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Nunca hubo ego en su forma de ser. Menos todavía en su manera de entender el trabajo. Le tocó, eligió ser periodista y un día conectó con el tenis, que le abrió las puertas del mundo y lo marcó para siempre. Para Juan Szafrán, “El Turco”, cada viaje se transformó en un nutriente para su inquietud y curiosidad de conocer. Esquinas, barrios, pero sobre todo, las culturas. Transitó por diarios, agencias, radio y TV. Se hizo un nombre, pero nada lo cambió. Disfrutaba de poder comprarse una pilcha nueva (“de chico no podía”), de conocer museos y de escuchar idiomas. Encontró en Marcela a su compañera de vida y juntos vieron crecer a Lucas, hoy con 31 y futbolista de profesión, aunque pudo ser tenista.
Estaba realizado “Il Signore” (otro de sus apodos) en muchos aspectos, consolidado como comentarista de tenis en ESPN, y sería sin dudas motivo de orgullo de papá Tomás, ucraniano, y de mamá Tudina Pannone, romana, que se conocieron durante la Segunda Guerra Mundial y recalaron en la Argentina tiempo después. Pero algo le daba vueltas por la cabeza, a pesar de los consejos en contrario que recibía: vincularse con la gastronomía. Un día resolvieron con Marcela patear el tablero, con fuerza: dejaron todo y se fueron a España, a abrir su propio restorán. Los agarró la pandemia y acto seguido sufrieron lo que Szafrán denomina “una estafa afectiva”. Y como remate, un cáncer de vejiga que se logró controlar. “Estaba perdiendo y ahora estoy set iguales”, dice figurativamente.

De regreso en Argentina, con 73 años, Szafrán no descarta volver alguna vez a Europa, no ya con un proyecto gastronómico. Pero Lucas permanece en Italia (su último club fue en Cerdeña) y abre una posibilidad estar cerca. Del mismo modo, siente que su carrera periodística no se terminó y que tiene ganas de seguir haciendo cosas. Es lo que le pide el cuerpo. Hay mil historias personales y profesionales en derredor suyo. No es de emocionarse, pero cambia de tono cuando recuerda un momento especial nada menos que con Guillermo Vilas…

-¿El recuerdo más lindo que te haya dejado el tenis?
-Es un agradecimiento a Guillermo Vilas. Me emociono pensándolo. Marcela, mi mujer, tuvo un inconveniente de salud en 2005: sufrió un ACV. Guillermo se entera. Suena el celular, atiendo. “¿Juan? Guillermo. ¿Cómo estás? Me enteré de lo que le pasó a tu señora. ¿Qué necesitás? ¿La tenemos que llevar a Nueva York? ¿Te hace falta plata? Estoy a tu disposición. Lo que necesites, llamame por favor”. Ese es Vilas. No hay nada más que decir. Marcela superó ese momento duro y tiempo después le pusieron un stent.
La infancia de Szafrán fue en Corrientes al 1600 y cursó en el Roca. Su padre estuvo en el frente en la SGM –recibió medallas-, sufrió una esquirla de granada en la batalla de Monte Cassino y fue derivado a Roma para su atención. Ahí conoció a Tudina. Como no podía volver a Ucrania, tomada por el comunismo, deciden venir a Argentina. Primero llegó Tomás. Luego Tudina, desde una Italia que acababa de salir de Mussolini, y terminó trabajando en el hospital Argerich, donde nació Juan. Que recuerda: “Mi padre tenía dos trabajos. Nunca pude veranear con él. Siempre me iba con mi mamá un par de semanas a una casa que les prestaban en Mar de Ajó. Esas eran las vacaciones nuestras”.

Los Szafrán pudieron mudarse a la zona de Catalinas Sur, en La Boca. Juan no pensaba en estudiar, sino en trabajar para colaborar con los gastos de la casa. Tuvo un lindo grupo de amigos del barrio. Hombre de calle y con un rumbo por conocer, se topó con el periodista Luis Conti en 1973; jugaba al billar con él en La Academia, en Callao y Corrientes, y le ofreció un trabajo en la Diputación de la Ciudad de Buenos Aires. Juntaba los recortes de los diarios donde hubiera una referencia a cualquiera de los representantes, para armar un informe cada mañana. Luis Serafín Cordeiro, director de prensa de la sala de representantes, que también oficiaba como gerente de noticias de Canal 13, escuchó su deseo: “Tengo ganas de hacer deporte”. Y le abrió las puertas de Télam.
Fútbol de ascenso, de primera. Un paso por Noticias Argentinas, Diario Popular, y…¡la radio!
“Un día me llamaron por una nota que había hecho. Fue el Cholo Gómez Castañón. Me ofrecieron incorporarme a Competencia. Había un gran equipo: Norberto Longo, que era el esposo de Emilse Raponi, número 1 del tenis argentino; Nicanor González del Solar, Quique Wolff, un hermano periodístico y de la vida; Julio César Calvo, Juan de Biase”.

