"Una de las claves del amor es la búsqueda de la identidad"

Hija de diplomáticos, nació en Japón y escribe en francés. Su nueva novela, Ni de Eva ni de Adán (Anagrama), narra la relación amorosa entre un japonés y una belga. Aquí, habla del libro, de sus problemas con la comida y de su éxito
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14 de marzo de 2009  

Nació en Japón, pero cuando probó el chocolate supo que era belga. A nadie puede extrañar que, después de haber crecido dando tumbos como hija de padre diplomático entre Nueva York, Laos, Birmania, China o Bangladesh, acabara escribiendo sobre un tema tan crucial como difícil de resolver en nuestros días: la frontera. "Todos mis libros tratan de eso. De las fronteras", cuenta Amélie Nothomb.

Quizás esa maraña cosmopolita tejida en su obra sea la clave del éxito global del que disfruta. Las fronteras exteriores e interiores. Otras cosas también. Asuntos serios como su obsesión por la identidad, y a la vez otros rasgos más livianos, pero no menos determinantes. Una frescura. Un descaro. Un estilo directo y mordaz. Entre irónico y nihilista, siempre rápido, brillante, sorprendente, sujeto a una extraña compulsión que la lleva a escribir a veces más de tres historias al año, aunque sólo publique una. "Acabo de terminar mi libro número 65", dice, abriendo los ojos, un tanto ajena a la melena morena, que combina con sus atuendos negros, coherente con su imagen algo neogótica. Lo ha pulido en su horario espartano. De cuatro a ocho de la mañana, como una especie de vampiresa de la literatura que después de beberse de golpe un litro de té chupa tinta antes de que salga el sol.

Cuando la jornada del resto del mundo comienza, el trabajo de Amélie Nothomb termina. Y así va apilando cuadernos. Unos que han visto la luz, como Estupor y temblores , Metafísica de los tubos , Antichrista , Biografía del hambre o, ahora, Ni de Eva ni de Adán (Anagrama), y otros que guarda para sí misma.

Relatos redactados a mano y escritos previamente en su cerebro, como dice ella, durante alguna noche de insomnio o en los trayectos de subte, bajo las calles de París y Bruselas, entre las que vive a caballo. "En una busco tranquilidad; en la otra, guerra", comenta Amélie en la penumbra de su despacho en la sede de la editorial Albin Michel, al lado del cementerio parisiense de Montparnasse. Un despacho estrecho y pequeñito donde se apilan cajas, cartas y cuadernos en blanco que le envían sus lectores para alentarla a escribir más y más. No lo necesita. Le sale del alma.

-Sorprende que haya escrito un libro de amor.

- Sí. Qué raro, ¿no?

-Aunque también trata sobre malentendidos. Errores de traducción que marcan.

-Sí, creo que cada historia de amor es un malentendido. Y cuando se trata de una historia entre personas de diferentes culturas, el malentendido todavía es peor. Pero es más honesto. Porque lo sabes desde el principio. Entre un chico japonés y una belga, se da por supuesto que existe esa barrera. No lo descubres. Lo sabes.

-Cuando habla de una belga, ¿se refiere a usted? ¿De dónde se siente? Se lo pregunto porque no sabemos muy bien de dónde es Amélie Nothomb.

-Después de muchos años, creo que soy belga. ¿Qué significa ser belga? Pues no ser de ningún sitio, no tener una identidad clara, definida. Al menos me he dado cuenta de que no soy japonesa, algo que no tenía claro antes de que me pasara lo que cuento en este libro.

-Entiendo. Al regresar a Japón, con poco más de 20 años, usted se sentía japonesa. Pero cuando vuelve a irse, sabía que no lo era.

-Me di cuenta. Podía creerlo. Pero ahora incluso sé que yo era entonces ya belga, aunque no fuera consciente, porque mi identidad era algo muy vago, y eso es completamente belga. Me da la sensación de que es algo que no ocurre con los españoles o los franceses.

-Es que, al tiempo que Ni de Eva ni de Adán trata sobre el amor, también trata sobre la identidad.

-Como todos mis libros. Yo escribo sobre la identidad. Una de las claves del amor es la búsqueda de la identidad. De la identidad propia y la de la persona que amas. Nunca encuentras la identidad de nadie si no lo conoces a fondo, y la mejor manera de conocer a alguien profundamente es mediante el amor.

-Hay algo que puede parecer extraño. La mezcla del amor con el sentimiento de los samuráis.

-Es que, en el mundo de los samuráis, el amor es un asunto crucial.

-¿Así que amar supone también ir a la guerra?

