
Una saga cordobesa
Cristina Bajo habla de Territorio de penumbras. Es la cuarta de las seis partes que tendrá su serie sobre la guerra civil en tiempos de Rosas
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En su juventud, cuando vio la reposición de Lo que el viento se llevó, Cristina Bajo (Córdoba, 1937) decidió que quería relatar la historia de su provincia con la misma pasión que anegaba la pantalla del cine de Unquillo donde se proyectaba el drama histórico de Victor Fleming.
Muchos años después, cuando ya había sido maestra rural, librera y diseñadora de ropa, entre otras actividades, comenzó a cristalizar su sueño con la publicación de Como vivido cien veces (1995), el primer volumen que narra el destino de la familia Osorio, hacendados de la provincia de Córdoba, y con ella, la historia de la guerra civil argentina en las provincias del interior, desde la muerte de Dorrego hasta la caída de Rosas. El cuarto volumen de la saga, Territorio de penumbras , una novela histórica clásica plagada de peripecias, que cuenta incluso con una guía onomástica para orientar al lector en la jungla de sus personajes, sigue a los Osorio en los años posteriores a la ocupación de Córdoba por Oribe. En diálogo con adn , Cristina Bajo reveló los secretos de su monumental proyecto novelesco.
-¿Cómo nació la saga de los Osorio?
-Empecé a planear su escritura en el año 1957, a los veinte años. En aquel entonces, mi padre me llevó a conocer la casa del virrey Liniers, en Alta Gracia, para que viera cómo se vivía en aquella época. En la primera novela, Como vivido cien veces , describí la casa de los Osorio según la disposición de las piezas y los muebles de esa mansión. Desde que éramos chicos mi padre nos inculcó la lectura de la historia. Comencé con la Antigüedad, el Medioevo y el Renacimiento; luego la historia argentina y, más tarde, me inicié en la historia de Córdoba, que me fascinó. En el colegio no se enseñaba mucho la historia local. Al ver mi entusiasmo, mi padre me regaló las memorias del general Paz. Cuando leí el capítulo dedicado a la batalla de La Tablada, que sucedió en la ciudad de Córdoba, hasta entonces nunca tocada por guerras, me sorprendió que una batalla tan épica fuera tan poco conocida. También leí en ese entonces las novelas de Gálvez, desde El general Quiroga hasta Y así cayó don Juan Manuel.. . Estas lecturas, juntó con la reposición de Lo que el viento se llevó , fueron los disparadores. El punto de partida fue inventar una familia, pero esa tarea me llevó a reconstruir toda la sociedad de la época. Creo que lo más logrado de mi obra es ese retrato social desde los grupos más humildes hasta los más altos, como prelados, gobernadores y estancieros. Tardé muchos años, porque hice estudios sobre el suelo, la ganadería, el trabajo en las estancias, la convivencia con las tribus, la vida en la ciudad y la relación entre la curia y los políticos. Tengo estudios extensos sobre la vida cotidiana que algún día plasmaré en un ensayo. En este libro utilicé detalles poco conocidos de la época, como el ritual de la muerte y las despenadoras, que ponían fin a la agonía con la anuencia del enfermo.
-¿Por qué eligió centrar este volumen en el período de 1841 a 1843?
-El plan completo empieza con el asesinato de Dorrego y termina con la caída de Rosas. Esta novela es la antepenúltima. Mi intención es contar la guerra civil pero desde el punto de vista de las provincias que padecieron el abuso de Buenos Aires. Más que la oposición entre unitarios y federales, me interesa qué pasó con la gente común de ambos bandos. La información más conflictiva la he tomado de textos de personajes federales: partes de guerra, cartas entre oficiales. El libro anterior empieza con la batalla de Quebracho Herrado, el principio del fin de Lavalle, y termina con la salida de Oribe de Córdoba, donde se quedó casi un año. Este libro abarca poco tiempo, porque, para ser fidedigna con la historia, tuve que contar la expansión de la guerra en las provincias del interior, que se desencadenó en dos meses y medio. Lo que más me costó fue contar las batallas de Corrientes, que conocía menos.
-Es un período muy complejo en términos políticos. ¿Cómo fue su análisis para la novela?
-Intenté dirimir los verdaderos conflictos, que poco tenían que ver con unitarios y federales. Nadie era más unitario que Rosas, mientras que muchos de los gobernadores federales que se carteaban infructuosamente con él para lograr una Constitución terminaron asesinados. Es fundamental contar que no fue tanto una represión política como económica. El puerto de Buenos Aires no quería entregar las prebendas que consiguió con la Revolución de Mayo, y los demás tuvimos que empezar a pagar impuestos para poder salir. Como compensación, Buenos Aires autorizaba a cada provincia a cobrar sus propias "aduanas secas" para obtener algún rédito del comercio. Si la provincia estaba en buenas relaciones con Buenos Aires, podía ejercerla y si no, no. Lo que veo es una lucha económica que destruyó las economías regionales.