Szafrán llegó para hacer coberturas de fútbol, pero un desencuentro con un productor cambió todo. “Me salvó la vida”. Lo mandó a hacer golf y hasta fue a tomar clases al Campo Municipal para aprender de un deporte que no tenía idea; lo mandó a ver automovilismo y… “No sabía lo que era una bujía. Me dio una gran mano Juan Carlos Valenzuela y zafé, pero ya no quería más estar así. Y quería renunciar, se los dije a los dueños. Me pidieron calma”. Y llegó el día crucial.
“De la nada, me mandaron a cubrir tenis al Buenos Aires Lawn Tennis. Y hago una buena nota con Adriana Villagrán. Que tuvo impacto por diferentes motivos y, además, se tocó el tema del lesbianismo, algo de lo que se hablaba muy poco. Coincide con que Longo dice ‘no viajo más’ y tenía la idea de irse a vivir a Miami. Y Claudio Monfort, productor general, al que eternamente le estoy agradecido, me llamó y me dijo: ‘El tenis es tuyo’. Y a partir de ahí, empezamos con los viajes”.

-Te movió la estantería.
-Es que viajar no estaba en mis cálculos. ¡Los viajes me nutrieron de tantas cosas, asimilé tanto! Y aparte, ponele, en vez de regresar a la Argentina después del Abierto de Australia, me preguntaba: “¿Qué lugar cercano no conozco? Nueva Zelanda. Bueno, voy a ver cómo es la cultura neozelandesa”. El viático que me ganaba lo invertía. Terminaba Roland Garros y había dos semanas hasta Wimbledon. No conocía Suecia, y me iba a Estocolmo. O a Dinamarca. Cualquier rincón de Europa. Y no sólo por el aspecto turístico: miraba el comportamiento de la gente. Me encantaba eso. Fui a ver una Copa Davis a Checoslovaquia, terminaba la serie y me tomaba un tren a Viena. Y un día terminé en Moscú: quería ver cómo era Rusia. Y así hay infinidad de situaciones que me alimentaron mucho. Si hubiese sido por uno mismo no hubiese tenido esta oportunidad.
-Se abrió una puerta impensada en tu vida.
-A la profesión y al deporte, en este caso el tenis, le estoy eternamente agradecido. Me dio unas posibilidades fantásticas. Después estaba en uno crecer o no en la profesión. Dos locutores de radio, como Luisito Schendfeld y Ricardo Martínez Puente, me decían: “Agarrá un libro, ponete un lápiz entre los labios y leé de esa manera. Te va a parecer horroroso, pero te va a dar un movimiento de la lengua para mejorar increíble”. Y yo me ponía delante del espejo y practicaba para dar bien en radio y más adelante en televisión.
-¿Radio o televisión, qué te gusta más?
-La radio. Más que la tele o escribir. Pero la radio también hoy cambió, ¿no? Antes, vos imaginabas cómo era tal periodista o tal locutor o locutora. Yo escuchaba mucha música y me preguntaba cómo era Graciela Mancuso, que trabajaba con Juan Alberto Badía. O Nucha Mengual o Fito Salinas o Pedro Aníbal Mansilla. ¡Qué voz!
-De Continental pasaste a Del Plata.
-Sí, porque Víctor Hugo Morales llegó con su equipo y en el tenis estaba Guillermo Salatino. Una semana y media después de irme, iba caminando por la avenida Santa Fe para comer en La Gata Alegría, del Pato Pastoriza. En la puerta, estaba Marcelo Araujo, que me dice: “Estaba pensando en vos”. Hasta hoy nunca supe si fue verdad o no, jajaja. “En días empezamos en Del Plata. Te necesitamos para hacer tenis”. El equipo era con Fernando Niembro, Adrián Paenza, Diego Bonadeo, el Negro Eguía, Raúl Delgado, Alejandro Fabbri.

