Venden en US$ 30,6 millones un cuadro del artista holandés Vermeer
Realizada en 1672, es la tercera pintura antigua más cara de la historia
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Un comprador anónimo adquirió anoche por teléfono en la casa Sotheby´s de Londres el cuadro "Muchacha sentada frente al clavicordio", del cotizado artista holandés Johannes Vermeer, por 30,6 millones de dólares.
Además de la singular característica de su tamaño -mide apenas 25 x 20 cm-, se trata de la tercera pintura antigua más cara de la historia luego de "La masacre de los inocentes", de Rubens (National Gallery, de Londres), y "Retrato de Cósimo de Medicis", de Pontormo (Museo Getty de Malibu, California).
La venta de esta pintura de Vermeer, que murió a los 43 años, cobra dimensión, también, por ser la primera del artista holandés que se vende en un remate en los últimos 83 años. La última fue "La callejuela", subastada en 1921, aunque no tuvo comprador, y hoy es propiedad del Rijkmuseum.
Tal como anticipó anteayer LA NACION, era imposible arriesgar un precio para la última obra del genial holandés en manos privadas. Y menos aún saber cómo reaccionarían los potenciales compradores frente a la historia de un cuadro envuelto en una sombría saga de falsas atribuciones.
"La muchacha del clavicordio" pasó con éxito la prueba de las ofertas al lograr un valor seis veces más alto que el estimado por la casa rematadora, en un momento de real efervescencia para el mercado de arte.
La autenticidad
La cereza del postre en esta subasta fue la investigación encarada por el College University, de Londres, seguida de cerca por Gregory Rubinstein, de Sotheby´s, que logró probar con argumentos científicos la autenticidad del cuadro pintado en 1672 por Vermeer (1632-1675), creador de pequeñas glorias cotidianas inspiradas en la intimidad burguesa, cuyo legado pictórico se reduce a 36 cuadros.
No se conoce la identidad del nuevo dueño, confió a LA NACION Adela Casal, representante de la firma en América del Sur. Pero fueron tres personas peleando en la sala londinense.
Es probable que el comprador haya sido un museo, como el Getty de Malibu, que no tiene ninguna de las preciadas joyas de Vermeer, aunque la pintura antigua sea la médula del legado del millonario petrolero Paul Getty.
De la reducida producción del artista holandés, el Metropolitan de Nueva York tiene cinco pinturas. Hay cuatro en el Rijkmuseum, de Amsterdam; tres en la Frick Collection, de Nueva York; tres en la National Gallery, de Washington; dos en la National Gallery, de Londres, y dos en el Louvre, de París, entre otras prestigiosas salas. El destino del exquisito retrato de la niña del clavicordio es, por ahora, una incógnita.
Olvidado durante casi dos siglos, Vermeer se convirtió en un artista de culto diez años atrás, a partir de la retrospectiva -la primera- organizada por el Museo de La Haya.
El valor del cuadro
¿Cuál es el mayor encanto de esas pinturas más pequeñas que una hoja tamaño carta? Quizá la magia radique en la manera recatada y silenciosa con que Vermeer captura el mundo femenino en la intimidad de una escena doméstica, iluminada magistralmente por un halo de luz que llega siempre desde la izquierda.
Laboriosas, ensimismadas en sus propios pensamientos, las mujeres de Vermeer son protagonistas a pesar de sí mismas. No hay en la actitud ni en el vestido el más mínimo atisbo de pretensión. Sólo la sencillez burguesa y, en todos los casos, la vocación por el oficio: bordar, tejer, cantar, interpretar una partitura, se exhibe como valioso atributo.
La crítica norteamericana Deborah Salomon va aún más lejos al afirmar que las mujeres de Vermeer son las primeras mujeres modernas de la historia del arte, porque son las primeras que saborean el placer de la soledad.
El último encuentro de Vermeer con el gran público fue en marzo de 2003, en una muestra visitada en el Museo del Prado por más de 3000 personas por día. Ya para entonces Rubinstein tenía en sus manos la carta de triunfo: la investigación de la doctora Lilly Sheldon despejaba para siempre las dudas que habían dejado fuera del catalogo razonado de 1948 a la muchacha sentada frente al clavicordio.
En el delicado territorio de la pintura antigua la correcta catalogación puede cambiar radicalmente la cotización de un cuadro.
Años atrás salió de Buenos Aires un descenso de la cruz pagado lo que vale la obra de un anónimo sin demasiado lustre. Meses después, para sorpresa de los antiguos dueños que habían cerrado la transacción con un marchand en una suma bastante menor a los 100.000 dólares, el cuadro se vendió en Nueva York en US$ 5 millones, correctamente atribuido al italiano Carracci.



