Doping y secretos en Alemania. De Heidi Krieger a Andreas Krieger: la atleta campeona que se convirtió en hombre por la "pastilla azul"

Fernando Vergara
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11 de junio de 2020  • 00:01

"Ellos mataron a Heidi". La sentencia, tan cruda como real, estremece. La palabras salen de la boca de Andreas Krieger, quien se dio a conocer al mundo como Heidi Krieger, la mujer que fue campeona europea de lanzamiento de bala y una estrella fugaz del deporte alemán. Krieger resultó el ejemplo más extremo de los efectos perversos de un sistema de dopaje utilizado como instrumento político. Se trataba de la famosa pastilla azul que formó parte del trabajo de una gran cantidad científicos durante una década. El esteroide con sello de la República Democrática Alemana que se convirtió en el secreto mejor guardado y protegido por las amenazas de la Stasi, tras el telón de acero. El resultado de esos consumos le dieron a Krieger características viriles y aumentaron la confusión sobre una identidad sexual ya dubitativa, lo que influyó en su decisión de operarse para cambiarse de sexo. Y Heidi, entonces, pasó a ser Andreas.

De 1968 a 1989 más de 10.000 deportistas de la RDA fueron dopados. Los resultados deportivos fueron de alto impacto: entre los Juegos Olímpicos de 1968 y 1988 consiguieron un total de 519 medallas. Pero las consecuencias resultaron nefastas. Aún hoy los ex atletas soportan las secuelas de un doping sistemático mediante el uso secreto y masivo de esteroides anabólicos. Conmueve: se calcula que un tercio de ellos ha desarrollado cáncer. Decenas de nadadores padecen afecciones graves. Se suman daños hepáticos, renales y psíquicos. Hay consecuencias de todo tipo, a tal punto que algunas mujeres han tenido hijos con malformaciones. "Ellos jugaron a ser Dios y me utilizaron sin preguntarme. Tomaron decisiones sin tenerme en cuenta y sin importarles lo que pasaría conmigo", expresó Krieger en el documental realizado en el 2015 por la Agencia Antidopaje de Estados Unidos (USADA) y por la Agencia Nacional Antidopaje de Alemania (NADA). Ante el llamado telefónico, desde esta última institución llega una respetuosa respuesta: "Andreas ya no quiere dar más entrevistas. Y es importante entender ese deseo".

En 1979, Heidi, hoy Andreas (nació en Berlín el 20 de julio de 1966), comenzó a asistir a la Escuela Deportiva para Niños y Jóvenes de Berlín. Era una chica alta y fuerte. Estaba afiliada al Dynamo, un club deportivo patrocinado por la Stasi, la policía secreta de la RDA. A los 16 años empezó a recibir pastillas azules envueltas en aluminio. Era el esteroide Oral Turinabol. Ante su pregunta, los entrenadores siempre se referían a la misma como "simples vitaminas" que incrementaban la fuerza y ayudaban a soportar los duros entrenamientos. "Yo era valorada por parte de los entrenadores y por otros deportistas que me felicitaban. Eso era lo que yo estaba buscando. Sin embargo, lo que ganaba dentro del gimnasio lo perdía una vez que estaba fuera", remarcó Andreas en el documental.

Muchos de los afectados eran menores en aquel tiempo y les suministraban los fármacos sin que ellos lo supieran. A los 16 años, Heidi lanzaba la bala hasta los 14 metros. Tres años después su registro estaba por encima de los 20. A los 18, tras dos años de ingesta masiva (sólo en 1986 consumió más de 2.600 miligramos de esteroides), la chica medía 1,87 y pesaba más de 100 kilos. Mientras, ya tenía la voz grave y desarrollaba una musculatura masculina. En 1986 se había convertido en la campeona europea en Stuttgart, tras lanzar la bala a 21,10 metros. "El deporte era lo único que podía hacer. Podía viajar y conocer otros lugares. Desde mi punto de vista, me lo merecía. Había trabajado duro. Nunca me cuestioné si lo que me estaban dando eran hormonas. No pregunté ni tuve la menor sospecha", remarcó Krieger.

Sin embargo, Heidi odiaba caminar por las calles. Se burlaban de ella llamándola "homosexual". Las pastillas le cambiaban el ánimo: rápidamente pasaba de la depresión a la agresión y luego a la euforia. Con el correr de los años, los agotadores entrenamientos y la potente masa muscular le provocaron dolores en las articulaciones, rodillas, espalda y cadera. Relevó que en sus prácticas llegó a levantar más de 100 toneladas de peso en un periodo de dos semanas. Hasta que dijo basta. Su retirada, apenas con 24 años, coincidió con la fecha de la caída del Muro de Berlín.