-¿Y en la tele, primero saliste por cable, no?
-Claro. Eduardo Eurnekian compra Cablevisión. Y me ofrecen ir. Hacíamos “Match 6 en el Deporte”, que se grababa en los estudios de la Universidad de Belgrano. Al poco tiempo, un gran director, Ramón Bouzada, me dice: “¿No tenés ganas de hacer un programa de tenis?”. Ahí nació “Tenis para Exigentes”, que duró diez años. Otro lindo momento fue Seúl 88. Eurnekian compró los derechos, Gaby Sabatini fue medalla plateada e hice la cobertura para Cablevisión. Y Barcelona 92 ya fue por América, con Wolff. Para mi, lo de Barcelona artísticamente y culturalmente hablando, con los tres tenores (José Carreras, Plácido Domingo y Luciano Pavarotti), con Monserrat Caballé, con Freddie Mercury, la flecha del pebetero, fue lo mejor de la historia. Marcó que la gente tuviese conciencia de que el acontecimiento deportivo por excelencia son los Juegos Olímpicos.
También fue importante “Deportes al toque”. Iba los domingos a la tarde, seis, siete horas. Le gustó a Carlos Mariani y se lo propuso a Gustavo Yankelevich para Telefé. Gustavo fue mi maestro para aprender lo que es televisión. En la grilla estábamos entre Francella, con los Benvenutto, y Tinelli, con Ritmo de la Noche. Un tiempo hermoso. Y de ahí, a ESPN.
-¿Con Javier Frana?
-Eso. Fue en 1998. Hicimos con Javier por primera vez Wimbledon. Y en ESPN estuve hasta el Masters de 2019, que ganó Tsitsipas. Fue un largo camino, un tiempo fabuloso, muy bueno. Me tocaron grandes compañeros en mi carrera. Aprendí mucho de Salata y de Juano Moro. Pero me tocó más compartir habitación con Salatino en los viajes. Un obsesivo de llegar bien temprano a la mañana a ver el primer partido e irse en el último. O ver a los juniors, y no sólo a los argentinos: quería ver lo que se venía en el tenis. Aprendí ese método de trabajo de Salatino.
-Te aconsejaba ser más conservador con la plata.
-Sí, me gustaba comprar cosas, gastarla. Y siempre me decía: “¿Por qué Turco? Guardá un poco, porque no sabés cuándo se termina esto”. Nos juntábamos a comer con las parejas, Angélica y Marcela. Sentí mucho su pérdida, a comienzos de año. Tuvo muchos golpes duros en la vida. Me dolieron las pérdidas de Araujo, de Salata y de Julito Ricardo, al cual conocí en un viaje a la Antártida y la pasamos extraordinario. Julio era un dandy y te marcaba el camino de cómo encarar el periodismo.
-¿Lloraste, te emocionaste alguna vez en las transmisiones?
-No, puede ser que haya tenido emociones contrapuestas con posterioridad, tras haber dicho algo. Cuando Del Potro estaba jugando con Coric y se golpea la rodilla, dije: “Esto va a ser una frutillita”. Y resulta que después terminó siendo lo que fue. ¡Todavía me maldigo por ese momento! Me duele por lo que él ha sufrido. Le termina casi frustrando la carrera. También me arrepentí mucho con una situación que tuve con Gaby Sabatini en su momento, especialmente con la familia.

-Hablemos de eso.
-Compartíamos habitación con Salata en el hotel de Lugano, Suiza. Y en la habitación de al lado estaban Mecha Paz y Gabriela. También estaban los padres de Gaby, Beatriz y Osvaldo, y el coach Patricio Apey. Yo jugaba al tute cabrero con Osvaldo, Salata y el tío de Gaby. Justo me toca presenciar un diálogo de Betty con Gaby, que había perdido: “Yo no viajé catorce mil kilómetros para verte jugar así”, le dijo. Literalmente, con mucho énfasis. Nos vamos a Roland Garros, Sabatini pierde con Evert en octavos y en el programa de Badía, por Continental, hablando del fenómeno Gaby, digo al aire: “Es crack, pero me preocupa la actitud de los padres ante la derrota de la hija”. ¡Para qué! Se armó una bola gigantesca, aparecieron de Canal 9. Y me arrepiento muchísimo de eso porque ellos me permitían estar en su intimidad. ¿Me explico? Entonces vos no podés vulnerar el vínculo cuando alguien te permite estar en su intimidad, jugando a las cartas o comiendo milanesas en Villa Devoto. Yo no podía contar esas cosas. Y lo hice.
-¿Y con Gaby qué pasó?
-Me dejó una enseñanza. Nunca se negó a hablar conmigo. Jamás. Los padres, sí: llamé a la casa y me colgaron el teléfono. Pero Gaby siguió hablando conmigo. Hace unos años, en el Tenis Club Argentino, luego de una nota que me dio para ESPN, le dije: “Gaby, en el pasado…”. Me cortó al toque y me dijo: “Olvidate”.
-¿Con Martín Jaite también tuviste un problema?
-Sí. Una vez lo critiqué, porque se había peleado en la red en un torneo satélite con Horacio de la Peña, en medio de una rivalidad grande en los años ochenta. Y no le gustó. Un día lo llamé y le aclaré: “Si te veo en la calle en problemas, o no sé, borracho, te llevo a tu casa y te hago un café y eso queda entre nosotros. Ahora, si vos, en una cancha, te excedés de palabra y terminás mal con el otro y al punto de la agresión, no puedo tapar lo que la gente está viendo”. Hice lo que yo creía que periodísticamente era correcto. Después está cómo lo toma el protagonista.

