
Una temporada con los indios
CAUTIVO EN LA PATAGONIA Por Benjamin Franklin Bourne (Emecé)-217 páginas-($ 14)
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EN su valioso estudio La Argentina vista por viajeros ingleses: 1810-1860 (Ediciones Gure), el catedrático estadounidense S. Samuel Trifilo admite no haber encontrado "ni un solo relato de viajes escrito por un viajero inglés que hubiese visitado el interior de la Patagonia durante los cincuenta años que aquí nos interesan". Cita, por eso, el libro del norteamericano Benjamin Franklin Bourne, The Captive in Patagonia, or life among the glants (Boston, 1853). Poco menos de un siglo y medio después de su aparición, esa obra acaba de ser difundida por primera vez en español, en Buenos Aires, en una publicación tersa, rica en observaciones y pormenores, que la traducción recupera con destreza hoy bastante poco común.
Sin embargo, hasta la aparición del libro de Bourne -salvo los adelantos de Vespucio (1503) y Pigafetta (1550)- las mayores noticias acerca de la Patagonia habían sido aportadas por marinos británicos: Francis Drake, que merodeó por la región en 1578; John Narborough (1669-71); John Byron, el abuelo del poeta (1764) y Samuel Wallis (1766-69), entre otros.
Pero todos ellos fueron superados por el médico jesuita Thomas Falkner, cuya Descripción de la Patagonia (1774) fue una suerte de Biblia en la Europa de fines del XVIII y comienzos del XIX. El capitán Robert Fitzroy y su acompañante en la segunda expedición del "Beagle" (1831-36), el joven naturalista Charles Darwin, se habían informado de la Patagonia en el libro de su compatriota Falkner. Ambos dieron cuenta de sus hallazgos en 1839, pero de los tres volúmenes aparecidos entonces el más exitoso resultó el de Darwin, reeditado en 1845 (es el Journal of Researches , traducido al español como Viaje de un naturalista alrededor del mundo ).
De todas maneras, ni el marino ni el científico añadieron mucho a lo que ya se sabía de los patagones gracias a Falkner y a Alcide d`Orbigny. El francés había reunido sus descubrimientos de 1829, con los de toda su investigación latinoamericana de 1826-34, en los nueve tomos del Voyage dans l`Amérique méridionale (1835-46).
Tocará ir más lejos a Bourne porque, a diferencia de Falkner, de d`Orbigny, de Fitzroy y de Darwin, él se adentró -obligado, es cierto- en la Patagonia, caso único hasta ese momento, que imitó el británico George Musters, sólo en 1869-70.
La causa de la ordalía de Bourne fue la fiebre del oro encendida, hacia junio de 1848, en la California recién apropiada a México por los Estados Unidos. Bourne se había alistado como marinero en una goleta que zarpó del puerto ballenero de Nueva Bedford, al Sur de Boston, el 13 de febrero de 1849, con veinticinco socios de aventura, rumbo a San Francisco vía el Estrecho de Magallanes.
El 30 de abril iniciaron el pasaje y anclaron por la noche unas doce millas antes de la Primera Angostura. El día siguiente, Bourne y tres de sus compañeros fueron a tierra a buscar provisiones. Capturados por los indios, aquéllos logran huir, en tanto Bourne quedó como rehén, a la espera de un rescate de alcohol y tabaco. El cautiverio duró noventa y ocho días, hasta el 7 de agosto, cuando el americano consiguió evadirse.
Durante esas catorce semanas, la muerte acechó al desolado marinero. Aunque habitaba en la tienda del jefe, Parosilver, de sus cuatro esposas, sus hijas y una nieta, la mayoría de los súbditos, descreídos del futuro rescate, querían eliminarlo. Con todo, Bourne se habituó a dos cosas: superar la angustia y afinar la vista y el oído -aprendió algo del idioma de sus dueños, aunque sin revelarlo-. Por lo demás, sobreestimaba su importancia ante los indios y exageraba sus poderes, mientras adulaba al cacique, a quien terminó por ceder su reloj.
Bourne no alcanzó a saber el nombre de la horda que lo tuvo prisionero. Pero sin duda, esos mil hombres, mujeres y niños pertenecían al pueblo de los tehuelches meridionales, los Aonikén, cuyos dominios se extendían desde el Río Santa Cruz hasta el Estrecho de Magallanes. Por ese vasto territorio, el cautivo debió seguirlos en sus cabalgatas y en sus acampadas, que se sucedían, con implacable monotonía, de Sur a Norte.
A diferencia de los descriptos por d`Orbigny, Darwin y Musters, los nómadas de Parosilver eran perezosos, desleales, engañadores, sin demasiado coraje. Comían guanaco, ñandú y, a veces, puma. Vivían de la caza, que, además, era para ellos un deporte tan deleitable como la fumada de tabaco en pipa y su equivalente del juego de naipes. Su única riqueza era el caballo; sus armas, el machete y el puñal. Sólo el cacique era polígamo. Las mujeres montaban y desmontaban las chozas -una serie de estacas de madera, cubiertas de cueros de guanaco- buscaban el combustible, cocinaban y hacían los vestidos. Celosas, reñían entre ellas con vigor y malicia, ante el halago de sus maridos. La tribu carecía de religión, aunque sus miembros eran en extremo supersticiosos.
Bourne no veía en ellos nada humano (desde el obvio punto de vista "civilizado"), salvo los dientes, "sólidos y blancos", que se destacaban en medio de la aterradora suciedad. Bourne tercia en el debate sobre la altura de los patagones (de ahí la referencia del título a "los gigantes"), iniciado por Pigafetta: estima que los varones miden entre 1,95 y 2,05, nada del otro mundo.
En su larga marcha hacia el Norte, los súbditos de Parosilver llegaron cerca de la desembocadura del Santa Cruz, para visitar a un cosario isleño de blancos al que llamaban "Holanda",donde esperaban obtener los tesoros prometidos por su cautivo. Pero el cautivo escapó y se liberó. Sólo entonces pudo seguir viaje a San Francisco, adonde arribó el 19 de febrero de 1850. Tres años después, fracasados ya sus negocios mineros, Bourne publicó este testimonio, el único oro de su vida.



