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Hay quien pretende instalar que no existen los ex Pumas. Que una vez que uno se calza la celeste y blanca es Puma para siempre. Algo de verdad hay en ese enunciado. Pero no puede ignorarse que no es lo mismo haber jugado hace uno, cinco o 20 años que hacerlo sábado a sábado. La pregunta, entonces, es cuándo se pasa de una condición a la otra. Dónde está la difusa frontera que separa al jugador de selección del que ya no lo es. Son muy pocos los que pueden tomar el lápiz, trazar una línea y decir este es mi último partido. La generalidad indica que es una lesión, el capricho de un entrenador o el transcurrir del tiempo el factor que lo determina. Lo habitual es que uno caiga en cuenta de que el último acto ocurrió tiempo atrás. Algún pensamiento de esos habrá pasado por la cabeza de Tomás Lavanini en los casi dos años que estuvo fuera de los Pumas. Un año, 10 meses y 13 días para más precisión, o 681 días para expresarlo con exactitud. Pero su hora no había llegado todavía.
“A veces cuando estás acá no te das cuenta y lo naturalizás”, dice Lavanini. Una expresión que repite con frecuencia en esta entrevista con LA NACION. “Estar acá”. Los Pumas son también un lugar de pertenencia. Felipe Contepomi volvió a confiar en él, lo convocó para esta serie de tres partidos y en 43 minutos ante los Springboks demostró que sigue siendo un jugador de clase mundial. Que sigue siendo ese jugador que durante 10 años, desde que debutó en 2013 hasta el Mundial de Francia, fue una de las piedras fundamentales sobre las que se erigió la selección y uno de los mejores segundas líneas del mundo. Que a los 33 todavía tiene mucho para dar y que no se baja de la carrera por estar en Australia 2027.

Desde San Salvador de Jujuy, donde los Pumas se preparan para el test-match del sábado ante Australia (a las 16 en la cancha de Gimnasia y Esgrima), Lavanini habla de cómo atravesó ese paréntesis. “Siempre me entrené pensando en que el llamado podía venir”, dice con optimismo. “No estar convocado me ayudó un montón energéticamente”. También de su vida en Nueva Zelanda, donde fue por un año a jugar en Highlanders pero el entrenador Jamie Joseph le pidió que siguiera uno más; del desafío que entrañan los Wallabies, del sueño de jugar su cuarto Mundial.
En el regreso, su presencia en los rucks, su potencia en los tackles y su peso en el scrum y en el maul se hicieron sentir ante un pack poderoso como el de los Springboks. “Fui de menor a mayor. No jugaba hacía dos meses. Me preparé bien, me sentí cómodo, me sentí fuerte. En lo grupal, creo que estuvimos bien. Estuvimos presentes 80 minutos en defensa. Hubo algunos errores en el segundo tiempo, pero nada grave. Se nos escapó el partido por detalles y, a este nivel, todo pasa por los pequeños detalles: a veces los ganás, a veces se los lleva el rival. Al margen de eso, creo que fue un gran partido.”
–¿Te costó la adaptación del Super Rugby a un test-match?
–Con Highlanders no clasificamos a los playoffs y cortamos en mayo, entonces estuve todo junio y todo julio sin jugar. La semana previa al partido de Sudáfrica me sirvió un montón para adaptarme. Siempre me sigo entrenando por mi cuenta para no parar nunca el ritmo, pero llegar a esa semana de mucha intensidad me sirvió un montón. Ese ahogo que necesitás, de entrenamientos casi de partido, me vino muy bien para prepararme para Sudáfrica. Ahora ya entendí lo que es el entrenamiento, lo vas naturalizando. Con una semana me alcanzó, porque los entrenamientos son muy intensos.

