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La historia aparece en un librito fantástico titulado Cuentos de los años felices, de 1993. En "El hijo de Butch Cassidy", Osvaldo Soriano registra un Mundial que no fue: el de 1942. El comienzo es sencillo: un grupo de técnicos alemanes del Tercer Reich, que llegaron a la Patagonia a instalar la primera línea telefónica que unirá el Pacífico con el Atlántico, desafían a los argentinos en un partido de fútbol. Entre los nuestros hay vagos y borrachos que regresaron derrotados de buscar oro en la cordillera. Perdimos 6 a 1. El Mundial tiene lugar poco después, con jugadores europeos inverosímiles y mapuches expertos en las artes del ilusionismo. Soriano imagina lo que no ha visto nadie, lo que no ha sucedido salvo en su imaginación voluptuosa y hermosamente delirante. Todo es un disparate.
Los cuentos de Soriano, como los de Roberto Fontanarrosa y los de Eduardo Sacheri ahora, retratan algo distinto. No son precisamente hechos del fútbol, sino quizás eso que llamamos el alma de las cosas. En esos cuentos –como en Triste, solitario y final o en Artistas, locos y criminales, que reúne parte de su sus artículos periodísticos– están sus personajes siempre medio tristones, sus heroísmos y sus derrotas, su humor filoso que a veces se tutea con el absurdo. Son esos relatos el cobijo de la fantasía, el territorio del sueño.
En esas invenciones también estamos nosotros, el corazón en un puño. Están la ira y la ternura, la amistad y el odio, los sentimientos huracanados que atraviesan el fútbol, es decir, a nosotros. Está aquello que no sucede en los estadios, aquello que no vemos porque simplemente nunca ocurrió, y que mientras leemos vemos un poco entre nieblas. Están el penal más largo del mundo y el campeonato espectral de 1942. Así es, a veces, la literatura. Quizá por eso yo soy hincha de Osvaldo Soriano




