Vigencia de una obra fundamental

Una nueva edición del Ensayo sobre el don , que llega a las librerías publicada por Katz, recupera los valiosos aportes antropológicos de Marcel Mauss. Aquí, un fragmento del estudio preliminar
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12 de diciembre de 2009  

A más de ocho décadas de su publicación, el Ensayo sobre el don se presenta como la más visible de las obras, no sólo de su autor, Marcel Mauss, sino del conjunto de la Escuela encabezada por su tío Émile Durkheim. Esa primacía no la obtuvo desde un comienzo; por el contrario, la recepción primera no fue demasiado propicia: sólo unas pocas reseñas, eso sí calurosas, en La Revue Philosophique, en L´ Année Psychologique y en alguna otra publicación; ninguna gran firma. [...] Esa poca repercusión inicial quizás en parte se debiese a que su tema -el origen del contrato, para abreviar- acababa de ser abordado por un compañero de Mauss, en la época mucho más conocido por el público, el escaso público que acompañaba estas cuestiones, Georges Davy y su libro La foi jurée; el Ensayo... podía entonces parecer para la mayoría una obra menos original de lo que ahora sabemos que era. [...]

Tal vez haya sido Georges Bataille, una figura de difícil clasificación, quien en un breve artículo de 1933 -"La notion de dépense"-, más interés mostró por el trabajo de Mauss, aunque fuese para darle una vuelta de tuerca y poner sobre la mesa no ya los datos allí expuestos y la interpretación que les daba su autor, sino un nuevo sentido. Tal sentido partía de una lectura muy parcial, si se quiere muy lejana de la visión de Mauss, pero ponía el acento sobre una cuestión clave: el gasto improductivo (lo que Bataille entendía por "dépense"). El hecho de que esta tentativa se realizase desde una metafísica naturalista y que fuese parte de una poética narcisista del mal (el texto final en el que el artículo de Bataille se incorporaría años más tarde lleva el nombre de La parte maldita...) es quizá la razón principal de que ese camino se cerrase sin mayores consecuencias, de que no fuese reconocido por los círculos académicos. Pero al desdeñar a Bataille se acallaba una cuestión que [...] puede ser vista como central en el sistema de dones: el exceso, el despilfarro, el sacrifico sin sacralidad ni receptor.

En 1950, el Ensayo... se reimprimió como parte de una recopilación de textos de Mauss, Sociología y antropología; Claude Lévi-Strauss, en su larga y densa introducción al volumen, colocaba este trabajo como su obra más relevante, suposición que se ha convertido en fórmula canónica. No es de extrañar que Lévi-Strauss pensase así; la base teórica sobre la que se yergue el enorme edificio de sus Estructuras elementales del parentesco, publicado un año antes, era la prohibición del incesto y las regulaciones de traspasos de mujeres entre unidades exogámicas, es decir, la aplicación a un campo particular del esquema del don.

Ese giro produjo una reevaluación del lugar del Ensayo... en la obra maussiana; ella misma se mostraba bajo una luz diferente; ingresaba en una modernidad estructural no sólo por mano de Lévi-Strauss, sino también por obra de los antropólogos ingleses. Ocurrió algo que quizás a Mauss no le hubiera gustado demasiado: él mismo y su obra se convirtieron en objeto de estudio; las miradas de los estudiosos se dirigían hacia él y no ya hacia la realidad social concreta en que, como él tanto había exhortado, debía centrarse la actividad científica.

Desde ese momento, escribieron sobre el Ensayo... los antropólogos más destacados, Sahlins, Evans-Pritchard, Polanyi, Godelier, sociólogos como Bourdieu, filósofos como Lefort y Merleau-Ponty. Y muchos, muchos más. Buena parte de todos estos abordajes proponen interpretaciones divergentes, tentativas de absorberlo en corrientes teóricas contrapuestas:

Todo ocurre como si cada crítico, víctima de una inevitable ilusión retrospectiva, encontrase en el Ensayo sobre el don la confirmación de su propia teoría sociológica o hasta filosófica y el bosquejo de su propio método. Estructuralista para unos, funcionalista para otros, fenomenólogo para terceros. [...]

Todas las interpretaciones son contradictorias sólo en la medida en que aíslan o hasta privilegian un momento del análisis en detrimento de los otros. (Dubar)

El hecho de que floreciesen tantas exégesis proviene de la propia constitución del Ensayo...: no era, no es, un texto de lectura lineal y unívoca; las interpretaciones divergentes, a poco que cada estudioso del texto intentase una comprensión más acabada del mismo, eran ineludibles y ya forman parte de un cuerpo común al que cada lectura agrega, para bien o para mal, una nueva capa. Imposible por ficticia sería la tentativa de proponer una experiencia virgen del original.

Además, esa misma pluralidad de lecturas, esa polisemia insalvable, parece insinuar que la obra está como esperando aún una revelación de su significación plena. Significación plena que no podía haber estado en la cabeza de su autor, que a menudo no parecía consciente del alcance de sus hallazgos, ni se puede establecer hoy de un plumazo, sino que debe aún ser construida en una interlocución quizá sin límites en el tiempo: no por nada, se verá en su momento, de lo que el texto habla es de la existencia misma de la sociabilidad, de la roca que la sustenta.

Es así que estos últimos tiempos no hay año en el que no se publiquen sobre él artículos y libros en diferentes lenguas. En fin, el Ensayo... es mucho más leído y discutido en la actualidad que en las décadas que siguieron a su aparición; se ha convertido en una obra sobre la que una y otra vez los antropólogos vuelven.

Vuelven, volvemos, por distintas razones. Hay quien lo hace para aniquilar in ovo una perspectiva etnológica que escapa a determinados esquemas; en pocas palabras, para mostrar cómo Mauss se desbocaba y creaba monstruos ideales que nada tenían que ver con la realidad empírica. Hay, por el contrario, quien lo hace no tanto con el interés de los historiadores de las ideas, sino, más bien, para buscar entre sus pocas páginas elementos que orienten -o quizá lo contrario, que des-orienten, que aparten de veredas demasiado holladas- la práctica etnológica de hoy en día.

Esta recurrencia cada vez más activa es una de las muestras de que el paradigma abierto por esa generación de pensadores franceses no está agotado, que por el contrario oculta un programa desarrollado tan sólo en parte. Es decir que en él anidan perspectivas, interrogantes e instrumentos conceptuales de los que no podemos ni debemos desprendernos, de los que todavía no hemos explorado todo su alcance, cuyo olvido o negligencia harían perder el norte de la aventura antropológica.

Hubo además en la obra de esos autores algo que en esta época gris nos ha sido negado: el estado liminar de los grandes comienzos, de los grandes descubrimientos, de las revoluciones, un vigor manifiesto tanto en las iluminaciones que recortaron nuevos objetos como en las sombras producidas por ese resplandor, las esferas de misterio, los agujeros negros, los territorios conquistados pero sin explorar al margen de las grandes avenidas abiertas y transitadas por los primeros pasos. Estado liminar en el que la sociología naciente no estaba sola; esa aventura intelectual, hay que recordarlo, es coetánea de otras transformaciones culturales excepcionales, de otros momentos liminares: el surgimiento de la nueva física, del psicoanálisis, el nacimiento del cine y de la radio, el giro radical de las formas de representación en todas las artes, todo ello enmarcado por enormes cambios sociales y políticos, los que desembocaron en la Primera Guerra y en la Revolución Rusa, los que derivaron de estos acontecimientos.

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