Una historia más allá de la historia

El próximo viernes, la Biblioteca Argentina LA NACION ofrecerá Fuegia , de Eduardo Belgrano Rawson, una de las novelas más conmovedoras de las últimas décadas
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19 de diciembre de 2001  

"El problema para los escritores que nos aproximamos a la historia es cómo sacarnos de encima la historia", anotó alguna vez Eduardo Belgrano Rawson en referencia a Fuegia , la novela que publicó en 1991 y que lo sacó de un prolongado silencio literario de doce años.

Como el británico John Berger, el escritor argentino alcanzó en esta obra lo que contados narradores logran: la exacta ecuación entre emoción y calidad literaria. Y también puso en tela de juicio las premisas ingenuas de la novela histórica. Porque Fuegia , que transcurre a principios del siglo XX entre canoeros fueguinos y colonos que transitaban u ocupaban aquel territorio desterrado del mundo, es el reverso de una novela histórica. En lugar de ahondar en los hechos reales en que se basa, se aleja de ellos para transformarlos, como un alquimista prodigioso, en exacta verdad literaria.

El disparador de la historia es conocido. Charles Darwin lo narró en su Viaje de un naturalista alrededor del mundo : el coronel Fitz Roy llevó a cuatro indios de esas latitudes australes a la corte de la reina británica para que les inculcaran las bondades de la cultura occidental. Debido a un incidente difuso, más tarde los devolvería a su ámbito nativo para, años después, descubrirlos viviendo como los había encontrado: desnudos y untados de grasa para combatir un clima atroz.

Aunque los fantasmas de aquella historia verídica circulen en bambalinas por la obra, en ninguna página de Fuegia pueden hallarse sus nombres. Ni siquiera la propia isla lo conserva. Ni siquiera la historia es la misma. El único resabio es el título de la novela (que no se refiere a la isla, sino a Fuegia Basket, la niña india que fue llevada a Inglaterra).

En la novela, Camilena Kippa, acompañada por su marido Tatesh y sus hijos, indios parriken, migran desde una misión anglicana hacia el norte, atravesando los campos convertidos artificialmente en infinitas pasturas para ovejas, y nos adentran en el imaginario de los indios yámanas (su nombre real) y en su cruel supervivencia al borde la extinción. Considerar a Fuegia una mera introspección antropológica sería, por supuesto, un error. Su construcción transversal, que sigue el derrotero de Camilena y los suyos pero a la vez quiebra la cronología tradicional, introduce una ristra de personajes que van entregando múltiples miradas contradictorias sobre la vida en ese territorio. Estos personajes aparecen y desaparecen, al ritmo de una prosa que, con su lirismo seco y términos enrarecidos, recuerda los vaivenes de un mar pedregoso y turbulento: pueden ser, por citar algunos, Elizabeth Dobson, la viuda de un misionero ya fallecido, condenada a esos confines; Thomas Larch, el gestor de la masacre de Lackawana; el cura Lorenzo Giácomo o los balleneros que perdieron su barco y se encaminan a su encuentro con un destino trágico.

"Yo tenía que contar un genocidio. La historia de un genocidio. Eso se me instaló como un objetivo difuso. No podía ser una novela de denuncia, no podía ser una novela de barricada, no podía ser un alegato, porque se iba a convertir en algo demasiado grosero. Tenía que contar el espíritu de lo que pasó", escribió el autor.

Belgrano Rawson siguió publicando textos originalísimos ( Noticias secretas de América , la reciente Setembrada ) que confirman su talento narrativo. Esto no anula una certeza: muy probablemente Fuegia sea la novela argentina más conmovedora de las últimas décadas.

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