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Un novato Lionel Scaloni, en Qatar 2022, expuso sus propios errores con una reprimenda pública a Nicolás González y Joaquín Correa. “Ya están grandecitos”, se quejó para dar a entender que le habían mentido sobre su condición física, a horas de comenzar aquel torneo. Los desafectó y convocó, en su lugar, a Thiago Almada y Ángel Correa. Desde ese momento, podía suponerse que, después de confiar más en la voz de los futbolistas que de los médicos, el entrenador no tropezaría dos veces con la misma piedra. Pero...
Poco después del traumático partido con Suiza en los cuartos de final del Mundial 2026, en el que la Argentina fue dominado físicamente por su adversario, Scaloni admitió que las cosas no fueron tal como las había planeado para este torneo. “Hace un mes y medio el panorama pintaba feo y hoy podemos decir que estamos en semifinales. Es gracias a los jugadores, porque si no hubiera confiado en que podían estar a la altura, habría tomado otras decisiones. Había pensado en cambiar a varios y hoy me han dado la razón. Más allá de que estemos justos, el fútbol no es dos más dos igual a cuatro”, reconoció.
Aquí se puede recordar, también, aquel episodio en Brasil a fines de 2023, luego del histórico éxito ante Brasil en el Maracaná por eliminatorias (1-0 con un cabezazo de Otamendi). Scaloni percibió lo difícil que era mantener al grupo en lo más alto del rendimiento. Dudó. Porque también su cariño para con los hombres que se brindaron por él podía afectar el juicio de director técnico.
Pero volvamos a 2026. También hubo algo de fortuna en el camino. ¿Qué hubiera pasado si el atacante suizo Embolo no se hacía expulsar por simular una infracción esa noche?, ¿el equipo ejerció un claro el control 11 contra 10, pero hubiera podido replicarlo en igualdad numérica? Eso no se sabrá jamás, porque no ocurrió.

El planteo ofrece muchas interpretaciones y unas cuantas afloran contradictorias. Esta vez, pese a que llegó con muchos más jugadores lesionados que en 2022 (al menos 12 sufrieron lesiones o llegaron sin ritmo futbolístico), eligió confiar en la voluntad de los futbolistas. Y tal vez lo haya pagado en la final contra España. Quedó expuesto. Pero vaya que el recorrido valió la pena. ¿Otros jugadores hubieran garantizado un triunfo en la final? Claro que no.
Fue un arma de doble filo, porque el rendimiento del equipo fue bastante deficiente en muchos encuentros, pero ese corazón que el plantel tiene volvió a colocarlos en una final. El dilema de las decisiones de un conductor queda mejor planteado que nunca. No es tan sencillo como pensar: hay decisiones correctas o incorrectas. Alguien podría creer que eso no se conoce hasta tener el resultado final. Tampoco es así. Se puede elegir lo mejor y perder. Se puede elegir lo peor y ganar.
Hay otros aspectos no menos valiosos que entran en el análisis antes de tomar cada decisión. La confianza, el espíritu de unidad del grupo, el convencimiento sobre los objetivos que se buscan, la entrega de cada individuo en beneficio del grupo. En ese aspecto, Scaloni se ha convertido en un armador de planteles y equipos formidables. Si no no estaríamos ante la mejor selección argentina de la historia, y probablemente ante una de las mejores del mundo de todos los tiempos.
Estas dos últimas afirmaciones invitan a plantear otra sentencia a la que le sobrarán argumentos: Lionel Scaloni ya se convirtió en el mejor entrenador de la historia de la selección.
Ver a los jugadores con la medalla del segundo colgada es otra muestra de aceptar el dolor con orgullo y dignidad. Y también define el pensamiento de Scaloni. Tal vez algo hemos aprendido. Porque esta vez fue sin fútbol, pero allí volvieron a dejar la salud en la cancha los jugadores. Se metieron en el corazón de los argentinos a pura emoción.

Aunque es un relato conocido, vale la pena recordar el contexto de la llegada de Scaloni: casi nadie lo quería. No lo entendía la opinión pública, lo cuestionaba la prensa y hasta sus colegas fueron durísimos con él por aceptar el puesto sin experiencia. Palabras de Diego Maradona en 2019: “El muchacho este, Scaloni, no tiene la culpa. Lo empujaron ahí y está. El problema es que se crea que puede ir al Mundial. No Scaloni, vos podés ir al Mundial de motociclismo. De fútbol no”.
Pero incluso voces con menos efervescencia y más respetuosas no toleraban lo que hizo Scaloni, permanecer como entrenador principal después de haber sido asistente de Jorge Sampaoli, que se fue tras el fracaso en Rusia 2018. Muchos de sus colegas de profesión estaban indignados y no lo ocultaban. “No lo conozco. Tal vez sea muy capaz –aclaraba Néstor Gorosito-. Pero nos equivocamos. Éticamente arrancó mal. Se quedó en vez de irse con Sampaoli. Muy mal. Debió irse. Es el entrenador sin haber dirigido nunca un equipo de primera división. Se siguen haciendo las cosas mal. Le puede ir bien y ojalá que le vaya bien. Pero es muy desorganizado”.
Scaloni incluso tuvo roces con sus propios jugadores allá por la Copa América de 2019, cuando en una ocasión la prensa se enteró de la formación para un partido antes que los mismos futbolistas. Fueron horas difíciles, pero resistió.

