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En la última década, Vélez vendió 26 futbolistas del club por unos 184,8 millones de dólares; solo River recaudó más en ese período
En Villa Udaondo, partido de Ituzaingó, entre casas bajas, quintas, calles tranquilas y algunos caminos de tierra, funciona una de las mayores fábricas de futbolistas de Argentina. Está ubicada justo donde el Acceso Oeste se cruza con el Camino del Buen Ayre, muy cerca de Parque Leloir, una zona elegida durante años por músicos, actores y famosos para instalarse lejos del ruido de la ciudad. Desde la autopista ni siquiera llega a verse. Tampoco existen grandes carteles que lo anuncien: apenas una garita, una pared blanca con el escudo del club y una reja azul que separa la calle de un enorme lugar donde se forman muchos de los chicos que después llegan a Primera y, en muchos casos, terminan vendidos por millones de dólares. Es la Villa Olímpica de Vélez, aunque desde hace algunos años en el club prefieren llamarla de otra manera: La FáVrica, con V de Vélez.
La historia del complejo, que desde 2004 lleva oficialmente el nombre de Raúl Héctor Gámez, comenzó en 1993. El 21 de junio de ese año, el Ceamse, la empresa pública que gestiona los residuos sólidos del AMBA, le otorgó el usufructo por 20 años, con opción de compra, de 18 hectáreas en la zona oeste de la provincia de Buenos Aires.

Pero el proyecto creció a partir de la llegada de Marcelo Bielsa, en 1997. Gabriel Macaya, su preparador físico, ayudó a definir la distribución de las canchas para aprovechar mejor el terreno, mientras que Laura Bracalenti, arquitecta y esposa del entrenador, estuvo a cargo de la obra. Con el tiempo se agregaron canchas, gimnasios, consultorios, espacios de descanso, comedor y diferentes áreas de trabajo hasta convertir el lugar en el centro de entrenamiento de Primera, Reserva e Inferiores, a 20 minutos del José Amalfitani.
El nombre de La FáVrica tiene una explicación simple. Por historia, estructura y cantidad de socios -tiene unos 79.000-, Vélez puede competir con los clubes más importantes del país, pero no tiene la posibilidad de salir al mercado y pagar 8, 10, 12 o 16 millones de dólares por un futbolista. Entonces necesita producirlos: formarlos desde chicos, llevarlos hasta Primera y, llegado el momento, venderlos. En la última década, Vélez vendió 26 futbolistas del club por unos 184,8 millones de dólares. Solo River recaudó más en ese período: 247 millones por 20 ventas. Boca, en cambio, realizó 38 transferencias por 139,1 millones.
Pero detrás de esos números hay un recorrido que puede durar más de diez años. ¿Cómo llega un chico a Vélez? ¿Quién lo descubre y qué tiene que mostrar para quedarse? ¿Qué ocurre hasta que ese mismo jugador termina convertido en una venta de millones de dólares? ¿Por qué Vélez consigue sacar tantos futbolistas de sus Inferiores? ¿Qué hace distinto para sostener ese modelo durante tanto tiempo?
Vélez cuenta con una red de captadores que recorre barrios de la Ciudad de Buenos Aires, el conurbano y distintos puntos del interior. Cuando aparece un chico que interesa, Vélez primero habla con el club de origen. Le comunica que quiere observarlo y pide autorización para citarlo a una prueba. En muchos casos, además, el acuerdo incluye un porcentaje de una futura venta para la institución que lo formó.
Es el caso de Thiago Almada. Jugaba en la canchita de la Capilla Santa Clara, en Fuerte Apache, el mismo potrero donde dio sus primeros pasos Carlos Tevez. Allí lo vio Eduardo “Pino” Hernández, por entonces coordinador del Fútbol Infantil de Vélez, quien lo llevó al club. En Infantiles fue bicampeón con la categoría 2001 y, en Juveniles, campeón de Séptima División en 2017. Esa misma camada volvió a consagrarse en Quinta en 2019, aunque Almada ya no formaba parte del equipo: después de apenas siete meses en Reserva había dado el salto a Primera. Hasta que Thiago Aguirre, con 17 años, le marcó un gol a Vélez en la tercera fecha del Clausura, Almada fue el jugador más joven de la historia del club en convertir en Primera. Disputó 101 partidos, hizo 24 goles, dio diez asistencias y fue transferido a Atlanta United por 16 millones de dólares, la segunda venta más alta de la historia de Vélez.