Krieger había sido parte del famoso plan "14.25", un sistema para organizar y promover el dopaje, así como para investigar y desarrollar sustancias dopantes. En definitiva, una lucha propagandística contra Estados Unidos y la Unión Soviética que se establecía a través del deporte. Era una cadena perfectamente elaborada. "Para el estado, el colectivo era más valioso que el individuo. La aplicación de los objetivos del partido revestía una importancia superior a la realización personal", dice Krieger, que en la actualidad mira poco atletismo por televisión. "Cuando veo estas competiciones me alucina lo poco que han cambiado las cosas", comentó con su ojo crítico. Del deporte, asegura, rescata la "ambición y perseverancia" para dar batalla en la vida.

El año 1995 marcó un punto de inflexión para Heidi. "Me sentía muy raro. No me gustaban los hombres ni yo a ellos. Me gustaban las mujeres pero no me consideraba lesbiana", remarcó en un documental de Informe Robinson. Un amigo y compañero de trabajo, tras mucho tiempo de búsqueda, le puso un nombre a lo que le sucedía: transexualidad . En 1998, Heidi Krieger decidió que lo mejor era someterse a una operación de cambio de sexo. Le fueron extirpados el útero, las glándulas mamarias y los ovarios. Cuando se despertó ya era Andreas Krieger. "El resultado emocional de tan altos niveles de testosterona puede suponer que una persona se sienta insegura de quién es realmente", explicaron los psicólogos que investigaron el caso.

Krieger optó por transformarse completamente para que su cuerpo estuviera acorde con un cerebro que ya se sentía masculino. Y se casó con Utte Krause, una ex nadadora alemana oriental que también sufrió el brutal dopaje de las autoridades deportivas. "La decisión de operarme me salvó la vida. Y para mí, esta mujer ha sido como si me tocara la lotería. Me han regalado un tesoro", aseguró Andreas.

Ellos fueron dos de los ex deportistas que se embarcaron en los procesos legales contra los ideólogos de tal aberración. En la actualidad se cumplen 20 años del juicio que sentó en el banco de los acusados a la máxima autoridad del deporte de la ya desaparecida Alemania Oriental, Manfred Ewald, y a su principal médico deportivo, Manfred Höppner. Y todo gracias a la denuncia de 200 deportistas, que fueron indemnizados con 10.000 euros del estado, una ayuda que se antoja insuficiente para reparar el daño causado. Al dolor se le suma que los responsables nunca ingresaron en prisión. Ewald, que jamás pidió perdón, falleció en 2002.

Krieger opina que no hay dinero capaz de devolverle su salud, que considera afectada para siempre. Y que fue el juicio del 2000 lo que sirvió para abrirle los ojos. "Allí acepté por completo que mi rendimiento no había sido honesto. Logré las marcas a base de químicos y no por mi propia fuerza. Pero una de las cuestiones más duras, sin dudas, es que ellos me robaron mi identidad. Ellos me robaron mi decisión". ¿Quedó algo de Heidi en su vida? "Sigue habiendo algo, claro. Heidi sigue estando ahí".

El deporte como papel fundamental en plena Guerra Fría

La extinta República Democrática Alemana (RDA) fue un país con 16 millones de habitantes que rivalizó con la URSS en el medallero de los Juegos Olímpicos desde la edición en Ciudad de México 1968 (allí fueron quintos, tres puestos por delante de Alemania Federal). Ya en Munich 1972, escalaron a la tercera posición. De ahí en más, hasta su última comparecencia, en Seúl 1988, se ubicó siempre segunda, con la excepción de su ausencia, debido al boicot, en Los Angeles 1984.

Los informes sostienen que el sistema tenía más de 3.000 "colaboradores no oficiales", conocidos dentro de la estructura con la abreviatura "IM". Eran quienes espiaban por encargo del Ministerio para la Seguridad del Estado (Stasi) al mundo del deporte de elite.

Hoy se cree que entre 500 y 2000 ex deportistas padecen serios problemas de salud relacionados con los esteroides , entre los que se incluyen tumores de hígado, enfermedades del corazón, cáncer de testículos y de mama, problemas ginecológicos, infertilidad y depresión. Algunas atletas han denunciado abortos y malformaciones de sus hijos.

Uno de los ejemplos que aparece es el de Barbara Krause. La ex nadadora (hoy tiene 60 años) fue triple campeona olímpica en los Juegos de Moscú de 1980, dos veces campeona del mundo y tres de Europa. Se retiró tras esa cita olímpica y se dedicó a la fotografía profesional. En diciembre de 1991, tras la caída del Muro de Berlín, se supo que Krause había sido víctima del sistema de dopaje sistemático por parte de sus técnicos y por órdenes gubernamentales.