De algún modo logró que lo perdonaran por sus equivocaciones y volvieran a confiar ciegamente en él. Modeló un conjunto de voluntades con la perseverancia suficiente para armar un acorazado.
El recuento de títulos y la constancia en las definiciones de los grandes torneos son el dato que hace sencillo explicar por qué ningún otro equipo argentino de este siglo o del anterior se puede comparar.
Pero eso no es todo. Hay componentes extras para los que no hay medición. Por ejemplo, esas camisetas azules en la semifinal del Mundial se convirteron en un enjambre de abejas depredadoras para encerrar a Inglaterra. Los aguijones perforaban la exagerada estructura defensiva de Thomas Tuchel por todos lados y en todas las direcciones. Los rostros de los ingleses empezaron a transmitir confusión, luego preocupación, más tarde algo de temor y finalmente un pánico inmovilizante.

Todo con una dinámica pocas veces vistas. Una insistencia arrolladora. La disposición se transmitió en el mensaje corporal. Fue una sentencia para Inglaterra, que se sintió condenado. Fue tan abrumador que por momentos, y aunque faltaran cinco minutos para terminar, cada persona que estaba viendo ese partido, en algún lugar de sus pensamientos, sabían lo que iba a ocurrir antes de los goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez.
Alguien puede pensar que esa es una facultad atribuible exclusivamente a los deportistas. Que el conductor, desde afuera, no puede transmitir eso. Eso sería desconocer a Scaloni. Porque como futbolista, aunque tal vez sin el talento de esta camada, expresaba conductas similares. Su entrega era incansable. Especialmente cuando le tocaba representar a la selección.
Es un obsesivo que autogestiona muy bien sus excesos cuando está ante los desafíos deportivos. Su discurso también tiene una lógica absoluta. Un perfecto resumen de cómo manejó las presiones obtuvo visión pública en un documental posterior al Mundial de Qatar.
La Argentina estaba muy cerca de quedar eliminado y cumplió con la atención a la prensa poco antes del encuentro con México. “No deja de ser un partido de fútbol, un juego”, había dicho con serenidad en la obligatoria entrevista oficial. Pero un rato después, mostró una cara un poco más genuina. Tras la entrevista ante los cronistas, viajaba en un vehículo de regreso a la concentración junto con Nicolás Novello, jefe de prensa del equipo. Allí analizó la situación de manera más cruda: “Muchachos, vamos a hacer una cosa: minuto 48 al 53 (N. de la R.: cuando Arabia Saudita metió los dos goles en el primer partido), ¿me pueden explicar alguno de ustedes? No tenían respuestas. Ota (por Nicolás Otamendi) me dijo ‘no sé, no sabemos, no sabemos qué hacer’. Pero yo sí tengo explicación porque por más que hacía 36 partidos que no perdíamos, el contexto de la cultura argentina es el mismo. Hasta la gente empezó a cantar después de 15 minutos. Pero la gente estaba golpeada. Vos podés laburar lo que quieras, pero tenemos que estar acostumbrados a perder, boludo. Lamentablemente es lo que hay”.
Y entonces levantó el tono de voz: “¡Tenemos que saber que podemos perder! Primero, que hace un montón de años que no ganamos nada; y segundo, que forma parte del juego y forma parte del aprendizaje. ¡La puta madre! Porque si no nunca nadie va a jugar tranquilo. Mejores condiciones de las que estábamos no había. Pero si tenemos que competir por los puntos, quedate tranquilo que vamos y competimos. Y cuidado si nos reponemos, ¿eh?Porque después de este mazazo te reponés y decís: ‘amigo, ahora no hay quien nos pare’”.

Cuando el contexto presiona, las respuestas anímicas pueden ser positivas o negativas. Scaloni lo que intentó siempre es naturalizar ese contexto. Por caso, estas dos sentencias definen el mismo hecho: 1) La final del Mundo contra Francia en el impactante y lujoso estadio Lusail. 2) Un grupo de hombres que se juntó a jugar a la pelota en una cancha. Aceptar el contexto, pero reconocer lo simple del juego. En la psicología deportiva algunos lo mencionan como el “estrés positivo”.
Scaloni encontró varias llaves para desbloquear ese trauma que suele encadenar a varios atletas. Y por las respuestas futbolísticas que este equipo mostró una y otra vez en el Mundial 2026, parece que el mensaje llegó.
Su líder, Lionel Messi, se repuso dos veces de fallar penales para luego convertir goles decisivos. El equipo que se vio abajo en el marcador contra Egipto e Inglaterra encontró un impulso interno que lo devolvió a la competencia cuando ya parecía eliminado. Soportó en inferioridad física dos suplementarios en los que Cabo Verde y Suiza lo pusieron contra las cuerdas.
Al final de cada partido hubo desbordes emocionales, llantos, abrazos. Momentos inolvidables. La comunión entre este entrenador y ese grupo de jugadores es un mensaje de superación inigualable. Juntos consiguieron que sus nombres y su recuerdo sean inmortales.