Pedro Larraquy conoce ese recorrido desde hace más de medio siglo. Llegó a Vélez cuando era chico, debutó en Primera en 1975 y terminó convirtiéndose en uno de los futbolistas con más partidos en la historia del club, con más de 450 presencias y más de 80 goles, pese a jugar como defensor. Hoy es el secretario técnico de las Inferiores y una de sus principales tareas es mantener el vínculo con otras instituciones para detectar nuevos talentos.
“Nuestra mejor vidriera es el equipo que pone Vélez cada domingo. Ese es nuestro fuerte, sobre todo en el interior”, dice Larraquy. Allí la búsqueda suele ser más difícil porque muchos chicos son hinchas de Boca o River y, si tienen la posibilidad de elegir, suelen inclinarse por esos clubes.
“Muchas veces no nos llevábamos al chico más destacado, sino al de segunda línea. Entonces tuvimos que hacer un esfuerzo doble: traer a los mejores técnicos y preparadores físicos para formarlos acá”, comenta Larraquy.
Desde hace algunos años, los preparadores físicos deben ser licenciados y se busca que tengan formación vinculada al alto rendimiento. Con los técnicos ocurre algo parecido. “No existe que un directivo diga: ‘Tengo un amigo o un exjugador que quiere dirigir, ponelo’. Acá no funciona así”, remarcan.
Vélez tiene actualmente alrededor de 35 equipos entre juveniles e infantiles, y ya tiene conformada la categoría 2022, integrada por chicos de entre tres y cuatro años. El presupuesto anual destinado al fútbol juvenil ronda entre los 3,5 millones de dólares.

En Buenos Aires, además, Vélez cuenta con una ventaja que ayuda a entender su poder de captación. En buena parte de la zona oeste no existe otro club con una estructura similar. En el sur, por ejemplo, Independiente, Racing, Lanús, Banfield o Defensa y Justicia muchas veces compiten por chicos que juegan en las mismas ligas. Vélez, en cambio, tiene menos competencia cerca y también intenta facilitarles el traslado: cada día salen desde Liniers tres micros que llevan a los juveniles hasta la Villa Olímpica y después los traen de vuelta, sin costo para las familias.
“Tenemos que pensar que cada jugador que queremos traer puede ser un futbolista que en el futuro se venda en diez millones de dólares. Ese pensamiento te obliga a hacer todo lo posible para que venga”, dice Larraquy.
Conseguir buenos jugadores es solamente el primer paso. Después hay que formarlos, y Vélez intenta que todas las categorías sigan una línea parecida. En el club hablan del “morfoVélez”, una metodología que tiene a la pelota como eje y busca que el chico aprenda los mismos conceptos desde Infantiles hasta Juveniles.
“Lo que prevalece en el día a día es eso: atacamos y defendemos con la pelota”, señala Emmanuel Oviedo, coordinador de Fútbol Juvenil desde 2023.
La forma de jugar también influye al momento de elegir jugadores. No se busca solamente al más fuerte, al más rápido o al más alto, sino que se observa especialmente cómo se relaciona con la pelota y qué decisiones toma en espacios reducidos. El motivo es claro: tanto en Inferiores como en Primera, muchos rivales esperan a Vélez, y sus futbolistas deben acostumbrarse desde chicos a resolver ese tipo de situaciones.
Ganar un torneo de quinta o sexta puede servir, pero el objetivo es que los jugadores lleguen preparados al fútbol profesional. Y para eso existe una planificación que empieza mucho antes de cada entrenamiento.

Los cuerpos técnicos llegan temprano a la Villa Olímpica y, antes de salir a la cancha, se reúnen para repasar el trabajo del día y la situación de cada futbolista. Desde la coordinación reciben un plan semanal con los espacios y contenidos que debe trabajar cada categoría.
“Ningún técnico llega a la cancha a improvisar. Existe un plan A, un B, y los cuerpos técnicos deben poder generar también un C o un D según los imprevistos”, remarca Mariano Pizzoglio, coordinador de los preparadores físicos de La FáVrica, quien lleva 25 años dentro de la estructura.
