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En 1993 y como preliminar de los partidos entre los seleccionados mayores, se disputó el Sudamericano de menores de 19 años, un trámite para los Pumitas, eternos campeones de la categoría.
En el debut en San Pablo, los pibes locales no ofrecieron resistencia y los juveniles argentinos arrasaron por 152 a 0 (24 tries). Sin embargo, los entusiastas brasileños vivirían su único momento de jolgorio cuando el tackle salvador de un chiquitín de apellido Barajas provocó el aterrizaje forzoso de un Pumita de largas zancadas, de andar desgarbado y de una imagen lindera con la indolencia: Octavio Bartolucci.
Para el lungo rosarino, no haber marcado ese try ante Brasil significó algo más que una transitoria frustración (al fin y al cabo, en esa tórrida tarde paulista apoyó tres veces). Fue tan fuerte y negativa esa impresión que los entrenadores del Sub 19, el inolvidable Polo Tahier y Carlos Lupín Lizarraga, lo empezaron a mirar con desconfianza... No extrañó, entonces, que al año siguiente y pese a que por edad podía repetir su incursión en los Pumitas, el rugbier del Atlético del Rosario quedase excluido del Mundial juvenil en Bourgoin, Francia. Y no sería el único contratiempo de su carrera.
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Para más detalles sobre la trayectoria o sobre el esplendoroso presente de Bartolucci lo mejor es remitirse a la contratapa de este suplemento. En este espacio, mientras tanto, lo que se pretende es reflejar otros aspectos de un jugador que se tomó su tiempo para madurar, para adquirir confianza, para sentirse importante, para hacer valer su talla, su kilaje y su polenta lanzado en velocidad.
Concretamente, hablamos de tiempos de explosión... Y aquí no hay secretos ni fórmulas mágicas: como en otras circunstancias de la vida, algunos se demoran más (Bartolucci es un caso arquetípico) y otros menos en desarrollarse o en exhibir a pleno sus cualidades. También influye -y mucho- la actitud con la que encaran las cosas...
Bartolucci dilató su consolidación en los primeros planos por ambas razones. Por su lentitud para soltar amarras y, también, por su postura despreocupada, por su pinta de grandote bonachón y por su aparente parsimonia para afrontar las situaciones límite.
Se ganó fama de distraído en defensa, de jugador lagunero. Y poco pudo hacer para evadir ese sanbenito que le adosamos entre casi todos.
Mientras tanto, Bartolucci jamás alzaba el tono de voz, bajaba la mirada y levantaba los hombros (como diciendo qué le voy a hacer) y se rebelaba a su manera contra este mito: superó los 100 tries en los torneos locales y nada... Hizo una buena gira por Europa en 1998, pero cuando se anunció la primera lista de 22 jugadores para el Mundial no figuró... En el mismo viaje por el Viejo Continente, la rompió contra los Barbarians franceses, pero, al test siguiente con Francia, en Nantes, el titular fue el otro wing, Ignacio Corleto, que jugó bien, pero no sobresalió como Octavio... (por algo, de inmediato los representantes de su nuevo club, Agen, iniciaron los contactos para incorporarlo). Parecía que cualquier esfuerzo que hiciera no era suficiente para ganarse un lugar. Y no sólo en las preferencias del técnico, en este caso José Luis Imhoff, sino también en la consideración general.
Apareció como titular este año, pero favorecido por las lesiones que sufrieron Manuel Contepomi y Facundo Soler. De lo contrario...
¿Tanta espera por su carácter apocado? ¿Por una cuestión de personalidad? Se insiste, ¿personalidad? Aquí va otro recuerdo como respuesta: en 1996, cuando el Atlético del Rosario inexorablemente dejaba escapar el título frente a San Martín, en tiempo de descuento fue La Garza Bartolucci el que estaba más atento que nunca, el que se animó a buscar esa pelota quemante en el scrum, el que inició el increíble ataque que culminó con Pablo Oria marcando el try de la gloria...



