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Odiar nunca es un buen negocio. Los beneficios son nulos y los posibles perjuicios, si el “odiado” busca venganza, son grandes. Ni siquiera es un enunciado con intenciones religiosas, es una observación desde la practicidad. Es un acto que sólo provoca pérdidas en los dos lados.
El fútbol (la vida) tiene demasiado de eso y los Mundiales potencian las expresiones. El que gana suele sentirse más autorizado para herir con palabras y el que pierde no puede aceptar ni siquiera el resultado deportivo. Mucho acto absurdo, poca acción justificable. Hay distintas instancias de esa ola de provocaciones, opiniones, agresiones, etc.
La primera, la más dominante de todas, es la de las redes sociales. No debería siquiera analizarse. Parte mayormente desde un anonimato cobarde, sin argumentos ni intenciones de debatir.
Lo malo es que eso marca tendencia y nos lleva al segundo lugar en el que se generan e instalan relatos. Las plataformas de comunicación (periodísticas o no), se alimentan de tendencias y responden a las redes. Cada vez es más común ver a periodistas o influencers asumiendo comportamientos viscerales como fanáticos. Gritos, insultos, llantos, enunciados chauvinistas, etc. Lo vivimos en nuestro país y en todo el mundo durante el último mes.
El tercer espacio desde el que surgen interpretaciones de la realidad es el de los protagonistas. Un buen ejemplo: Scaloni cuando expresó que el partido contra Inglaterra no tenía más componentes que los de la rivalidad en el juego o los jugadores españoles al expresar admiración y respeto por Lionel Messi. Un mal ejemplo: Scaloni cuando se quejó porque algún adversario tenía un par de horas más de descanso o los jugadores españoles al sugerir que el árbitro de la final iba a favorecer a la Argentina.
Cualquier cosa por sacar una ventaja. Desde cualquier ámbito. Un defecto que hasta ahora parece incorregible en este deporte.
Fue menester ese repaso porque las pasiones condicionan los análisis. Ninguna de aquellas conductas impropias deberían influir en la evaluación de lo que representa el juego.
Después está el fútbol. Una final con una diferencia abismal entre los dos equipos. España mereció ganar por más goles y la Argentina, en su peor partido, no tuvo fútbol ni por un minuto. Un campeón más que merecido.
La selección campeona de Qatar marcó una huella en la historia de la Copa del Mundo. Pero también despertó mucho de ese odio irracional. Las campañas mediáticas en muchísimos países para instalar que la Argentina contaba con el beneficio la FIFA para salir campeón otra vez tuvieron una dimensión tan grande como insostenible desde los alegatos. La última prueba argumental en contra de aquellas teorías conspirativas fue la justa, contundente e inapelable derrota en el partido decisivo.
¿Por qué jugó tan mal la selección? Cuidado, no se trata solo de la final. La Argentina había sufrido mucho, especialmente en los partidos con Austria, Egipto y Suiza antes de perder con los españoles.
Esa puede ser otra cumbre divisora de aguas. Si antes eran muy buenos, como se dice vulgarmente, “no se pueden haber olvidado de cómo se juega”. Los que lo saben son los futbolistas y el cuerpo técnico. Pero también se sabe, ellos son poco abiertos a profundizar en lo que no salió bien o mencionar cuestiones internas.
Entonces aprecen los analistas para tratar de encontrar explicaciones. Una de las teorías es que el equipo llegó muy mal desde lo físico. Muchos jugadores lesionados, muchos reemplazos en la final. La elección de Scaloni, según él mismo lo confirmó, era cambiar a varios integrantes de la lista original. Pero los mismos futbolistas lo convencieron de ir con un “ejército diezmado”. “Tenían razón ellos”, dijo el DT, apoyado en el resultado. La selección emocionó y llegó a la final.
También señalan internamente que una solución hubiera sido darle más rodaje a la segunda línea y no insistir tanto con los más veteranos en los últimos tres años y medio. No hubo alternativas para el puesto del lateral derecho (Molina y Montiel), para Otamendi, para De Paul, etc. El único fue Thiago Almada, y perdió el lugar en plena competencia. Claro que también puede decirse que los que siguieron no son malos ni sus carreras estaban acabadas. Decisiones...