Tras el retiro de la natación, Barbara fue mamá de dos niños, que nacieron con graves deformidades en sus pies como consecuencia de la gran cantidad de sustancias dopantes que Krause recibió en su carrera.

Ahora, ¿por qué los deportistas no daban positivo en las competencias internacionales? Dos semanas antes de viajar al exterior, los entrenadores suspendían el suministro de drogas y sus muestras eran sometidas a controles secretos. Si alguna daba positivo, el atleta era apartado. Por eso Krause se perdió los Juegos Olímpicos de Montreal 1976, más allá de que la versión oficial diagnosticó una "enfermedad". Jamás un doping de ella dio positivo y en 1988 fue incluida en el Salón de la Fama de la Natación. Y todavía permanece en el mismo.

Ines Geipel, dopada y mutilada

Nacida en Dresde el 7 de julio de 1960 y especialista en velocidad y salto en largo, Ines Schmidt -su apellido de soltera- se destacó desde muy joven e integró el equipo de la RDA de los años '80. "Yo era joven, ingenua y quería lograr un buen rendimiento. El doping se camuflaba como 'complemento medicinal' para los deportistas de elite. ¿Cómo íbamos a saber nosotros lo que era en realidad?", confesó alguna vez Geipel, que en 1984 fue una de las mujeres más rápidas del mundo. Ese fue el año en el que logró el récord mundial en la posta 4x100 junto a sus compañeras Ingrid Auerswald, Marlies Göhr y Bärbel Wöckel (42 segundos y 20 centésimas).

Un año después, en 1985, Geipel comenzó a sentir unas molestias abdominales. A partir de ahí sufrió dolores renales, bulimia, y una serie de operaciones. Recién entendió lo que sucedía en 2003, cuando fue intervenida nuevamente y la verdad salió a la luz: tenía órganos dañados, músculos seccionados, tejidos destruidos. Es decir, había sido mutilada.

En 1989, Geipel logró huir de la RDA a través de Hungría, hasta llegar a Darmstadt, donde estudió filosofía y sociología. También es escritora y publicó varios libros. Al tiempo pidió a la Federación de su país que anule todos sus récords porque habían sido obtenidos de manera ilegal. En un principio el ente se opuso a esta pretensión. Sin embargo, en mayo de 2006 accedió a sustituir su nombre por un asterisco.

Tras la caída del Muro de Berlín, Geipel descubrió que la Stasi la tenía fichada como "políticamente inestable" y que constituía "una amenaza" porque se relacionaba con atletas extranjeros. Ines se había enamorado de un marchador mexicano y estuvo a punto de huir a Los Ángeles. En el año 2011, la mujer recibió la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania por sus obras sobre los oprimidos de la RDA y por su denuncia del sistema de dopaje estatal. "Ellos no mataban con pistolas, sino con recetas", sentenció.

El increíble récord de Marita Koch

La utilización del doping de manera sistemática se incentivó en esa época en los Estados Unidos y en los países del bloque comunista, desarrollándose varias marcas insólitas para aquellos años y aún inalcanzables, especialmente en la rama femenina.

A la enorme cosecha de medallas alemana la acompañaban -y la acompañan- marcas muy adelantadas a su tiempo, como el caso de Marita Koch (medallista de oro en Moscú 1980) que ostenta el récord de los 400 metros (47.60) desde el 6 de octubre de 1985, cuando lo consiguió en Canberra, Australia. Al día de hoy nadie ha podido batirlo y muchos especialistas consideran que será "para siempre". Lo cierto es que a casi 35 años de aquel momento, son pocos los que creen en la veracidad de esos números.

Marita jamás afirmó que se hubiera dopado, algo que sí hicieron otras de sus compatriotas. La ex atleta tampoco renegó del régimen: "Es lo que me tocó vivir. Si me hubieran dado toda la libertad, no me habría entrenado como lo hice", afirmó en una de las pocas entrevistas que dio. La mujer jamás volvió a correr tan rápido. Y nunca un control le dio positivo.

La propia Alemania, tras la reunificación, se preguntó si no deberían haberse eliminado esos registros de los rankings. El nombre de Koch apareció tras la desclasificación de los documentos de la Stasi. Pero no usaron los datos aportados para lanzar su propia investigación. No obstante, Sebastian Coe (el actual presidente de World Athletics) advirtió hace cuatro años que empezar de cero era "tentador", pero "ensuciaría a los atletas limpios". Con esto, en Europa, muchos de los grandes registros siguen vigentes.

Quienes desclasificaron los documentos de la Stasi sacaron la siguiente conclusión: "Los éxitos deportivos de la RDA no se debieron sólo a las drogas, pero tampoco se habrían alcanzado sin ellas". No deja de ser uno de los grandes enigmas de la historia del atletismo.

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