Westlake, in memoriam
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El cine nos ayudó a descubrir a más de un escritor. No bien vi Sin lugar para los débiles, de los hermanos Coen, busqué la novela de Corman McCarthy en la que se basa la película. Fue un hallazgo sensacional. Algo parecido a lo que me sucedió 40 años antes, cuando vi A quemarropa, aquella película de John Boorman en la que Lee Marvin interpretaba al implacable Parker, un criminal ávido de venganza. Recuerdo que entonces quise leer de inmediato a ese tal Richard Stark, autor de The Hunter, la novela que había dado origen a la película. Pude leerlo 14 años después y recuerdo que la novela me impactó tanto o más que la película. Entonces supe que Richard Stark era el pseudónimo que Donald E. Westlake utilizaba para contar las andanzas de Parker; también supe que Parker había sido creado para morir en su primera aventura: The Hunter iba a ser su debut y despedida; de ese modo la fórmula "el bien triunfa sobre el mal" quedaba resuelta.
Pero el editor tenía otras intenciones: contrató al primer Parker a condición de que Westlake le garantizara otras historias con el mismo personaje. Gracias a esa buena idea editorial, Parker se proyectó en otras veinte novelas y The Hunter regresó a la pantalla. En esta oportunidad, con el nombre de Venganza y con Mel Gibson dándole vida a una criatura que poco tenía que ver con la que había interpretado Lee Marvin. Estábamos frente a un Parker que se parecía mucho a John Dortmunder, otro antihéroe emblemático creado por Westlake. Dortmunder es un simpático ladrón que va de fracaso en fracaso. Sus aventuras-desventuras se prolongaron a lo largo de 18 novelas. Robert Redford le supo dar vida en Un diamante al rojo vivo.
Desde hace mucho los libros de Donald E. Westlake enriquecen mi biblioteca. No todos sus libros, por supuesto, ya que fue un autor prolífico: más de cien relatos y cerca de noventa novelas lo demuestran. En esto se parecía a George Simenon, pero sólo en eso. El comisario Maigret está del lado de la ley; Parker y Dortmunder, por el contrario, están en la vereda de enfrente. No obstante, Westlake consigue que los queramos. Se puede entender con Dortmunder, dueño de un particular cinismo y de un particular sentido del humor. ¿Pero Parker por qué? No dejo de preguntármelo.
Creo que la respuesta está en el propio Parker y en la formidable escritura de Donald E. Westlake: siento que con la frialdad de un verdugo, a su modo y con su ética, Parker hace lo recto ante los ojos de Jehová.
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