Hay unas 50 tareas que se reparten durante la semana y cada cuerpo técnico puede sumar otras según lo que quiera entrenar. Después, todo queda cargado en un software y desde la coordinación se compara lo que estaba planificado con lo que finalmente se hizo.
Cada división cuenta con 22 GPS. Además, Vélez tiene un Departamento de Análisis del Rendimiento, que lleva alrededor de seis años acumulando información de todos los entrenamientos y de cada futbolista. Incluso los trabajos físicos se intentan realizar con pelota.
Antes de entrenarse, además, los jugadores completan un formulario para informar cómo llegan en cuanto a fatiga y, cuando termina la práctica, reciben otro en el celular para calificar del 1 al 10 cuánto esfuerzo sintieron.
El jugador completo
La formación va más allá de la cancha. Natalia Vaingurt es una de las psicólogas de La FáVrica. Su tarea no pasa solamente por atender a un chico cuando tiene un problema: también aporta herramientas para mejorar la concentración, la atención y el manejo de las emociones dentro de la cancha, además de actividades grupales para fortalecer los vínculos entre los jugadores. Pero muchas veces aparecen cuestiones que exceden lo futbolístico: problemas familiares, situaciones de violencia, ansiedad, estrés o dificultades para manejar las expectativas.
“Por lo general arrancamos con alguna actividad con un plantel o con el cuerpo técnico, y después hacemos observaciones en cancha. A veces actuamos por pedido de los entrenadores y otras veces vemos algo nosotras, nos acercamos al jugador y abordamos esa situación”, relata Vaingurt, que lleva 12 años en el club y tres en la Villa Olímpica.

En los últimos años, además, las redes sociales empezaron a tener cada vez más peso. Un chico de 15 años puede ver que otro de 16 o 17 ya debutó, firmó un contrato o aparece mencionado por un club europeo y empezar a compararse.
La atención a los chicos también pasa por cuestiones cotidianas. Vélez les entrega viandas a jugadores de bajos recursos para garantizar una alimentación acorde al entrenamiento y, en algunos casos, simplemente para que tengan asegurado el almuerzo. Cada vez son más los chicos que necesitan esa ayuda.
“Cuando llegamos se les daba de comer a unos 30 jugadores y hoy estamos llegando casi a medio plantel de juveniles. Incluso empezamos a extenderlo a infantiles porque hay chicos que llegan sin haber comido una fruta, un alfajor o tomado un jugo”, describe Jean Lucas González, directivo a cargo de La FáVrica.
Rocío Perrone es una de las tres nutricionistas que comparten el día a día con los jugadores y los cuerpos técnicos. A las 7.30 ya está en la Villa Olímpica y se queda hasta el final de los entrenamientos. Además, el área cubre el horario del almuerzo en la pensión que funciona en el estadio.
El seguimiento no se limita a lo que comen. Tres veces por año se realizan controles antropométricos para conocer la composición corporal de cada futbolista. “De esa forma tenemos evaluados a todos y también un diagnóstico del grupo. Los cuerpos técnicos nos marcan a los chicos con mayor proyección o a los que quieren potenciar y ahí estamos en comunicación constante con el jugador para ver de qué manera podemos aportar a ese proceso”, dice Perrone.
Lo más difícil es saber qué pasa cuando salen del club. “Intentamos trabajarlo a través de la educación alimentaria, hablando mucho con ellos sobre cuándo sí y cuándo no. Tampoco se trata de que nunca puedan comer una hamburguesa, sino de que sepan en qué momento hacerlo. Cuando necesitamos un seguimiento más profundo, les pedimos que nos cuenten un poco más o incluso que nos manden fotos de lo que comen”, precisa Perrone.

Cada categoría, además, pasa por la balanza una vez a la semana. Los jugadores también son pesados antes y después de los partidos para medir cuánto líquido perdieron y controlar su nivel de hidratación.
Vélez fue históricamente un club formador. Antes, el objetivo principal era nutrir al plantel con jugadores propios y gastar menos en refuerzos. Hoy, con presupuestos mucho más altos y juveniles que se van cada vez más temprano, vender también pasó a ser una parte central del modelo.
