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WINNIPEG.- La sensación de bronca me invade, como a muchos. La gente -nos incluimos- no tiene problemas en hacer 80, 120 o 250 kilómetros para ir a Gimli, Southport o Minnedosa, subsedes de los Juegos, a ver diferentes pruebas. Como tampoco moverse en un circuito de 30 kilómetros en derredor de Winnipeg, a ritmo vertiginoso, para seguir de cerca distintas disciplinas. Así son los Juegos.
Observo, desde la sala de prensa del Convention Center y por circuito cerrado, una multitud en la Piscina Pan Am: la natación domina y José Meolans nos da un alegrón con ese tercer puesto en los 100m mariposa; al paso veo la consagración del yudoca Martín Ríos y el nuevo subcampeonato de Carolina Mariani y me estimula, como el bronce de la esgrimista Elida Agüero y tener una semifinal de squash nacional, con Usandizaga y Gutiérrez Keen. ¡Qué bien!, pienso. Deporte, competencia, aire puro. Aunque enseguida se me va la sonrisa...
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Recuerdo aquellos dientes blancos, que parecen escaparse de esa boca y un rostro familiar de tez morena. El fenómeno que hace cinco días ganó su cuarto oro consecutivo panamericano en el salto en alto, con 2,30m. Casi sin transpirar, dejando que los demás se vuelvan locos para marcar 2,25m y llegar él, con una molestia en la cintura, y clavar aquel registro en sólo dos intentos. Lejos de su récord (2,45m), pero siempre superior. Apabullante.
Lo recuerdo diciendo: "¿Si ha nacido el hombre que me supere algún día? Sí: mi hijo. Le he pedido que se tome su tiempo, por una cuestión de respeto, hombre". El pequeño Javier tiene apenas 3 años. Ya ve los recortes y los videos de papá, también Javier, que con 31 es uno de los deportistas más famosos de la historia. Se fueron Carl Lewis, Sergei Bubka; falleció Florence Griffith-Joyner. Como imanes del atletismo permanecen los velocistas Maurice Green, Donovan Bailey, Michael Johnson y los saltadores: Iván Pedroso y él, Sotomayor.
Carismático. Talentoso. Capaz de convocar por sí solo una multitud. Idolo de Cuba, por supuesto, y quien muchas veces enfatizó en que nunca aceptaría otra nacionalidad. El mismo que, en junio de 1996, en Buenos Aires, cuando se preparaba para los Juegos Olímpicos de Atlanta, le dijo a La Nación respecto de la droga: "Es algo que va en contra de los principios deportivos y por suerte hoy se está combatiendo su uso".
El día en que hay demasiado revuelo en el mundo por el urticante tema doping, el cerco se cierra sobre Sotomayor (ver página 8). Nada se dice oficialmente, aunque todos los ojos están puestos sobre él, en ese nuevo caso del que se aguarda el resultado de la contraprueba. Y hasta se arriesga, en la Villa misma, una sustancia que, contrariamente a lo que se vaticinaba -anabólicos, igual que la saltadora Arrendel-, desviaría los motivos de su uso: cocaína. Es decir, más personal que deportivo. Aunque tan prohibida como estimulantes y esteroides.
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No me une nada con Sotomayor; no me benefician sus éxitos ni me perjudican sus fracasos. Como a usted. Pero sí me da bronca y me causa pena pensar en que efectivamente, en las próximas horas, se confirme la bomba que anticipó Mario Vázquez Raña y que dará de lleno en el pueblo cubano.
No sé si Sotomayor es un ejemplo, pero como estrella el impacto sería terrible. En realidad, ya se empezó a vivir, pase lo que pase.
Si se equivocó, tendrá que hacerse cargo. Como cualquiera. Aunque se llame Javier Sotomayor. Y si no fuese, el próximo Mundial de Sevilla podrá verlo volar una vez más.

