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No llegó al mundo del tenis para romper ningún récord, a pesar de que bien podría figurar en el libro Guinness como la deportista de elite con el nombre más corto del planeta. Pero la china Li Na, nacida hace 29 años en Wuhan, tenía otra misión: la de derribar barreras políticas, quebrar ideales deportivos en pos de un progreso individualista y cambiar las lineales costumbres de su nación. Su figura es la de una rebelde con causa que, a su modo, supo cuándo jugar su as de espadas para torcerle el brazo a un destino a priori marcado y abrir las alas para volar hacia la gloria. Hasta su consagración en Roland Garros (la primera en la historia de una jugadora asiática en un Grand Slam), el 4 de junio estaba asociado a su país sólo por la matanza de Tiananmen de 1989, cuando una multitud se autoconvocó en esa plaza para quebrar la férrea e inalterable doctrina comunista que domina China y todo acabó en una tragedia. Desde 2011, puede que esa fecha empiece a ser reemplazada en la memoria colectiva por otra en la que una compatriota hizo que el himno nacional sonara por primera vez en el magnético Philippe Chartier. Justo 22 años después de la muerte generalizada, Li sembraba vida en el polvo de ladrillo francés, llevando al paroxismo a 65 millones de compatriotas que la siguieron por TV y que explotaron con su victoria ante la italiana Francesca Schiavone.
Li tocaba la cúspide. Ya había sido la primera china en llegar al top ten del ranking mundial, la primera en ganar un título de la WTA (Guangzhou 2004), la primera en llegar a cuartos de final de un Grand Slam (Wimbledon 2006), la primera en disputar una final (Melbourne 2011) y, finalmente, la primera en alzar la copa Suzanne Lenglen, por si le faltara demostrar su valía. Todo su país lo celebró, aunque desde las altas esferas lo hicieron con cierto recelo, sabedores –en su fuero más íntimo– de que en su momento no le habían facilitado las cosas. Formada en el inexpugnable régimen nacional que domina los talentos deportivos desde que éstos muestran síntomas de calidad, Li se sintió encadenada a una forma de vida que no encajaba con su sueño de libertad. Es que China maneja la vida de esos pequeños con un adiestramiento casi militarizado. El Estado les coloca un entrenador, un programa de actividad, les abona los pasajes en avión y les cubre las estadías. Después, cuando empiezan a aparecer los resultados y por ende los premios, el 65% de los beneficios del deportista acaban en las arcas gubernamentales.
Li tenía la experiencia de su padre, un jugador de bádminton que no pudo trascender, en parte, por las exigencias de tal política, y estaba decidida a cambiar esos preceptos. Entonces, rompió filas después de 15 años bajo el sistema. Su esposo Jiang Shan, con quien se casó el 27 de enero de 2006, se convirtió en su entrenador. Lejos de la belleza gélida de Maria Sharapova o Caroline Wozniacki, Li ganó popularidad en el circuito por ser una jugadora de carácter. "Al independizarse, Li Na no es capaz de ver el esfuerzo que hace su país por ella. Es una falta de entendimiento de los deberes para con su nación", le espetó el gobierno comunista cuando supo de su autogestión, que sólo la obliga a pagarles el 8 por ciento de los premios. Contra esos prejuicios peleó y avanzó, ganándose adeptos que hoy se cuentan por millones en su cuenta de la red social Weibo y que le dejan miles de mensajes por minuto en Facebook durante los días de torneos.
Convertida en la octava deportista femenina que más dinero gana según la revista Forbes, Li incentivó la práctica del tenis en su país. Unos 13 millones de chinos hoy empuñan una raqueta, que aunque representa sólo el 1% de la población, es una buena cifra para un deporte que jamás tuvo trascendencia en el plano internacional. Desde mayo pasado, el capitán de Copa Davis dinamarqués, Michael Mortensen, es su entrenador. La decisión no hizo mella ni en su matrimonio ni en el modo de conducirse, lejos de toda tutela protectora. Li Na entiende que las reglas están para romperse cuando la convicción se antepone a cualquier otro interés. No debe de estar equivocada. Cada envío de su clásico revés a dos manos sigue haciendo temblar las otrora sólidas murallas de la escuela china. Por tratarse de una chica que sólo quiere divertirse jugando al tenis, no parece ser un logro que pueda pasar inadvertido.
LA ANSIEDAD DE SU FAMILIA, DIFÍCIL DE CONTROLAR
Los partidos de Li Na generan demasiada tensión en quienes la quieren mucho. Su madre no concurre a los torneos y tampoco enciende la TV para verla porque sus nervios la carcomen; su esposo sí la acompaña, pero suele bajar varias veces de la tribuna, caminar por los pasillos mientras Na juega y retornar sólo para acompañarla tras el match.



