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El avión con más alegría de todos cuantos surcaban los aires traía a los héroes de regreso, a los campeones mundiales del Sub 20. Con cansancio, pero también con la felicidad del inminente reencuentro y la repetida satisfacción del deber cumplido.
El clima, fuera de la aeronave, era frío y gris, y sugería más bien quedarse en casa que ir a recibir a los Tigres de la Malasia. Vaya uno a saber por qué el tiempo no quiso ser parte de la fiesta. En fin, sólo Dios sabe...
Con media hora de retraso, el vuelo RG 912 de Varig aterrizó en Ezeiza a las 11.15, procedente de Río de Janeiro, seguramente a sabiendas de que era el más esperado del aeropuerto.
Pero, mezquino, el avión quiso quedarse con todas las estrellas para él solo. Unicamente las cedió cuando ya no tenía más remedio que entregárselas al omnibus que esperaba en la pista, y que las llevaría sin escalas -¡por fin, sin escalas!- al predio que la Asociación del Fútbol Argentino posee cerca de allí. En él, todos los familiares y amigos que preparaban sus mejores abrazos y besos para la efusiva bienvenida.
Con la gambeta colectiva, quedaban plantados centenares de jóvenes que, con bombos, banderas, camisetas y lapiceras y papel listos para los autógrafos, aguardaban ruidosamente al Sub 20, que consiguió para la Argentina su tercer campeonato mundial. El plantel se hacía rogar a los ojos del público, pero cuanto mayor era la espera, mayor resultaba la expectativa.
Los jugadores ya habían soportado las siete horas de escala en Bangkok, las quince de Roma -visitas al Coliseo y el Vaticano incluidas- y las dos de Río de Janeiro. Sólo faltaban minutos para ver a sus seres queridos, después de la prolongada concentración. Unos kilómetros de ruta eran el único obstáculo que los separaba de ellos.
A decir verdad, una ruta que los vio pasar estaba más fría y gris de lo que se esperaba. Paradójicamente, los hinchas respondieron más en las cifras del rating de las 5 y las 6 de la mañana que en la feliz recepción cara a cara con los futbolistas. Al menos, en ese trayecto al predio de Ezeiza.
La gente reapareció a la entrada del predio que Daniel Passarella y los hermanos mayores de Riquelme, Aimar y compañía, habían dejado libre para que los pibes tuvieran su celebración, acompañados por sus parientes y amistades.
Visto a la distancia, el Chevallier que albergaba a los ídolos despertó la emoción contenida durante horas, días y semanas también. A medida que el ómnibus se acercaba, se intensificaba el "dale, campeón", mientras tomaba forma la figura del capitán Diego Markic en el piso superior, blandiendo la copa que acredita a los chicos como los mejores juveniles del planeta.
Envasados en la prolijidad de un traje azul y una camisa celeste a cuadros, bajaron uno por uno del vehículo para sentir, más cerca que nunca, a quienes les entregan su cariño día tras día, y que durante el torneo de Malasia sólo pudieron hacerlo por medio del teléfono.
El gestor de todo el logro, José Néstor Pekerman, sonreía todo lo que podían permitirle sus labios; otro miembro del cuerpo técnico filmaba el fervor de quienes los recibían eufóricos. La postal era casi perfecta, como para el álbum familiar. Sólo había un pequeño detalle-mancha: el caos periodístico para abordar a los protagonistas antes que sus propios seres más próximos.
A pesar de las molestias, aparecieron las lágrimas del reencuentro. El saludo tuvo su lugar y luego sí, como correspondía, llegó el momento de las palabras, que se extendió a la conferencia de prensa. Entonces, todo estaba en orden.
La rueda de prensa fue precedida por un cálido aplauso para los consagrados, que vivieron su parte más emotiva cuando Markic le dedicó de manera muy especial el éxito a Facundo Quiroga, el jugador que quedó fuera de la lista de buena fe para el mundial, aunque sin dejar de ser uno más del plantel.
Quiroga había participado en los entrenamientos previos a la competencia y formaba parte del grupo, pero por el cupo máximo de 22 anotados no integró oficialmente la delegación campeona del mundo. Según las palabras del capitán, el excluido fue uno de los que más alentó y animó al plantel, aun sin poder aportar a la conquista desde el interior del campo de juego.
Luego de la conferencia, los campeones compartieron un lunch un poco más íntimo, aunque desde fuera llegaban algunos souvenirs de las fanáticas para que ellos les estamparan sus firmas. Puertas adentro, la alegría por compartir el triunfo era sólo de ellos y de sus allegados, al fin y al cabo, los que más sufrieron a miles de kilómetros de sus noveles héroes.