-Fuera de los viajes y de lo que contabas sobre cómo te nutrieron como persona, ¿cuál es el valor principal que te deja tu carrera periodística?
-El valor que me deja es una exigencia personal: la de aprender todos los días. Nunca creí que estuviera completo. Y también tener bastante equilibrio. Exprimí mucho a mis compañeros de transmisión, a tres fundamentalmente: Javier Frana, Tony Pena y Daniel Orsanic. Con Javier aprendí la lectura mental de los jugadores en ciertas circunstancias. Lo que sabe Tony Pena del cuerpo humano es único.
Y fuera de las transmisiones, Tito Vázquez. Me enseñó mucho. Por ejemplo, sobre las empuñaduras. Yo no sabía lo que era un octógono, el grip de la raqueta, dónde tenías que colocar el vértice que conforma el pulgar y el índice. Mis poros estaban abiertos, tenía permeabilidad para absorber la enseñanza. Y creo no haber tenido ego. Le escapé a la luz o al flash. Prefería quedarme en casa.
-¿Cuánto tiempo maduraste la idea de irte del país? Estabas laburando bien y era una aventura largar todo y emprender un trabajo distinto como la gastronomía.
-Yo estaba en una zona de confort, muy bien y muy cómodo en ESPN. Lo venía madurando. Había una Argentina que no me estaba convenciendo en ese momento y quería darme el lugar a un nuevo desafío. Y la verdad que el intento no dio el resultado que yo esperaba, por diferentes motivos. Mi segunda pasión era la gastronomía y siempre me recomendaron muchos propietarios de restaurantes con los cuales tuve relación acá, en Argentina, que no lo hiciera. Entonces no lo intenté.
Pero existió una posibilidad de hacerlo en el exterior, en Málaga. Fuimos con mucha convicción. Y ya desde el primer paso fue una gran aventura, con desventuras. Nos fuimos con Marcela de Argentina el 7 de febrero del 2020. Y el 14 de marzo el mundo recibe el COVID. Cambia todo, un año guardados. Además, el proyecto tuvo un cambio de rumbo. Pensaba en hacer un restaurante de cero, pero nos ofrecen ser socios en uno que ya tenía una muy buena historia. Una sociedad a la cual entramos por una cuestión de confianza con la gente que estaba ahí. Por eso apostamos. Hasta que un día vinieron y nos dijeron “no te queremos más”.
-Una locura. ¿Cuánto tiempo pasó?
-Todo, diría un año y medio, dos años. Con los vaivenes de la pandemia de por medio. Cuando nos bajaron de la sociedad fue en el 22. Pero tras cartón, tengo un golpe de salud importante: orino coágulos de sangre y pum, tumor de vejiga. Nunca le tuve miedo ni a la medicina, ni al quirófano, ni al odontólogo. Rara avis, honestamente. Hubo consultas con mi urólogo en Argentina, que me recomienda al doctor Santos, en España. Felizmente tenía una buena cobertura médica allá.

