrimonio
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A menos de un mes de cumplir su primer centenario no hay ningún festejo. El Teatro Colón está cubierto de sombras, cerrado, vacío, saboteado y en desguace, casi arruinado. El gran templo de la música y el movimiento está en absoluto silencio y paralizado, con las salas y el escenario a oscuras, y ya es casi una nostalgia el murmullo del público. Es un telón de humo el gesto oficial de instalar un museo en el subsuelo o de sacar los festejos a la calle mediante intervenciones urbanas. Por profunda, la crisis barre toda maniobra de distracción.
El caso del Teatro Colón se inscribe dentro de lo que podríamos denominar la irrefrenable inclinación argentina por descomponer lo mejor y lo más valioso que tiene el país, una pulsión desbocada que es evidente en muchos aspectos de la vida nacional y que es directamente ominosa en el caso del patrimonio cultural. Luego de siete años del lanzamiento de un presuntuoso Masterplan destinado a restaurar y renovar el teatro, se arriba a este bochorno, un aparente callejón sin salida del que nadie quiere hacerse cargo y donde nadie parece tener la solución para reflotar el espléndido navío.
Qué curioso: el colosal Colón se hunde, se viene abajo, sin que nadie parezca advertir los sordos ruidos que, sin embargo, anticipan derrumbe. Porque, además, el Teatro Colón no solo se cae por omisión sino sobre todo por comisión. Es un paciente añoso pero hidalgo y de noble apostura, que necesitaba más prudencia clínica que cirugías traumáticas. Pero hoy, además de doliente en peligro, sigue siendo un caso único, con historial digno de atenta lectura.
Un caso excepcional
El Teatro Colón es fruto de un concurso que ganó el arquitecto italiano Francesco Tamburini en 1886. Autor también de la Casa Rosada, muere poco después, en 1891, dejando apenas empezados los cimientos del edificio. Lo sucede otro italiano, Vittorio Meano, creador del Palacio del Congreso Nacional, quien modifica un poco el proyecto y sigue adelante con las obras, hasta su misterioso asesinato en 1904.
En otro momento de grandes decisiones, cuando gran parte de la estructura ya estaba levantada pero todo parecía naufragar por tanto cambio de mando, las autoridades municipales de la época tomaron el toro por las astas y convocaron a Luis Dormal, un ingeniero francés nacido en Lieja. Cuando llegó aquí, Sarmiento lo envió a estudiar a París, a la Ècole Spéciale d Architecture, con el famoso Eugène Viollet-le-Duc, el paladín de la restauración de las catedrales góticas en Francia. Dormal viajó por toda Europa visitando salas líricas y descifrando los secretos necesarios para terminar las obras de lo que sería desde entonces el más grande teatro de ópera del mundo, inaugurado con Aída , de Giuseppe Verdi, el 25 de Mayo de 1908.
Una alquimia única: esa es la esencia del Teatro Colón. Representa la condensación y la síntesis de más de dos siglos de construcción de teatros líricos en Occidente. Es apogeo y, a la vez, canto del cisne. En la evolución darwiniana de la "especie" teatro lírico, los antecesores del Colón son homínidos, apenas simios El gran salto al homo sapiens es el Colón, punto culminante de una evolución que llegó hasta el filo de la Primera Guerra Mundial, cuando se hundió para siempre la tradición clásica de saber hacer teatros líricos.
Dentro de esa línea evolutiva, muchos eslabones se extinguieron o mutaron por causa de guerras, incendios y revoluciones: las óperas de Berlín y Viena, la Scala de Milán, la Fenice de Venecia, el Carlo Felice de Génova, el Liceu de Barcelona. Solo sobrevivieron íntegros y auténticos unos pocos, entre ellos el coloso de Buenos Aires.
El Colón es una pieza de suprema nobleza. Tanta que, para ponerla en peligro, hizo falta embestirlo durante muchos años de un modo persistente, compulsivo, como si el despliegue irrefrenable de una fuerza destructiva hubiera ido encarnándose en distintos responsables.
La espiral tanática se inició, por poner un punto de partida, a mediados de los años ochenta, cuando tuvo lugar una modificación del escenario (metal por madera) que alteró la acústica. Al mismo tiempo, empezaron las tentativas recurrentes por desarticular el modelo de producción propia (escenografía, vestuario, etc.) creado en los años treinta, una mecánica de trabajo que pesó con fuerza para que el teatro ganara y conservara fama mundial.