Más tarde fue el tiempo de los honores; de visitar la quinta presidencial de Olivos, donde fueron recibidos y agasajados por Carlos Menem. Pero lo más importante ya había ocurrido: los héroes estaban otra vez en casa, con su comprensible agotamiento, pero también con el merecidísimo trofeo. ¡Bienvenidos y felicitaciones, campeones!
Tras la llegada al aeropuerto de Ezeiza, con la algarabía general, al plantel campeón del Mundial Sub 20 se dirigió al complejo de la AFA. Era el tiempo de las palabras luego de haber alcanzado el nuevo lauro internacional.
Entre aplausos y el reconocimiento general, el presidente de la AFA, Julio Grondona, opinó sobre la continuidad de José Pekerman. "Yo intuyo que hay grandes posibilidades de que Pekerman continúe. Si él ya nos pidió que consiga que la FIFA acepte a los jugadores Sub 20 a jugar en dos mundiales, algún interés debe tener...", dijo Grondona.
La alegría. Todas las preguntas apuntaron a José Pekerman, el gran responsable de este ciclo exitoso. "Estamos muy emocionados por el recibimiento caluroso que nos dieron y por el apoyo que nos llegaba a Malasia cada vez que nos tocaba jugar; a pesar de la hora, sabemos que la gente se despertaba para ver nuestros partidos y eso nos puso muy felices: sentimos el apoyo a la distancia", señaló el técnico.
Pekerman destacó el buen comportamiento de los chicos, otro de los méritos de este cuerpo técnico. "La conquista del premio Fair Play no fue fácil y es tan importante como lo otro. Porque las victorias hay que obtenerlas con ética y sin trampas", agregó el entrenador.
Desquite. El juvenil disputará ante Uruguay un encuentro desquite de la final que jugaron el sábado último, en Malasia, y que finalizó con el triunfo argentino por 2 a 1. Todavía no se confirmaron el escenario ni la fecha.
Inferiores, no más. Julio Grondona afirmó que la AFA reglamentará el nombre de juveniles para las divisiones menores de los clubes de nuestro país, en reemplazo de inferiores por considerarlo despectivo.
La emoción de Romeo. El delantero de Estudiantes contó la alegría a su manera. "Cada vez que veo la bandera celeste y blanca se me pone la piel de gallina. Pero al ponerme la camiseta, me siento más fuerte. Ahora, que conseguimos el gran objetivo, sólo pienso en festejar", declaró el goleador del equipo.
Con el cansancio lógico reflejado en el rostro y todavía sin poder creer que ya estaba en casa, Juan Román Riquelme, una de las figuras del Sub 20 campeón, desembarcó en el predio de la AFA.
Casi sin comprender lo que ocurría a su alrededor, saludó a sus familiares y amigos. Un beso a los padres y un largo abrazo con su hermana iniciaron el anhelado reencuentro. Luego, contó su experiencia en Malasia. "Allá es otro mundo. Los partidos se vivían de una manera distinta. Había muy poquita gente en las tribunas y se extrañaba muchísimo el clima argentino".
Pese a los miles de kilómetros que lo separaban de la Argentina, el jugador de Boca estaba al tanto de cómo vivía el país los partidos. "En Malasia no podíamos creer lo que nos contaban por teléfono; cómo madrugaba la gente para vernos, y después, los festejos. Fue bárbaro", expresó Riquelme.
Mientras firmaba autógrafos, Román se refirió al título obtenido. "Fuimos paso por paso. Hasta que nos encontramos jugando la final con Uruguay. Eso era lo que nosotros fuimos a buscar y gracias a Dios, lo pudimos conseguir." Las muestras de cariño no cesaban. No sólo para Riquelme, sino con todo el plantel. "Esto es algo hermoso que la gente nos reciba de esta manera. Es una emoción muy grande ver y vivir todo esto. Los cantos, las banderas, los bombos. Espero que alguna vez se repita", confesó el volante.
El presente exitoso no hizo olvidar el futuro inmediato de Román, ese que lo vincula a Boca Juniors y, obviamente, a Diego Maradona. "Se me está dando todo muy rápido. El pase a Boca, la selección y ahora jugar con Diego. Ojalá pueda hacerlo el domingo próximo. Sería otro sueño más que se cumple."
Las ilusiones de Román son muy grandes. Pueden con casi todo. ¿Pero qué ocurre con el físico? "Estoy cansado. Fue un viaje muy largo. A eso hay que sumarle los partidos y el calor que hacía. Era desgastante. Aunque, con tal de entrar en una cancha al lado de Maradona, lo haría sin pensarlo."
Pero ése es un tema que se comenzará a discutir a partir de mañana. Hoy sólo debe descansar. Pasar el mayor tiempo posible con la familia. Revivir las anécdotas y disfrutar de ese asado que agasajará al campeón del mundo allá en Don Torcuato, su localidad. La que tanto extrañó.