–Más allá del resultado, ¿sacaron conclusiones positivas?
–Sí, sobre todo en las formaciones fijas. Viendo lo que fue el sábado Sudáfrica-Nueva Zelanda, cómo Sudáfrica dominó en los mauls y el scrum, nosotros nos plantamos y estuvimos sólidos ahí, nos sentimos fuertes. Es un escalón que subimos, pero hay que seguir metiéndole, porque un partido no te garantiza nada. No hay que aflojar y saber que hay muchas cosas para construir.
–¿Qué objetivos se propusieron para estos dos próximos partidos?
–Australia es un rival completamente distinto. Mueve mucho más la pelota, le gusta tenerla, con jugadores más desequilibrantes. No son tan frontales, aunque tienen un pack bastante grande y, si sienten que están bien en las formaciones fijas, van a venir por ahí. Nosotros tenemos que estar bien en defensa y en nuestras formaciones fijas, tratar de seguir mejorando y sacar nuestras pelotas para que nuestros backs tengan opciones de juego.
–Siempre hablan de crecer respecto del partido anterior, de seguir evolucionando. En este caso, teniendo en cuenta la envergadura de los rivales, ¿implicaría también llevar eso al resultado?
–Nosotros no hablamos de resultados. Nos enfocamos en lo que tenemos que hacer y en preparar bien la semana. Es un rival distinto. Plantearemos una defensa no muy distinta a la que venimos haciendo, pero quizá estaremos un poco más amplios porque ellos despliegan bien su ataque. Tenemos que estar enfocados 80 minutos en el ruck. Si el partido está palo y palo, no sé si Australia va a jugar tanto. Tenemos que enfocarnos en nuestra defensa, que en definitiva es nuestra bandera.
Nueva Zelanda no es un destino usual para los argentinos. Por eso llamó la atención cuando Jamie Joseph lo convocó para jugar en Highlanders, el equipo de la región de Otago. Después de seis años, tras un paso por Europa que incluyó Leicester, Clermont y Lyon, Tomás Lavanini volvió al Super Rugby, aunque para vivir una experiencia radicalmente diferente a la que atravesó con Jaguares.

“Lo viví totalmente distinto porque en Jaguares no teníamos ese juego dinámico que tiene Nueva Zelanda”, explica. “Ellos tienen la intención de jugar siempre, y enfrente tenés otro equipo que hace lo mismo. Se juega a un ritmo tremendo. Me costó un poco la adaptación, no por estar mal físicamente, sino por los ritmos de entrenamiento y de partido. Me costó llegar a mi prime, pero después lo disfruté a fondo. Estuve en un club tremendo, aprendí un montón cómo entrenan ellos, cómo ven el rugby, cómo lo viven. En lo personal y familiar la pasamos espectacular.”
–¿Cómo es la cultura del rugby en Nueva Zelanda? ¿Qué fue lo que te sorprendió?
–Nada muy loco, pero hacen todo muy simple y parece fácil. Eso me sorprendió: la destreza que tienen los jugadores. Deben tener una preparación desde chicos y llegan al plantel superior con unas destrezas y unas habilidades tremendas. Hacen todo fácil y te das cuenta cuando te enfrentás a los All Blacks. Hacen cosas que parecen simples, pero a la hora de hacerlas con presión, con público, cansancio, no es tan fácil. Eso requiere mucho laburo. En la semana se trabaja mucho la destreza individual; también a lo colectivo, pero le ponen mucho énfasis a lo individual.
–¿Cómo se dio lo de Highlanders? ¿Lo buscaste en algún momento? ¿Te entusiasmaba o te llegó?
–Me llegó a través de un agente. No estaba en mis planes; tenía más ganas de irme a Japón, pero el mercado de Japón es muy cerrado y tenés que buscar con mucha anticipación. De repente me llamaron de Highlanders y dije que sí, no lo dudé. Enseguida tuve una charla con [el entrenador] Jamie Joseph. Fue una charla literal de cinco minutos: ‘¿Cómo estás? Listo, nos vemos en enero, chau’. Simple. Yo estaba hablando con mi mujer y le comentaba: ‘Vamos a ir a un lugar tremendo, a un equipo terrible’. Me había tocado jugar ahí con Jaguares en 2019. La atmósfera es increíble.
–¿Y familiarmente cómo se adaptaron?
–Al principio hubo un poco de incertidumbre: qué vamos a hacer, porque vas allá y estás muy lejos. Vos te levantás y acá en la Argentina ya es la tarde. Encontrar ese gap para hablar con tu familia si pasa algo... estamos lejos. Pero el club, el barrio en el que vivíamos y la gente nos recibieron muy bien. Nuestros vecinos, gente divina, nos invitaban a comer, nos invitaban a hacer programas. Familiarmente, el club es increíble. Nunca nos sentimos solos, y eso estaba buenísimo, porque me ha pasado estar solo en clubes en Europa y a veces la pasás mal los primeros meses. Acá es corto e intenso. Nunca me sentí en una situación de aburrimiento o solo. El grupo me integró de una y creo que eso también le dio un plus a la convivencia.