“Cuando escuchás a un chico decir que su sueño es llegar a Primera, para nosotros eso todavía no representa el éxito completo de La FáVrica. Nuestro objetivo es que ese jugador llegue a Primera y después sea vendido. Siempre recomendamos que primero se consoliden acá, que puedan desarrollarse y disfrutar de jugar en Primera. Pero también está la necesidad económica del club. Si llega una oferta importante, tampoco podemos darle la espalda a la realidad y al funcionamiento económico de Vélez”, sostiene Larraquy.
Desde la consagración ante Milan en Tokio, a fines de 1994, con siete titulares surgidos de las Inferiores, pasaron por Vélez otros diez gobiernos: tres etapas de Raúl Gámez; Eduardo Mousseaud; Álvaro Balestrini; Fernando Raffaini; Miguel Calello; dos ciclos de Sergio Rapisarda y Fabián Berlanga. Tres veces perdió el oficialismo y ganó un opositor. Ninguno cambió el modelo de club ni dejó de apostar a las Inferiores. De hecho, salvo Mousseaud, Balestrini y Rapisarda, todos fueron campeones.

Para Oviedo, esa constancia también se entiende porque muchas de las personas que hoy toman decisiones conocen las Inferiores desde adentro. El presidente, Fabián Berlanga, fue durante seis años presidente de Fútbol Infantil, colaboró con juveniles y solía ser el directivo a cargo de la Reserva, además de desempeñarse como vocal suplente de la Comisión Directiva. Ricardo Álvarez, el director deportivo, se inició en Boca, pero completó su formación en las Inferiores de Vélez.
Después de atravesar todas las etapas, el último paso está a pocos metros. Una calle interna de la Villa Olímpica separa las canchas de Inferiores de las que utiliza la Primera. La distancia física es mínima. Pero cruzar no significa llegar. A los juveniles que empiezan a entrenarse con los profesionales les repiten una frase: “Pasaste de ser la estrella de tu equipo a ser el último. Llegá temprano, hablá poco y escuchá mucho”.
Marcelo Bravo llegó al club a los seis años, en 1991. Jugaba en el Club Argentino de Lomas de Zamora y se incorporó a La FáVrica a través del papá de un compañero, que lo llevó a probarse. “En esa época, Vélez ya era un club importante, pero no era lo que es hoy, tanto estructuralmente como a nivel de captación y formación de jugadores: un mismo técnico dirigía más de una categoría y lo mismo pasaba con los preparadores físicos”, recuerda.
Bravo se formó en Infantiles, pasó por Juveniles y debutó en Primera en 2003. Fue figura del equipo campeón del Clausura 2005, pero apenas pudo jugar tres fechas del torneo siguiente: una cardiopatía lo obligó a dejar el fútbol. Siguió como ayudante de Miguel Russo y luego volvió a recorrer La FáVrica, esta vez como entrenador. Como ayudante en Quinta y Sexta participó de la formación de jugadores como Nicolás Otamendi, Fernando Tobio, Iván Bella, Héctor Canteros y Jonathan Cristaldo. Más tarde, como DT de Infantiles, acompañó el crecimiento de Thiago Almada, Álvaro Barreal, Luca Orellano, Agustín Mulet y Tobías Zárate. Desde 2023 dirige la Reserva, con la que ya conquistó cinco títulos y terminó de formar a una enorme cantidad de futbolistas.
“Lo ideal sería que un chico suba a Primera con al menos 20 partidos en Reserva, pero eso muchas veces no se cumple. Como nunca, este año fueron muchísimos los chicos que subieron y, si bien la adaptación no es sencilla, eso demuestra el buen trabajo que se hace en el club”, dice el Indio.
Bravo insiste en la importancia de respetar los tiempos: “Cuando los chicos nos preguntan qué hacer cuando les llegan ofertas, les aconsejo que primero se afiancen en Primera, que disfruten de jugar en Vélez y después van a tener mejores propuestas. Pero también es difícil decidir con el bolsillo de ellos. Cuando yo jugaba, después del Clausura 2005, me vinieron a buscar clubes grandes de Argentina y de Europa. Tuve que jugar un año y medio para que me vieran desde afuera. Hoy el scouting creció tanto que a los chicos les ofrecen irse con 15 años y, con las carencias que tienen muchas familias, es difícil decir que no, por más que yo no comparta esa decisión”.
