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Sin la intención de encender la mecha del chauvinismo sexual, pero encendiéndola de todos modos, recuerdo el desafío tenístico de hace algunos años entre el campeón de Wimbledon de 1939, el norteamericano Bobby Riggs, ya bastante veterano, y la norteamericana Billie-Jean King en su apogeo.
El match tuvo el atractivo adicional de contar como agente de promoción a uno de los grandes bocones de la historia, el propio Riggs, que no dejó de anticipar su triunfo, y de ridiculizar el juego de su rival. Bobby perdió, y tuvo que refugiarse en alguna recóndita caverna machista.
Por cuestiones de contextura muscular y de conformación física, las máximas figuras del deporte femenino no pueden competir con sus contrapartidas masculinas en prácticamente ninguna disciplina.
Hubo intentos en golf. En 1956, murió la famosa Babe Didrikson Zaharias, tal vez lo más notable que haya existido como deportista, hombre o mujer (reseñaría sus proezas en todos los deportes que abordó si me garantizaran que no me iniciarán un juicio por delirium tremens).
Su último amor fue el golf, que comenzó a practicar cuando ya tenía más de 20 años. Llegó a ganar nada menos que tres Abiertos para Damas de los Estados Unidos, el certamen femenino más importante del mundo. Durante su era de esplendor, esta elástica gacela fue autorizada a intervenir en algunos torneos de la gira profesional de caballeros. No le fue demasiado bien aunque, siendo mujer, su actuación fue seguida con enorme interés. Pero si un hombre hubiera jugado en ese nivel, habría pasado inadvertido.
Hace un par de años, Laura Davies, la gigantesca mole británica que coloca sus drives en órbita, participó de un Skins Came en Australia con John Daly, Tom Watson y el local Peter Senior. El pobre Peter fue el que más sufrió vergŸenza con el turno para pegar su segundo tiro. Watson debió esmerarse para no ser el siguiente. Pero la distancia de Laura no es representativa de las mujeres.
A semejanza de lo ocurrido entre Bobby Riggs y Billie-Jean King, hay una manera de neutralizar la diferencia entre los sexos para que tenga sentido enfrentarlos:la edad.
Había una vez en los Estados Unidos dos giras importantes: la de la PGA (de caballeros profesionales) y la de la LPGA (de damas profesionales). Me abstengo de referirme a ellas como mujeres profesionales, para que no se piense que estoy promocionando el Distrito Rojo de la Capital Federal. En 1980 se sentaron las bases para una tercera gira: la Senior. Roberto De Vicenzo tuvo mucho que ver con ella, y fue el primer ganador del Campeonato Abierto Senior de los Estados Unidos. Esa gira agrupaba a los jugadores de más de 50 años que, en su mayoría, habían actuado con gran éxito en la gira regular. ¡Qué lejos ha quedado la época de esos gallardos pioneros! Hoy, la Gira Senior añora el lirismo de antaño, pero goza del tintineo de las monedas, a punto tal que, el año último, el veterano Hale Irwin ganó más dinero en premios que el joven Tiger Woods, que encabezó el listado de la Gira de la PGA.
Si bien el crecimiento de la gira Senior no ha sido estrictamente a costa del de la LPGA, su mera existencia ha hecho mermar el interés del público por el golf femenino. ¡Damas, llegó la hora de la venganza! Esta es la propuesta: Ya existen:la Copa Ryder, una conformación bianual entre los profesionales de Europa y los de los Estados Unidos; la Copa Solheim, una réplica femenina de lo anterior entre esos mismos distritos geográficos, y la Copa Presidentes, una reunión social en los años en que no hay Ryder entre los profesionales de los Estados Unidos y los del resto del mundo excepto Europa. Sugiero que se instituya una cuarta copa: Seniors v. Mujeres. ¿Un buen nombre? La batalla de los sexos.
¿Se imagina sentada/sentado delante del televisor, lista/listo para burlarse de su cónyuge en cuanto quien esté por definir el trofeo emboque/falle su putt?
"Viste que las mujeres sólo sirven para..."
"Te dije que los hombres son pura..."
Cada dos años.


