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El problema nunca es el sistema, sino el funcionamiento. Jugarán Agüero y Lautaro Martínez, con Lionel Messi detrás, o podría haber salido el ‘Kun’ para hacerle lugar a Di María en la búsqueda de un equilibrio que nadie hubiese garantizado. El sistema es un detalle casi menor. Con las debilidades mostradas por la Argentina en la Copa América, cualquier dibujo se rompe. Porque no es el sistema, es el estilo. Sin el resguardo de ese marco, lleno de ideas y refugios, cualquier sistema es endeble. Lo que define a un equipo excede la táctica y la distribución posicional. Y ahí sufre Messi, porque añora un planteo consistente. Messi padece a la selección, pero no se entrega, por eso persiste la ilusión de la aparición mágica. ¿Puede suceder en el Mineirao contra Brasil? Claro, el fútbol está repleto de noches inolvidables sin muchas explicaciones. ¿Qué reclama el capitán para que aparezca su mejor versión? El respaldo de un equipo, lo sabe el mundo. Messi necesita un molde colectivo que solo se consigue ensayando un plan que abrazan todos. Ninguna de estas cuestiones ya serán posibles de alcanzar en la Copa América. No hay tiempo. La suerte estará más atada a la repentización de su pie izquierdo que a una mecánica grupal.
Quizás, el problema central de la selección es donde recupera la pelota. Porque nunca definió su estilo. Generalmente lo hace en su propio campo, y no como consecuencia de presiones coordinadas en una zona que le permitan encontrar rápido a Messi en la descarga. Como el equipo toma el control de la pelota muy atrás, naturalmente pierde sorpresa ese primer contacto del capitán con el balón. Ya rodeado. Luego, como el despliegue de los laterales y el rompimiento de los volantes no es sostenida, Messi se encuentra sin referencias de asistencia las pocas veces que hasta ahora ha conseguido desprenderse de las marcas. En síntesis: la Argentina no consigue avanzar juntando pases, y eso reduce a Messi; la Argentina recupera muy atrás la pelota y cuando el rosarino la recibe tiene pocas opciones de pase, ni por las bandas ni por delante.
Algo más, que ya no depende del ecosistema que lo rodea ni de la partitura que proponga Scaloni: Messi no ha estado ni escurridizo ni lúcido. Sus resortes individuales han fallado. Es cierto que las canchas están en mal estado y los controles son más dificultosos, pero hasta aquí no consiguió desprenderse de las marcas ni ganarles por anticipación. Tampoco acertó de acuerdo a sus antecedentes en las entregas filosas, las que colocan a un compañero de frente al gol.
Que se mantengan como titulares Agüero y Lautaro arriba es una buena noticia para Messi, porque en la Argentina hay un exceso de apoyos detrás de la línea de la pelota y han faltado opciones por delante. Es infrecuente que un mediocampista reciba bien perfilado por detrás de los volantes rivales. Porque no hay elaboración. Sin movimientos coordinados ni rotaciones, el ataque se agota antes de encenderse. Sin oxígeno, no hay fuego. Sin engaño, no hay sorpresa. Y justo delante estará el amurallado Brasil del zorro Tite, un equipo que no suele caer en distracciones. Allí están sus números: en 40 partidos, ganó 31, empató 7 y apenas perdió 2. Convirtió 85 goles y únicamente recibió diez. En solo nueve de estos 40 encuentros quebraron su arco. Al arquero Alisson todavía nadie lo vulneró en la Copa América.
Cualquier equipo con un estilo reconocible se apoya en puntos de partida, simetrías, ocupación de espacios, sociedades y un larguísimo etcétera que aburriría por lo dicho: ya no hay tiempo. El esfuerzo y el sacrificio lograron disimular algunos de estos déficits ante Qatar y Venezuela. Brasil obligará a subir el listón. Sin algunos confiables detalles de organización colectiva, ni siquiera la inspiración es posible. Ahí, Lionel Messi sufre.
