Campeones en silencio y sin flashes

Eduardo Ahmar Dakno
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26 de agosto de 2001  

Mientras el espectacular domingo de los clásicos de fútbol parece atrapar toda la jornada deportiva, mientras el hockey de las Leonas, en Holanda, como protagonista de la final del Champions Trophy, sirve un aperitivo de lujo, en silencio, lejos de las cámaras, casi anónimamente, otros argentinos forjan su destino. Luchan, sueñan, sufren, y triunfan, pero en medio de la indiferencia, casi.

Mientras el seleccionado de basquetbol, en Neuquén, buscará esta noche ponerle una rúbrica indeleble a su notable actuación en el Premundial, a miles de kilómetros del estadio Ruca Che, sin estridencias y sin TV de por medio, otros argentinos también son protagonistas. Y compiten de igual a igual, aunque sepan que otorgan ventajas. Se respaldan sobre el entusiasmo. Su emblema es una voluntad inquebrantable. Su único sponsor es el orgullo.

Allí está Javier Correa en las aguas polacas de Poznan esperando coronar su tarea en el Mundial Senior. Allí está el rionegrino de 25 años preparado para sumar más lustre a la plata que obtuvo ayer en K1 1000. Hoy competirá en K1 500, en las antípodas de quienes son bendecidos por los flashes.

Pero está. Creyendo como nadie en esa consuetudinaria y obstinada práctica, la del canotaje, en la que se templan muchos deportistas anónimos, aunque no sean campeones.

En otras aguas, esta vez en las de Lucerna, Suiza, otros argentinos curtidos en la porfía por no darse por vencidos, seguirán desafiando obstáculos, humildemente. Son Patricia Conte y Elina Urbano. Buscarán un lugar en el podio de dos largos sin timonel ligero del Mundial Senior de remo.

Su desafío, al igual que el de Damián Ordás y Walter Balunek ayer, más que el de la victoria, que desean como cualquier humano, es derrotar al escepticismo, es remar contra la corriente, es perseverar y superar barreras infranqueables. Si la gloria corona su esfuerzo, mejor todavía.

Son, apenas, una muestra. En ellos se refleja otra realidad de la Argentina. O del exitoso deporte argentino. Es la que no invade las pantallas ni factura millones. Es la que no tiene auspiciantes. No es ni más ni menos que la cara opuesta a esa que se adueña de las carteleras. Es, en todo caso, distinta. Silenciosa

Su pelea, como la de muchos de sus compatriotas, practiquen o no alguna actividad deportiva, es diaria. Las adversidades a las que tienen que vencer son similares: la falta de respaldo, la incredulidad, la desesperanza, el derrotismo de los que se refugian sólo en la queja sistemática. Y ganan por amplio margen. Son auténticos campeones. Nadie les quita el lugar más alto del podio.

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