-La novela comienza en Europa, en el mundo de Sebastián, el hermano unitario, y se desarrolla hasta el encuentro con su hermano federal, Fernando. En la literatura argentina hay una tradición de relatos de hermanos enfrentados, como en Los caranchos de la Florida , de Benito Lynch.
-Tomé esa tradición porque en mi familia hubo algunas confrontaciones políticas muy duras. También un amigo escritor me contó que, en aquellos años del siglo XIX, su familia quedó dividida porque, por celos, venganzas o cuestiones económicas, se delataron unos a otros ante Oribe. Las muertes y los enfrentamientos armados separaron hasta el día de hoy a esa familia, muy conocida en Córdoba. Pero en mi novela los hermanos no se dejan engañar del todo por sus ideas. Era natural que Sebastián viera en Uruguay a estos ideólogos de la palabra, que cuando llegaron los soldados de Oribe huyeron a otros países para no pelear. También es lógico que Fernando, un hombre de campo que veía lo que sucedía entre Buenos Aires y Córdoba, sospechara del federalismo de Rosas. En ese momento ambos se acercan porque están desilusionados tanto de sus ideas como de sus héroes.
-Desde Ignacia, rebelde y orgullosa, hasta Leonor, la más pasiva, se retrata un amplio abanico de personajes femeninos. ¿Cómo pensó esos personajes de acuerdo con el rol de la mujer en la época?
-Es que las cordobesas eran arrojadas, nada que ver con las chicas donosas de las provincias andinas, ni las lindas chicas de sociedad porteñas. He estudiado, en cartas o en historias familiares, la vida de varias mujeres. Tengo contacto con descendientes de las familias de entonces que tienen anécdotas increíbles. Hay una historia muy linda de una señora de una familia conocida, que eran dueños de la estancia jesuítica de Santa Catalina. Oribe le toma preso a su marido. Entonces ella, con las tropas vigilando la región, le pide a un sirviente que la lleve hasta Córdoba sin que la detengan. Él la lleva "por donde ni los pájaros la han de ver". Consigue llegar a Córdoba, enfrentarse a Oribe y decirle que tiene muchos hijos y que está carneando ella para darles de comer, que no se atreva a matarle el marido. A Oribe le hace tanta gracia que le perdona la vida. Es interesante pintar a estas mujeres, criadas en lo salones, que de pronto se veían en la necesidad de carnear una vaca para sobrevivir.
-El hijo de Fernando es mestizo, y en la novela se mencionan otros casos de hacendados que se casan con sirvientas negras. ¿Era común el mestizaje en estas familias?
-Esto está documentado. No era tan común, pero sucedía. En el caso de solteros o viudos, la misma Iglesia intervenía para decirle que tenía que poner orden en su vida y casarse con la criada. En algunas provincias, como Corrientes, con gran influencia guaraní, las cuestiones morales no eran tan rigurosas; en Córdoba sí. Siempre tuvo la dualidad de ser una de las ciudades con más prostíbulos, más hijos naturales y también más iglesias. Ya a principios del siglo XIX, había un enorme mestizaje pese a las leyes virreinales. Frente al anglosajón, el español nunca ha tenido problemas en mezclarse con otras razas.
-¿Cómo trama la relación entre los personajes reales y los ficcionales?
-Trato de que las relaciones sean mínimas. En La trama del pasado , cuento una visita de Fernando a Rosas. Yo no voy a hacerle decir a Rosas algo que no sé si pudo haber dicho. Para ese diálogo me basé en lo que escribió, en su correspondencia, en su pensamiento y en su política. La descripción de la casa de Rosas y de las reuniones de Manuelita y sus amigas están basadas en documentos. La relación de mis personajes con personajes históricos es de refilón. Yo no hago historia novelada sino novela histórica.
-¿Cuál es su modelo en el género?
-Mi modelo es sir Walter Scott, que comenzó a escribir para levantar el ánimo de su pueblo, sojuzgado por el inglés. Primero hizo recopilaciones de baladas que hablaban sobre la bravura del escocés, dispuesto a morir antes que rendirse. Tuvieron tanto éxito que empezó a escribir sus propios relatos, en los que sentó las bases de la novela histórica. Su lenguaje tiene que ser tal que no ofenda al lector refinado, pero también simple para que lo entienda cualquiera, y el registro de la historia tiene que ser veraz. A ese modelo me atengo. Me siento muy contenta porque creo que he hecho una obra valorable y atractiva, que puede despertar el interés por la lectura de ciertos temas en textos de investigación histórica.
-¿Cómo continúa la saga?
-Me quedan por narrar diez años, de 1843 a 1852, así que serán dos libros más. El próximo abarcará de 1843 a 1848. En los talleres de historia que organizo, estamos analizando la historia de Urquiza, quien ya desde 1846 discutía con los correntinos la necesidad de dictar una Constitución, a pesar de que todavía era un general de Rosas. El último libro comenzará con el creciente protagonismo de Urquiza y la muerte de Camila O'Gorman, un detonante para la caída de Rosas.




