Alexander Zverev rompió el maleficio en Roland Garros y dejó de ser el crack con cuentas pendientes
Al alemán de 29 años le pesaba el hecho de ser uno de los tenistas más talentosos de la última década sin títulos majors
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Así como lo habían padecido David Nalbandian, el Chino Marcelo Ríos o David Ferrer, a Alexander Zverev le tocó escuchar la misma pregunta (o sentencia) durante años. ¿El alemán es uno de los tenistas más valiosos de la Era Abierta sin un título de Grand Slam? El concepto, tan cierto como pesado y angustiante, lo abrumó una y otra vez. Lo sacó de eje. Lo empujó a ataques de nervios. Lo frustró. Lo llevó a creer que, finalmente, nunca se le daría.
El deporte, tantas veces cruel, estas dos semanas en Roland Garros fue, de cierta manera, justo. A Zverev, un jugador sumamente talentoso que le tocó lidiar con dos generaciones de cracks, con los superpoderes del Big 3 (Federer, Nadal y Djokovic) y, también, con la jerarquía a velocidad de la luz de Sinner y Alcaraz, se le dio; sí. En un torneo con un sinfín de sorpresas. Como segundo cabeza de serie en París, aprovechó las bajas de los gigantes (Alcaraz, lesionado; Sinner, en la segunda ronda). Avanzó con firmeza en el cuadro, sin mirar hacia los costados y se plantó en su cuarta final de major sabiendo que podía ser ahora… o nunca. Y fue ahora. Venció al italiano Flavio Cobolli (14°, top ten desde este lunes, en su primera final de un grande) por 6-1, 4-6, 6-4, 6-7 (5-7) y 6-1, en 4h15m. A los 29 años, ahora con 25 trofeos (incluidos varios Masters 1000, dos torneos de Maestros, una medalla dorada olímpica), ya no le quedan deudas pendientes. Rompió el mayor obstáculo.
En ese desplome emocionado de Zverev sobre la terre battue del Philippe-Chatrier después de que un smash de Cobolli viajara más allá de la geometría de la cancha, fue muy simbólico. Fue en la misma zona en la que hace cuatro años se lastimó severamente un tobillo ante Nadal en las semifinales, teniendo que abandonar y salir de la cancha ayudado por bastones canadienses. Fue en el mismo court que, hace sólo dos temporadas, se le escurrió la final del Abierto francés ante Alcaraz luego de haber estado arriba por dos sets a uno.
En un domingo soleado y, así, con el techo abierto del Chatrier y piques vivaces de la pelota, el 6-1 del primer set en favor de Sascha podría aventurar un trámite que no sucedió. El alto porcentaje de servicios del jugador de Hamburgo no se prolongó en el tiempo. Tras los nervios iniciales, Cobolli empezó a jugar con mayor soltura, no se amedrentó, sonrió ante un público que comenzó a empujarlo, a alimentarle el ánimo. La final, con muchos famosos en las butacas y, también, con Adriano Panatta (el último italiano en ganar el trofeo parisino en singles, hace cincuenta años), se transformó en una montaña rusa, con tiros ganadores y errores no forzados, casi al mismo nivel. Lo imprevisible tomó altura en el Bois de Boulogne. Y los demonios se hicieron presentes.
Zverev se adelantó 2-1 en sets, pero empezó a sentir molestias en la pierna izquierda (tomó un analgésico para calmar el dolor) y algo puntual, probablemente, lo inquieto en su interior: el antecedente de la final de 2024, cuando aventajaba a Alcaraz por dos sets a uno antes de que el español le permitiera obtener sólo tres games en los dos últimos sets. El rostro de su padre y entrenador, en la tribuna, lo decía todo… Con casi cuatro horas de fatiga en las piernas, el partido llegó al quinto set, volvió a mutar y fue mucho más emocional que estratégico. Finalmente, tantas veces tembloroso, Zverev aprovechó su experiencia hasta desanudar una historia que parecía nunca acabar. Dos quiebres y un 5-1 inalcanzable terminaron demoliendo a Cobolli, que cedió una vez más su saque.
“Esta cancha es muy especial para mí en muchos sentidos. Viví los mejores y los peores momentos de mi vida aquí. Hace cuatro años quedé tirado en ese rincón con dos huesos fracturados y siete ligamentos rotos. Luego perdí la final hace dos años. Pero este es un final feliz”, dijo Zverev, el primer campeón alemán de Roland Garros en la Era Abierta y el primer hombre de su país en ganar un major en singles desde 1996 (Boris Becker, en Australia).
Zverev pareció un león enjaulado durante toda la final. Asumió el desafío con la sangre en el ojo. Cuando el italiano de 24 años utilizaba los tiempos reglamentarios para pausar el juego y refrescarse, el actual número 3 del ranking lo esperaba en su rincón sin dejar de moverse, con los puños (la raqueta) preparados, como boxeador hambriento. Es verdad que, por momentos, la tensión lo invadió y le nubló las decisiones, pero en general golpeó la pelota con aplomo, sobre todo de revés. Si bien no tuvo la contundencia demostrada durante la quincena, el saque le dio buenos resultados a Zverev: seis aces, nueve dobles faltas (muchas), con un 76% de primeros servicios, ganando el 73% de puntos con el primer saque y 43% con el segundo, cediendo tres veces el saque. Logró más winners que Cobolli (50 contra 42) y cometió menos errores no forzados (54 vs. 65). El nacido en Florencia pudo contener los ataques de Zverev, pero su resistencia terminó quedándose sin energía.
“Hemos pasado por mucho”, dijo Zverev, abrazado de la Copa de los Mosqueteros que le entregó Panatta, héroe italiano en tiempos románticos. Durante años, el foco se corrió de lo tenístico. Zverev fue señalado por denuncias de exparejas por maltrato físico y psicológico. También fue protagonistas de repudiables reacciones violentas dentro de los courts, como cuando hizo añicos una raqueta contra la silla del umpire en el torneo de Acapulco 2022 (fue descalificado por eso). Todo eso formó parte de un costado sombrío del tenista alemán que supo ser 2° del mundo en junio de 2022 (ahora está a 2605 puntos de ese escalón, propiedad de Alcaraz).
“Sufrí lesiones, decepciones, derrotas, incluso perdí en los momentos más importantes. Pero, al final, soy campeón de Grand Slam y eso es lo que cuenta”, se desahogó Zverev. Ya no tendrá que escuchar aquella pregunta (sentencia) hiriente y maliciosas, sobre las cuentas pendientes de los talentosos sin corona. Es campeón de Grand Slam.
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