Más preguntas que se expresan por estas horas: podía haberse utilizado otra estrategia, podía haberse utilizado otros jugadores...
En Europa, en muchos lugares en los que la selección argentina no es querida, los medios se dedicaron a mensopreciar a la Argentina incluso más allá del valor lúdico. “Arrogantes”, “soberbios”, se dijo -en ocasiones, no sin razón-, pero como si fuera condición única de todos los habitantes y exclusiva de esta nación. Todo en el mismo tono de exageración por el fútbol.

En el aspecto del torneo se utilizaron expresiones como “insulto al fútbol”, “deshonra”, “patético”... Una realidad es que el partido fue pésimo y eso lo sabe cada futbolista argentino. Pero la terminología hiriente que se menciona, poco tiene de entendimiento del esfuerzo de un deportista de alto rendimiento.
En horas de éxito para España, vaya un mensaje de un formidable (y admirable) deportista de ese país, Rafael Nadal. Alguna vez explicó: “Si estoy dos sets a cero abajo y el partido está muy negro, no estoy pensando todo el tiempo que lo voy a ganar. No. Soy consciente de que la situación está muy difícil y lo normal es que se termine perdiendo. Pero eso te lleva al estado de entrenamiento inicial.
“Vas a entrenar cada día con la mentalidad de dar tu máximo. A veces es el 100%, a veces es el 80%, a veces el 50%. Pero si aquel día tienes para dar el 50% porque no puedes más, no puedes dar el 30%. Tienes que dar el 50%. Y eso, cuando lo aplicas de manera diaria y llegan los momentos de dificultad en los torneos y en las finales, cuando las cosas no salen de la mejor manera posible, tu cabeza está preparada para tolerar la frustración y aceptar la dificultad. Y para, de alguna manera, decir: ‘bueno, el partido está casi imposible, es verdad; la derrota es casi segura, pero no debo abandonarme en la derrota, sino intentar llevar el partido hasta donde yo pueda. Al final, todo vuelve a la ética primera del deporte, que es: da igual el resultado, da tu máximo hasta el final. Ahí encuentras la satisfacción personal más allá de cualquier título”.
Imposible no relacionar la situación argentina en este Mundial. Casi nunca pudo desplegar su fútbol en todo el torneo. Su 50% fue muy poco para el 90 o 100% de España. Los partidos, mayormente, fueron para los hinchas un sufrimiento interminable. Y sin embargo, los jugadores nunca sesgaron en su pasión por buscar la victoria.
Toni Kroos, otro campeón mundial, se expresó con un mensaje que se entiende desde la estética del deporte: “Ganó el fútbol”. Pero, ¿acaso no hubo fútbol en la heróica remontada argentina ante Egipto, en otro pésimo partido?
Saberse inferior física y deportivamente (como la Argentina lo fue ante España) e insistir por torcerle el brazo al adversario, requiere de una fuerza de voluntad única. En esa búsqueda de incentivos y adrenalina, es probable caer en excesos. Enzo Fernández fue bien expulsado y Leandro Paredes también podría haber visto la tarjeta roja durante el partido. Acciones de juego, entendibles.

Las otras son condenables, las que ocurrieron instantes después del final: los golpes de Nahuel Molina a Rodri y de Roberto Ayala a Dani Olmo o la ira de Paredes (que vio la roja tras el final). Scaloni estuvo allí para separar y por suerte no se generalizó la inconducta.
Si uno quiere analizar únicamente el desarrollo de los partidos por su juego, se trató de un Mundial bastante flojo para la selección nacional. Sin juego, sin opciones, muchas veces sometido por sus rivales. Sobrevivió por la buena fortuna y su enorme corazón de campeón.
Y aún así, con el ejemplo de Nadal, llegó a los minutos finales con posibilidades. Un disparo de Simeone que se fue por encima del travesaño podía haber llevado la definición a los penales. Hubiera sido muy injusto desde lo deportivo. Pero perfectamente reglamentario. Sin razones para soltar otra oleada de odio.
La derrota en la final es lo que le correspondía a la Argentina. No solo debe ser aceptada, sino aprovechada. Porque nunca una victoria enseñará más que una derrota.