El DT explica que Vélez tiene identificados por puesto a los juveniles que considera preparados para dar el salto. Ese seguimiento lo hace junto con los técnicos de las categorías más grandes y los coordinadores. Hay una primera opción, una segunda y una tercera, y después el entrenador de Primera puede inclinarse por alguno según sus gustos o las necesidades del equipo.
Le dicen “línea de sucesión”. La idea es saber con anticipación quién puede ocupar el lugar de un futbolista que eventualmente será vendido o dejará el equipo. Elías Gómez, lateral izquierdo titular de 32 años, sirve como ejemplo: Vélez ya sabe que, cuando deje ese lugar, no necesitará salir a buscar un refuerzo porque tiene a Simón Escobar, de 17, como una de sus principales apuestas. Debutó en Primera con 16 años y, todavía con esa edad, fue citado por Lionel Scaloni para los amistosos previos al Mundial.
“Muchas veces los técnicos que vienen quieren cuidar su currículum y su estatus, y es lógico que sea así. Pero después empiezan a ver a los juveniles y muchos se imponen solos. Cuando llevan futbolistas de Inferiores a entrenarse con Primera, nosotros les decimos: ‘Mirá a este, está para subir, ¿por qué no lo ves?’. Ahí aparecen los chicos, los empiezan a observar y les empiezan a gustar. Por lo general, directamente buscamos entrenadores con ese perfil: que miren hacia las Inferiores y que les guste hacer debutar jugadores”, detalla Berlanga, que también pasó por las juveniles de Vélez: fue arquero entre 1977 y 1978.
De todos modos, aclara Berlanga, “hay momentos y momentos”. Gustavo Quinteros, que dirigió a Vélez en 2024, es un técnico que suele pedir y utilizar refuerzos, pero aun así hizo debutar a cuatro juveniles. De los 28 jugadores que integran el plantel de Guillermo Barros Schelotto, 20 surgieron de las Inferiores y siete hicieron su estreno en Primera bajo su conducción.
El riesgo de producir talento
En el último Mundial Sub 20, disputado en Chile en 2025, siete de los 21 jugadores convocados por Diego Placente se habían formado en La FáVrica. Solamente tres todavía estaban en Vélez: Maher Carrizo, Álvaro Busso y Tobías Andrada. Gianluca Prestianni y Álvaro Montoro ya habían sido vendidos, mientras que Alejo Sarco y Juan Manuel Villalba se habían marchado libres.
El dato muestra las dos caras del modelo. Vélez produce muchos futbolistas, pero cada vez cuesta más retenerlos. Cuando los chicos llegan a la Pre-Novena, la mayoría ya tiene representante, aunque desde el club aconsejan a las familias esperar antes de poner la carrera de sus hijos en manos de un agente.
A eso se suma una dificultad para los clubes formadores: los menores de 18 años no pueden firmar contratos profesionales por más de tres temporadas y, para hacerlo, además deben tener al menos 16 años.
“Lo que nosotros estamos imponiendo es acompañar el crecimiento deportivo con el económico —añade Berlanga—. Por ejemplo, con Tobías Andrada se hizo un primer contrato y, con la voluntad del chico de seguir ligado al club, en un año y medio, ya estaba firmando su tercera renovación. A medida que mostraba condiciones, lo mejorábamos en lo económico y le extendíamos el vínculo. Así, Tobi ya tenía contrato hasta el 31 de diciembre de 2029. Si no lo queríamos vender, teníamos contrato y cláusula suficientes para retenerlo”. Con 36 partidos en el Fortín, Andrada fue transferido a River por 11.034.482,76 dólares a cambio del 80% de su pase.
Pero también están los que, además de dejar dinero, dejan una marca. En distintas canchas de la Villa Olímpica hay módulos para guardar elementos que llevan nombres y fotos de futbolistas formados en La FáVrica y que, después de ser vendidos, aportaron dinero para seguir mejorando el predio. Matías Vargas, Álvaro Barreal, Máximo Perrone y Santiago Castro son algunos de ellos.
Nombres que dejaron fútbol, goles y, en algunos casos, títulos. Y también los recursos para que La FáVrica siga funcionando y formando a los que vienen detrás.