-Puede ser muchas cosas. Pero al leer el código samurái del siglo XVII, te das cuenta de que trata sobre el amor. Deben amarse entre ellos, aunque no decirlo nunca; eso sería obsceno. También debes amar a quien matas. Mira que son raros los japoneses, por eso me fascinan tanto. En mi caso, cuando Rinri [el protagonista de la novela, junto a la propia Nothomb] me dice que le dé el abrazo del samurái, creo que eso es lo que convierte esta historia en algo diferente. Una historia bella.

-Y verdadera. ¿Completamente autobiográfica?

-Ciento por ciento.

-¿Se va desnudando ante sus lectores poco a poco?

-En este libro se cuentan tantas cosas como se callan. Hay autores que se desnudan mucho más. Yo creo que hay límites y nunca los traspaso.

-Así que vamos descubriendo a Amélie poco a poco. ¿Y ella? ¿También se va descubriendo mientras escribe?

-Por supuesto. Como decía Virginia Woolf, nada ocurre hasta que no lo escribes. Suscribo esta frase. A veces me sorprendo a mí misma en lo que sale sobre el papel. ¡Dios mío! ¿Ésta soy yo? Las palabras son el espejo.

-Escribe historias autobiográficas y de fenómenos sociales que nos rodean. ¿Cuándo sufre más?

-Depende. Es difícil escribir. No quiero decir con eso que sea doloroso. Me refiero a que es intenso. Pero me gusta así. Si fuera sencillo, fácil, no lo disfrutaría.

-¿Y para hacerlo más difícil de lo que es se levanta usted a las cuatro de la mañana para escribir?

-Eso cuesta, sobre todo en invierno. No es que necesite endurecerlo más, pero lo que no es difícil no merece la pena. Como el amor. Cuando es fácil, aburre.

-Además, escribe más de lo que publica. Me interesa lo que tiene guardado bajo llave. ¿Qué es?

-Son historias como las demás. Simplemente, no tengo ganas de compartirlas. Como pasa con algunos hijos, no quieres compartirlos con todo el mundo, pero eso no significa que no los quieras.

-¿Cuántos ha parido hasta la fecha?

-Llevo 65 y he publicado unos 17 o así. No sé, me confundo.

-La patria de un escritor es la lengua. Así que usted también es francesa. ¿Le gusta? Además es el país donde tiene más éxito.

-Cierto. Gracias a ese éxito, Francia es también mi hogar. Más dedicándome a la literatura. En Bélgica no es gran cosa. Pero en Francia... ya sabe. La literatura. La escritora. Es como ser un Dios.

-¿La sospecha de que era usted belga empezó quizá con su adicción al chocolate?

-Más o menos. Pero también cuando estaba fuera de Bélgica. Cuando vivía en Japón y en Francia. Ya se sabe que es el otro quien nos revela la verdad. En Francia me he dado mucha cuenta de eso. Tan cerca y tan diferente.

-¿Cómo son los franceses?

-Se pelean siempre por tener razón. Eso me da mucho miedo. Muchas veces, cuando estoy en una cena y todos discuten por imponer su opinión, me entra angustia al comprobar que no tengo ninguna. También son muy intelectuales. En Bélgica no somos así, como los franceses, que opinan tantas cosas al mismo tiempo. Los debates se endurecen siempre con el tema de la comida.

-Ah, no me ha respondido lo del chocolate.

-Bueno, sí. El chocolate tuvo mucho que ver en lo de sentirme belga. Lo explico en Metafísica de los tubos . Antes de probar el chocolate era un monstruo que sólo gritaba y lloraba. Hasta que vino mi abuela y me lo puso en la boca. Ésa fue la clave. El nexo que me unía con los belgas.

-Después tuvo sus problemas con la comida. Su hermana también. Decidieron juntas dejar de comer. Por entonces vivían en Bangladesh. ¿Fue una cosa de principios?

-No soy psicóloga y no tengo una explicación. Pero el hecho de que viviéramos allí sin duda influía. También estábamos en pleno inicio de la adolescencia.

-Despegándose de un cuerpo para entrar en otro.

-Perdiendo nuestro cuerpo. También fue algo que tuvo que ver con nuestro amor mutuo. Mi hermana y yo estábamos muy unidas. Pensábamos que el hecho de crecer nos separaría. Al crecer te alejas, y no lo deseábamos. Sellamos una especie de pacto no escrito.

-¿Conscientemente?

-No. No sabíamos lo que hacíamos.

-¿Cuánto les costó recuperarse?

-La anorexia en sí, en mi caso, unos dos años y medio. Pero hay secuelas que duraron nueve más. Es una enfermedad muy larga, no hay que aterrorizarse, pero dura mucho. A mí me afectó una barbaridad. Estuve a punto de morir. Llegué a un extremo en que caía o salía. Me salvé por completo y ahora siento placer comiendo. Para mi hermana ha sido más largo porque no fue tan traumático y puedes convivir con una anorexia leve toda la vida, comiendo muy poco.