–Fuiste por una temporada y te renovaron por una más, ¿no es así?
–El entrenador me dijo una temporada y nada más. En los últimos dos partidos, el último mes, se me acercó nuevamente y me dijo: ‘¿Cómo estás?’. ‘Muy bien, muy contento’. Me dijo que el grupo me quería y me preguntó si tenía ganas de quedarme. Le dije que sí, obvio. Tampoco lo dudé. Cuando estás contento en un lugar y lo estás pasando bien, ¿por qué cambiar? Además, es un club con mucha historia.
Después del Mundial de Francia, tras la asunción de Felipe Contepomi, Lavanini sólo había actuado para los Pumas en el Rugby Championship de 2024. Su regreso se produce en un contexto de muchas bajas, entre ellas las de los segundas líneas Pedro Rubiolo y Matías Alemanno. Pero el jugador surgido de Hindú aspira a que no se trate de un regreso temporal. “Me llamó Felipe dos semanas antes del partido con Sudáfrica, creo. No me sorprendió, porque siempre estuve entrenándome pensando que el llamado podía venir en algún momento”, afirma. “Fue linda esa sensación, pero siempre me entrené pensando que podía estar.”
–¿Cuál es tu desafío personal?
–Lo tomo como una oportunidad y, sobre todo, para disfrutar. Estar acá nuevamente, sin presión alguna, sabiendo lo que significa estar en los Pumas, representando a todo un país, pero de mi lado disfrutarlo a fondo. A veces cuando estás acá no te das cuenta y lo naturalizás. Lo que me toque o para lo que me necesiten, daré mi máximo, disfrutándolo. El grupo está increíble. Los nuevos se integraron muy rápido; parece que están acá hace diez años y eso está buenísimo.
–¿Cómo fueron estos dos últimos años en los que no fuiste muy tenido en cuenta?
–En 2024 jugué el Rugby Championship y antes de noviembre tuve una lesión de rodilla y estuve como un mes y pico parado, así que no pude ir a esa ventana. Llegó julio y no me convocaron, pero me lo tomé por el lado de que hacía 12 años que estaba acá y nunca había tenido un descanso. Esos seis meses me permitieron regenerar el cuerpo, estar en la Argentina, donde hacía mucho tiempo no estaba y pude hacer cosas que uno extraña cuando está afuera: cumpleaños familiares, juntadas con amigos, ir al club, que a mí me encanta, estar con la familia, ir a comer asado a la casa de mis abuelos. Ese tipo de cosas, energéticamente, me ayudaron un montón. Eso me relanzó para ir a Highlanders y arrancar una pretemporada de cero, que desde Jaguares no hacía. Uno siempre quiere estar, pero esos meses me vinieron muy bien para renovarme.

–Volviste y ahora hay una competencia más nutrida en el puesto. Antes eran siempre los mismos tres: Lavanini, Petti y Alemanno. Ahora hay un montón y muy buenos. ¿Cómo te ves en esa competencia?
–Hay muchos más segundas líneas ahora. Uno trata siempre de competir, de estar. Si quedo en el equipo, buenísimo; si no estoy, también. Es ayudar al equipo para que el que entre a la cancha el sábado haga su laburo bien. En la semana voy a tratar de dar mi máximo. Es la misma competencia que tuvimos siempre, pero ahora somos más. La competencia se amplió, se puso más dura, más intensa.
–¿Sentís que los minutos que jugaste con Sudáfrica te dan crédito en esta competencia?
–Creo que tuve un gran partido; aunque tampoco fue mi mejor partido. Pero después arranca una semana nueva. Acá juega el que entrena bien, el que está bien, y eso lo respeto mucho. Para estar bien el sábado hay que entrenar bien en la semana. El rugby está evolucionando mucho: hay que meterle mucho estudio, mucho foco. No es solamente ir a la cancha a entrenar; tenés que saber todo lo del rival y todo nuestro plan de juego al detalle. Cuando sabés todo eso y entrenás bien, después ya es decisión de los entrenadores.
–Australia 2027: ¿qué significa para vos? ¿Dónde lo ponés en tu cabeza?
–Uh, falta un montón. Es un objetivo que tengo, como todos los objetivos que tuve de cara a los Mundiales, sabiendo que falta más de un año. Trato de prepararme individualmente, mentalmente, llegar a estos partidos y hacerlo de la mejor manera posible. Cuando termine acá tendré un tiempo libre hasta llegar a Dunedin, donde la pretemporada es en diciembre. Falta, pero es un objetivo que tengo presente.
–Después de Highlanders, después del Mundial, si se llega a dar, ¿cómo pensás seguir? ¿Tenés algo en mente?
–No tengo nada en mente. Ahora voy año a año. Ya tengo una familia. Cada decisión que tome se charla con mi mujer y hay que pensar, porque tengo un hijo que va a cumplir siete años el año que viene. Ya tengo que empezar a pensar en ellos. Si bien no la pasamos mal, estar cambiando todo el tiempo les puede influir. Pero es año a año y el presente, al máximo.