La situación se agravó como consecuencia de la impericia de los profesionales a cargo del Masterplan, pergeñado sin tomar en consideración los criterios internacionales de conservación y sometido a dictados privatistas en cuanto a modalidades de producción (por ejemplo: romper el escenario para que puedan ingresar fácilmente containers con las puestas de espectáculos importados "llave en mano"). Ello fue claramente respaldado por las más altas autoridades de los dos últimos gobiernos de la Ciudad. Además, los organismos nacionales a cargo de la tutela del patrimonio no supieron, o no pudieron, ejercer una eficaz gestión de control.
Por su parte, la Legislatura de la Ciudad estableció solo a fines de 2006 una Comisión de Seguimiento de las Obras, pero sin poder vinculante, por lo que su capacidad de acción quedó reducida a la de un mero veedor. Mientras, la Defensoría del Pueblo de la Ciudad y la de la Nación hicieron oídos sordos a los reclamos ciudadanos. Las actuales autoridades del Gobierno de la Ciudad fueron advertidas sobre el tema apenas ganaron las elecciones (y aun antes), y apenas ocho meses después se dieron por enteradas.
El doble discurso es sorprendente. Dice la gestión actual que recibió el Colón en las peores condiciones de su historia, pero a la vez afirma que es innecesario revisar lo actuado por el Masterplan ya que sus bondades estarían a la vista Es más, se informa -sin mayores precisiones de cálculo- que para proseguir y terminar las obras habrá que invertir el doble del dinero gastado hasta ahora. Y, en esa misma dirección, se impulsa obstinadamente un proyecto de Ley de Autarquía que instala el cargo de un director todopoderoso, como si la sola consagración de esa figura legal pudiera solucionar mágicamente los problemas.
Desagravio
En Fuenteovejuna , el clásico de Lope de Vega, todos y a la vez ninguno eran responsables de las ejecuciones que buscaban justicia por mano propia. Ahora, en el centenario del Colón, con el teatro cerrado y sin festejo, queda en evidencia la existencia de una Fuenteovejuna al revés, que no pudo, no supo o no quiso poner las cosas en su lugar. Todo lo contrario: hasta aquí no hubo modo de frenar la avalancha destructiva.
Lo que se viene abajo no es solo el monumental edificio. Junto con este caen también un emblema de la cultura porteña y nacional, una medida máxima de consagración aún en vigencia ("al Colón, al Colón", dice el latiguillo popular), un refugio artístico para consolarse de los infortunios de la vida y un recinto majestuoso para celebrar las alegrías, personales o públicas.
También por eso, el Teatro Colón pide a gritos un desagravio que le devuelva su dignidad y su esplendor. Sería un gesto de grandeza de los partícipes, el mejor regalo de cumpleaños. La premura pisa los talones: un teatro cerrado o en obra durante demasiado tiempo termina sus días arrasado, como si la naturaleza quisiera reintegrarlo fagocitándolo a través de alimañas y yuyos.
No se puede esperar para poner aceleradamente en marcha un plan de obras que restaure la integridad y la autenticidad de una pieza única, tapando, por ejemplo, los cientos de rajaduras y agujeros que -por sometimiento a supuestos estándares de confort y seguridad- han arruinado las soberbias estructuras, las grandes instalaciones, las magníficas decoraciones y la mágica y célebre acústica, componentes de un patrimonio cultural único en el mundo.
El Colón es un edificio sabiamente diseñado y construido, con un equipo de trabajadores -técnicos y artísticos- idóneos y experimentados, un conjunto que permite realizar ópera, ballet y conciertos dignos de exportación. Se sabe de las dificultades para gobernar estructuras tan complejas. Pero pretender liquidar esa cuestión con apresuradas recetas gerenciadoras o marquetineras no hace sino sumar empuje a la espiral destructiva.
Sea como fuere, ya es un hecho contundente que el próximo 25 de Mayo no habrá festejos. De todos modos, sigue siendo la fecha ideal para que las distintas partes involucradas desagravien el Teatro Colón con la firma de un acta de compromiso cuyo acuerdo básico sea tratarlo como un monumental Stradivarius que solo admite maniobras precisas y a la vez delicadas.
[ *Arquitecto especializado en patrimonio. **Periodista especializado en teatro y psicoanalista.]



