
Una tragedia contemporánea
Todos eran mis hijos , el clásico de Arthur Miller, sorprende por la vigencia de su retrato social
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Hay muchas cosas tremendas, y ninguna más tremenda que el humano", escribió Sófocles. Y siglos después nadie se atrevería a decir lo contrario. La conducta humana sigue siendo un misterio aun para quienes han consagrado su vida a estudiarla. En el mundo contemporáneo, las tragedias no se desencadenan ni por la ira de los dioses ni por interpretar erróneamente los vaticinios de los oráculos. El destino de buena parte de la humanidad de dirime en la toma de decisiones de quienes detentan el poder. Y los jóvenes combatientes que mueren en sus aviones en Todos eran mis hijos , la obra de Arthur Miller, pierden sus vidas porque un hombre decidió colocar una pieza defectuosa en las máquinas que ellos, sin saberlo, piloteaban en la Segunda Guerra Mundial. Se pierden, así, más de dos decenas de vidas. Y el responsable, como suele suceder, es un señor que se jacta de haber hecho dinero y ser un buen padre de familia. Alguien que no sabe que la acción siempre desencadena una secuencia de hechos impredecibles. Alguien, también, que desconoce que la responsabilidad es la esencia de la subjetividad.
Ya en el primer acto, el autor señala que hay un árbol caído al costado del escenario. Ese dato, aparentemente sin importancia, indica de entrada que algo se derrumba en el hogar de los Keller. "Se acabaron las rosas -dice la madre-. Es tan curioso... Todo decide suceder al mismo tiempo. Este mes es su cumpleaños... Su árbol se viene al suelo y Annie viene...Todo parece volver." El cumpleaños es el de Larry, el hijo que desapareció tres años atrás en una acción de guerra, pero que para la madre sigue vivo. Annie, que fue la novia de aquel hijo, ha decidido volver con el fin de acercarse al hermano de quien fue su novio. Basta con estos datos para percibir que lo que regresa es aquello que no pudo ser dirimido en su momento. O, lo que es peor, aquello que fue ocultado de manera deliberada.
Como en La muerte de un viajante o en Después de la caída , Arthur Miller pone al descubierto la otra cara del sueño americano. Pero lo hace a través de una mirada atenta a los movimientos del psiquismo de cada una de sus criaturas. No le basta al autor con enunciados políticamente correctos. Heredero del teatro de Eugene O’Neill, como Tennessee Williams o Edward Albee, Miller juega sus cartas entre lo psicológico y lo social. De ahí que la madre, en Todos eran mi hijos, no sea únicamente la mujer perturbada por la desaparición de Larry. Es también quien denuncia una guerra que no hace distinciones a la hora de enviar a la muerte a sus jóvenes. Es, además, aquella Antígona contemporánea que no se conforma con dejar sin sepultura al ser amado. Su brutal sinceridad, unida a su desesperación y a cierta negación de la realidad, la ubica para los demás cerca del mundo de la locura, mientras que Joe, el padre de familia y el verdadero responsable de los crímenes, juega su papel de empresario serio y responsable.
En la excelente puesta en escena de Claudio Tolcachir, lo que surge es una tragedia contemporánea. La falla trágica del protagonista precipita el desenlace. Y si el héroe no tiene la estatura de los personajes de Sófocles es porque vivimos en otro mundo. Los héroes de nuestros días parecen los restos de un universo que, si alguna vez tuvo algo de grandeza, hoy está más representado por los esperpentos de Beckett que por los ecos de las batallas de Héctor o de Aquiles. Miranda, en La tempestad, de Shakespeare, le enseñó a hablar a Calibán una lengua que él no quería aprender y que sólo le sirve para maldecir. ¿Y qué otra cosa que maldecir pueden hacer estos personajes cuando descubren que todo lo que han construido carece de verdad?
Toda obra de arte es un instante. Y la tragedia de Todos eran mis hijos ocurre cuando los personajes perciben que nada es ni ha sido lo que parece. En ese sentido es una tragedia contemporánea. Porque aun cuando la guerra siga siendo una de las industrias más prósperas del planeta, siempre habrá alguien que señale o muestre la otra cara de esa prosperidad.
En el excelente espectáculo que se ofrece en el teatro Apolo, de lo que se habla es de ética y responsabilidad. La responsabilidad es la imposibilidad de apropiarse del otro. La exigencia ética es la relación con el otro. Arthur Miller dialoga con Sófocles.
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