-Para alguien anoréxico, ¿qué significa la idea de comer?

-Es sencillamente el infierno. Una tortura. Te sientes culpable, comer es el mal absoluto. En mi caso, creo que me salvó la escritura e irme a Japón. Cuando regresé allí después de haberme ido a los cinco años y pisé suelo japonés, me sentí feliz. Me encontré tan bien?

-Entonces, Japón y la literatura la salvaron.

-Sí, sí. De todas formas, por supuesto, no recomiendo a nadie que caiga en ello. Es algo durísimo. Pero, como de todo hay que aprender, a mí la enfermedad me enseñó algo. No sé si hoy sería escritora sin haberla padecido. Puede que sí. Pero sería una escritora completamente distinta y otra persona también. Descubrí muchas cosas con la anorexia.

-¿Qué, por ejemplo?

-Por ejemplo, el hecho de comer como una cuestión social. Cuando no comes, estás solo. Nadie te quiere al lado si no deseas comer. Yo no soy una persona solitaria, pero eso lo sientes.

-La escritura también le llegó en plena adolescencia.

-A los 17 años. En Europa me sentía muy mal. Y no escribía sobre mí. Recuerdo mi primer relato. En el futuro, el mundo se había convertido en un huevo gigante. En la yema estaban los poderosos, y los pobres, en la clara. Se produjo una revolución. Los pobres tomaron la yema y el huevo explotó convirtiéndose en una enorme tortilla que se perdió durante años por el espacio.

-Una metáfora más que apropiada para lo que está ocurriendo hoy. ¿Y dónde meteríamos a Obama? ¿En la yema o en la clara?

-En la clara, sin duda.

-¿Y a Sarkozy, en la yema?

-Hombre, claro. Es tan vulgar... Como belga no debería criticarlo mucho. Llevamos dos años casi sin gobierno. Pero es mejor no tener gobierno que soportar a Sarkozy. Obama, en cambio, me llena de esperanza. No será el paraíso, pero algo va a cambiar para mejor, sin duda. Irak, la economía.

-¿Qué es el éxito? Usted que lo tiene, ¿a qué cree que se debe? ¿A que va al grano? ¿A sus extrañas mezclas?

-No lo sé. Es un misterio. No tengo ni idea. No sé si mis obras son buenas o malas. Tampoco me planteo eso con respecto los trabajos que admiro de otros escritores. Sé que me gustan y me alcanza.

-¿Qué le apetece seguir explorando?

-¡Todo! Todo lo que tiene que ver con el género humano. Porque nuestras relaciones pueden ser catastróficas o maravillosas.

-Lo gracioso de que ahora nos venga con una novela de amor es que parecía algo que usted despreciaba.

-No lo he despreciado. Puede ser algo horrible, pero al mismo tiempo es maravilloso. En mis libros siempre trato de encontrar fronteras. Fronteras entre seres humanos. Para evitar las guerras, encontremos la frontera correcta. Si no eres consciente de que esas fronteras van a aparecer, vas mal. Debes encontrarla pronto para evitar conflictos. No es tan fácil.

-¿A quién admira?

-Uff. ¡Hay tantos a los que admiro! Desde Capote hasta Simenon o Marguerite Yourcenar, a los japoneses Mishima, Murakami?

-¿Lee con la misma pasión con que escribe?

-Con la misma. Yo busco ese equilibrio. Necesito tanto una cosa como la otra. Pero también la vida.

-Escribir, leer, vivir, sufrir, disfrutar, ¿todo a la vez? ¿Es ése el alimento de la literatura?

-No me da miedo el sufrimiento, pero no disfruto con ello. Lo importante son las emociones fuertes. El amor, el desamor. El miedo...

-Hay elementos que también la ayudan a desahogarse en sus novelas. Son marcas de la casa, como la comida o la música. Entre Bach y Radiohead no se ha dejado a nadie en medio.

-El caso de la música supone una búsqueda constante. Entrar en otro territorio de sentimiento, sensación. Radiohead es un claro ejemplo de cosas inexploradas por el lenguaje en los que su música penetra mejor que tú. Otra frontera. Del cerebro. Un más allá. La música es una forma estupenda para explorar los límites de la mente.

© El País S. L.

ADNNothomb

Experiencia y disciplina

Amélie Nothomb (Kobe, Japón, 1967) alcanzó el éxito con su primer libro, Higiene del asesino , publicado en 1992. La experiencia propia es clave en su literatura. Pero también cierta agudeza para retratar las enfermedades de la sociedad contemporánea en libros como Ácido sulfúrico, Cosmética del enemigo o Diario de Golondrina . Su infancia viajera, la anorexia y su manera entre inquietante y esencial de abordar sus novelas la han convertido en una autora reverenciada entre sus lectores.

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