
Vasto y exigente poemario
LAS ENCANTADAS Por Daniel Samoilovich-(Tusquets)-128 páginas-($ 23)
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Daniel Samoilovich (Buenos Aires, 1949) compuso Las encantadas, libro que fue publicado en España en 2003, entre 1995 y 2000. Es un poema con más de dos mil versos organizados en unos setenta fragmentos, que también podrían ser leídos como poemas autónomos, distribuidos en cinco partes: "El sueño", "En las islas", "Tortugas, lagartos, iguanas", "Cómo llegamos a bañarnos entre tiburones" y "La tormenta". Los textos evocan diversos episodios que se suceden y se repiten vistos desde otro ángulo, creando un efecto vertiginoso al fragmentar y multiplicar acciones mínimas. Hay allí una sombra épica: no prevalece un yo lírico sino un yo narrador. El acontecimiento central que se refiere es una experiencia del personaje Oh, que había viajado con Ah, su enamorada, a las Galápagos (el archipiélago de las islas que se hallan a mil kilómetros de la costa de Ecuador, en el Pacífico, y que Melville llamó en su novela The Encantadas). El viaje fue posible porque la noche anterior ambos habían ganado en la ruleta el dinero para hacerlo. Esa excursión feliz y enrarecida en un escenario salvaje -el mismo en el cual un siglo atrás Charles Darwin concibió la teoría de la evolución de las especies- se vuelve un ilusorio paraíso perdido cuando la pareja amorosa se rompe. El poema se inicia cuando Oh se despierta solo en una pieza de hotel una medianoche, luego de haber soñado con aquel viaje hecho quince años antes. Intenta entonces, como señaló el autor, "recuperar ese viaje; no volverlo a hacer, sino ir hacia atrás en el tiempo, cosa que, como sabemos, ni los dioses pueden hacer. El poema es la historia de ese intento condenado al fracaso". Oh quiere recuperar aquel antiguo amor evocando el viaje mismo, como si fuese un Orfeo naturalista y a la vez un jugador compulsivo por recuperar lo perdido. Pero el azar lo acecha en el orden secreto del mundo, el azar que ni un golpe de dados, ni la voluntad, ni la rebelión ante lo irremediable podrían abolir.
Como en su poemario anterior, El carrito de Eneas, hay en este libro de Samoilovich una clara voluntad constructiva, mediante un motivo poético que articula una estructura prefijada, manifiesta en variaciones y contrastes episódicos. El texto se vuelve sucesivamente alucinatorio, humorístico, patético, testimonial, lírico, didáctico. Su lenguaje poético siempre es ambiguo y deliberadamente impuro: el relato o la descripción naturalista son sometidos a ritmos de verso clásico; la lengua misma se enloquece en calembour, en diversos juegos vocálicos que arrasan el sentido. Se suceden así las escenas de la noche solitaria en el hotel, las apuestas en la ruleta, cierta ingesta de cocaína, el viaje y la excursión en las Galápagos, la separación posterior de los enamorados. Escenas repetidas y cruzadas súbitamente con las minuciosas irrupciones del viaje de Darwin, la recreación en verso de pasajes de Viaje de un naturalista alrededor del globo a bordo del H.M.S. Beagle, fragmentos de su correspondencia, y observaciones de otros geólogos, paleontólogos o biólogos contemporáneos, como Stephen Jay Gould. "Mi intención -apuntó Samoilovich- fue que las costuras no se terminaran de notar, que una misma emoción recorriera la declaración amorosa y la paciente observación de la naturaleza", en la busca del "ambiente más enrarecido que pudiera convocar una pasión". De modo tal que este vasto poema posee una fuerte impronta narrativa, como si fuese recorrido por el espectro de una novela. Ese relato en ciernes puede ser reconstruido al final de una lectura completa, y sólo entonces surge su ostensible significado, que de algún modo se hallaba desplazado y disperso. Así, todo el poema es como "una superficie alterada por inscripciones, / blancos, pisadas superpuestas, sueños // fracturas y rayones que sugieren / circunstancias cambiantes que impactan/ sobre la forma misma de los seres".
Las encantadas trata de la elegía de un amor perdido y luego nombrado, con asombro y condescendencia, en un escenario en el cual la naturaleza manifiesta la materialidad objetiva del azar, ajeno para siempre a toda idea de voluntad creadora, de destino y de redención. Su sorda desesperanza no halla consuelo en la variedad del mundo, porque el designio de lo real parece revelar que toda pasión es, en el fondo, gratuita y no menos inestable que aquellas especies que no pudieron adaptarse a la supervivencia. Por ello los versos que recrean el pensamiento de Gould se cuestionan de este modo: "¿Cómo es/ que pensamos que nuestra existencia/ y nuestra mente son inevitables,/ necesarias, o incluso probables?". Y sin embargo toda pasión humana adolece de un gigantismo heroico, a tal punto que para ser olvidada o transfigurada suele requerir de un acto monumental, un acto que comprometa al universo: un sacrificio, una obra de arte, o, como sugiere el último fragmento de Las encantadas, el deseo de obliterar el cosmos, invertir la flecha del tiempo para acabar con "los adioses, / los alejamientos, las separaciones". Porque el gigantesco fracaso de una pasión también conlleva, insumisa e irracional, una gigantesca belleza.
Las encantadas, de Daniel Samoilovich, es un libro experimental, ambicioso y feliz. También es, por fortuna, inesperado para la poesía argentina. Se propone llevar un proyecto estético hasta sus últimas consecuencias, donde la emoción es abstracta, un material entre otros que integra una compleja estructura y que en ella oculta celosamente su aspecto pasional, con la reticencia de la ironía o el escepticismo. Ese gesto, que niega toda efusión lírica, todo sentimentalismo y toda moralidad, conserva su fe en una ética de la forma artística que, para realizarse, cuenta con un lector atento a las mínimas señales que le brinda el poema. Un lector que no será amedrentado por el hermetismo ni por la complacencia, sino apelado en su lucidez.
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