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CORDOBA.-Sí: para Talleres esto es un sueño. Una utopía sólo semanas atrás, cuando el comienzo del Clausura le planteaba todos los interrogantes sobre su futuro.
Pero en ese lapso, este equipo que hoy es puntero absoluto, que tiene 12 goles a favor y cuatro en contra, que le ganó con una contundencia inusual a Colón por 4-0, les abrió las puertas a todos los cordobeses para darles una opción hasta hace poco tiempo desatinada.
Pocos daban algo por el horizonte de Talleres; muchos auguraban crisis de todo tipo; hasta se avizoraba una debacle anticipada por un proceso armado a las apuradas, con una falta notoria de profesionalismo de los dirigentes y con un grupo humano que se conoció casi en la cancha.
Sin embargo, el presente de Talleres es otro. Resplandece por donde se lo mire, emite los sonidos más lindos (los de los goles) con una frecuencia inusitada y va corporizando una idea de juego sencilla, basada muchísimo en el trabajo y en la disciplina táctica, lo que transfiere la responsabilidad de un doble esfuerzo a quien quiera superarlo.
A eso Colón no lo tuvo en cuenta. Comenzó el partido muy livianito, casi de puntas de pie, intentando hacer lo que siempre remarca Maturana, pero sin la cuota de fiereza tan necesaria de aplicar ante conjuntos que llegan envalentonados por un presente que lo festeja.
Talleres, por el contrario, tal vez por la indolencia de Colón, pareció sentirse seguro de sí mismo, ganó casi todas las pelotas divididas que disputó y cuando pudo encaró recto y sin eufemismos futbolísticos hacia Tombolini.
¿Cómo se entiende esa acción? Los hombres dirigidos por Juan José López no anduvieron con vueltas. Tuvieron un alto grado de efectividad, que se plasmó cuando Píriz Alves recibió un rechazo de Tombolini tras una incursión de Osorio y empezó la serie de festejos.
Esa fue una de las diferencias trascendentales entre uno y otro equipo. Lo de Talleres no fue avasallante ni permanente. Es más: en una buena parte del primer tiempo le cedió el balón y el terreno a Colón, tal vez porque su adversario corrigió algo su actitud para con el juego o quizá como una alternativa para explotar cuando tomaba el balón De Bruno y salían disparados como misiles Osorio y el mismo Píriz Alves.
Con ese recurso Talleres desmalezó el desarrollo y lo llevó a una cómoda victoria. Lo hizo desde el comienzo del segundo tiempo y por un lapso de una docena de minutos. Y fue a puro cabezazo. Ante la pasividad alarmante de su defensa, Colón soportó dos embestidas de Osorio y una más de Píriz Alves. Fueron balones que llegaron por el aire sin que nadie le opusiera al menos la intención del despeje. Ni siquiera Tombolini, actor pasivo como sus compañeros de una historia que se terminó cuando al partido le quedaba más de una tercera parte de juego.
Lo demás, fue como un trámite. Colón arrimó sus intenciones que, salvo el esfuerzo permanente de Fuertes y alguna buena intención de Hernández, no pasó de eso, y Talleres se floreó tocando el balón ante el regodeo de su gente.
A esa altura la incredulidad de sus hinchas había pasado a ser un recuerdo. Las treinta mil personas que lo apoyaron esbozan la por ahora tibia esperanza de la continuidad y el gran protagonismo. A todos ellos, Talleres les abrió la opción que por indiferencia los mantuvo hibernando en el Apertura y veraneando por estos meses sin tener en cuenta el equipo. Su gran desafío es mantenerles a todos ellos la sangre caliente. Si sigue así, puede lograrlo.


