
Voz poderosa
EL SABOR DE LA CATASTROFE Por Rafael Pividal-Norma-Trad.: M. Cohen-224 páginas-($20)
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"Rafael Pividal es argentino. Tiene más o menos 60 y poco. Se fue del país a los 18. Su madre es francesa, una hermosa bailarina de revista que enamoró a su padre argentino en un transatlántico. Ella venía de gira, él volvía de su viaje aristocrático. Una corista, vedette, una dulce francesita, y un Pividal emparentado con los Güiraldes. Casamiento, escándalo, hijos, Rafael", dice T. Abraham en la presentación que, al comienzo de El sabor de la catástrofe , hace de su autor. Habría que agregar que el destino elegido por Rafael Pividal fue Francia, donde desarrolló una brillante carrera docente y escribió varios libros de ensayo, novela y cuento.
El sabor de la catástrofe , publicado en francés en 1991, es una colección de doce cuentos que desdeñan las convenciones del género y van del realismo al delirio más desopilante. Semejante combinación entraña un riesgo tan alto que obliga a destacar la cohesión del conjunto, sostenida por un modo de narrar y un humor muy personales. Son historias casi siempre actuales y recordables que impresionan como recién horneadas. A esto contribuye, además de la originalidad de la invención, un narrador despreocupado que se extiende en las situaciones con la fruición de quien estrena un relato en rueda de amigos.
Los cuentos de Pividal apuestan todo al desarrollo, relegando los finales a la mera función de clausura. Así en "Una imagen rubia", atractiva historia de iniciación sexual, lo que importa son las circunstancias y la última media página apura la acción con el solo objeto de alcanzar el cierre. Pero subestimar los finales no siempre resulta inocuo. En "Una historia de amor", un final previsible está a punto de malograr las divertidas peripecias en Moscú del prejuicioso Arthur Blair, quien no logra que la realidad coincida con sus esquemas mentales. "Esperando el buque de los muertos" y "El sabor de la catástrofe" son dos buenas invenciones desaforadas, sobre todo el primero. En éste, un etnólogo francés escucha la profecía de un brujo africano acerca del buque tripulado por los muertos de la tribu y lleno de regalos (cigarrillos, motos, coches) que sin duda arribará a esas costas, hasta que un petrolero encalla cerca de la playa. En el segundo, una casa edificada sobre un páramo, antiguo cementerio, se inclina irremediablemente salvo cuando contiene un antiguo "estabilizador-fertilizante" azteca.
Las referencias culturales son inseparables de muchas criaturas de Pividal. "Un personaje particular" desarrolla un día en la vida de Pornaphe, un polaco pariente del papa "que sabía de todo, fuera Verdi o Beethoven" y que entretiene su ocio haciendo colas en estaciones ferroviarias y cines porno. En una línea más realista, "Vecindad" muestra con humor y ferocidad la metamorfosis de los domésticos del protagonista quienes, de ser una pareja de sobrios estudiantes universitarios, pasan, ganados por una ideología hecha de lugares comunes y lecturas equívocas, a invasores crueles, autoritarios y ladrones. "La chaise" narra una especie de visita guiada por un antiguo caserío, ofrecida por un "profesor" poco confiable a un grupo de parisinos que no lo toman muy en serio.
Los dos últimos cuentos del volumen, los más perfectos desde el punto de vista del género, desnudan aspectos patéticos de la vida urbana moderna. "Un padre enfermo" describe la conquista del cuerpo por la enfermedad y el desprecio familiar disfrazado de indiferencia que sufre el protagonista. "Amores muertos" muestra la inconstancia en el amor de Jeanne, para quien cada hombre termina siendo siempre una etapa superada.
Los relatos de Pividal se diferencian nítidamente de la última cuentística escrita por argentinos, no tanto por su rebelión formal sino porque muestran una voz nueva y poderosa. La traducción acertada de Marcelo Cohen suma frescura a esta obra que mereció el prestigioso Premio Goncourt de 1991.