-Te operaron.
-Sí. Al primer control, a los 7 meses, habían aparecido 8 pólipos malignos. Y a partir de ahí entré en una etapa de lo que se llama quimio-instilación. Doloroso. Pero el tema era que el medicamento produce distintas reacciones adversas. Un día mi cuerpo era una coctelera: Marcela me tenía que agarrar porque no podía dominar mi cuerpo, era un temblor. Al otro día explotaba de fiebre, 40 y pico. Al día siguiente, hemorragia, infección en los riñones. Y aparte, se te reseca la piel, perdés pelo.
-¿El tumor lo agarraron precozmente?
-En cierta manera sí. A los seis meses, el Dr. Santos decide cortar la quimio. “Está perfecto, tiene un resultado fantástico”. Yo quería seguir, pero si volvían los pólipos ya no podía usar ese medicamento, sino que tenía que ir a uno peor. Me hago estudios anuales. Por ahora me siento muy bien. Digamos que perdía el partido y ahora estoy set iguales. No estoy ganando y nunca se gana porque a todos nos vence la vida. Pero rescato que lo enfrenté muy bien.
-¿Pensaste en el destino? Estabas bien, dejaste todo para encarar un desafío distinto y encima, la enfermedad. Fueron varios golpazos inesperados.
-Te soy honesto, ni siquiera en los grandes momentos de alegría, de felicidad, miro mucho para atrás. Tengo como un concepto: mirar para atrás a veces te lleva a la depresión. No tengo el perfil para deprimirme. Y si estás pensando en esas cosas, es estrés, estrés, depresión, estrés. Yo miro para adelante. ¿Qué te da? Esperanza, ganas. Y todavía tengo ganas. Vos me preguntás, ¿qué te gustaría hacer? Me gustaría reencontrarme con la radio. Pero de a poco.

-Tenés dos raquetas de leyendas: Borg y Federer.
-Batata Clerc quería hacer un partido de despedida con Björn Borg. Fueron dos: uno en Buenos Aires y otro en Punta del Este. Me convocan para hacer la comunicación del evento. Sale todo bien, viene Borg, me agradece, abre el raquetero y me regala la famosa Donnay con la que él jugaba. Fue un gesto que no esperaba. Hoy lo recuerdo con mucha alegría. Fue uno de los grandes fenómenos de todos los tiempos.
Y pasado el tiempo se da una situación similar, pero con Roger, en 2013, cuando vino a la Argentina por primera vez para jugar con Del Potro, en Tigre. También me llaman para hacer la comunicación. Un caballero Federer: todo lo que le pedía, lo cumplía. El día que se van, estoy desayunando con Robert, el padre. Aparece Roger, me mira, me agradece por todo, abre el raquetero y me da una raqueta. Me la firmó y todo.
-¿Fuiste amigo de Maradona?
-No, nunca fui su amigo. Sí alguna vez tuve una pulseada con un conductor de radio que lo castigaba por su vida afuera de las canchas. Y cuando me preguntaron mi opinión, dije que él ya tenía bastante consigo mismo como para que yo opinara de su vida privada y que tampoco la conocía en profundidad porque no convivía con Diego.
Pasó el tiempo y un día en el Buenos Aires lo traen a Diego a la cabina de TV. Me mira y me dice: “Yo sé quién sos vos”. Me sorprendió. “Y te quiero agradecer. Vos me defendiste”, agrega. Le aclaré que no lo había defendido, sino que sólo di mi opinión sobre su persona; que a mi me podía doler parte de su vida, pero que al fin y al cabo era su vida. De ahí en más, le hice varias notas. Siempre empezábamos hablando de tenis.

-Tu Grand Slam preferido y por qué.
-El Abierto de Australia. Porque ha sido el Abierto que más creció, el primero que puso techo, el que fue modificando sus superficies para mejorar. Y aparte, porque el público australiano es impresionante. También me gusta el británico, que no habiendo tenido campeones después de Fred Perry y hasta Andy Murray, iba a la cancha 14 y aplaudía si vos hacías un gran punto. Ellos respetan el torneo.
Australia es todo un conjunto. También con un público que disfrutó de las mieles de los grandes jugadores de final de amateurismo y principio de profesionalismo: Emerson, Laver, Newcombe. Y después tuvieron a Rafter, a Hewitt. Australia tiene dos ciudades, Sydney y Melbourne, una mejor que la otra. Sydney es realmente preciosa, con un respeto de la gente, un orden extraordinario. Yo llenaba la valija de eso.
-¿Tu top 5 de ciudades que conociste?
-Roma, por una cuestión de ADN. La disfruto, a pesar de que para muchos es caótica. Sydney. Te pongo dos islas: Morea y Bora Bora: ver cómo viven los autóctonos, son geniales, no hay cerraduras, una belleza natural. Florencia también me gusta. Y París hoy, en la distancia, me encanta. Cuando fuiste varias veces, es como que la ciudad te fue ganando y te fue envolviendo. Hay contradicciones, claro. A mí Nueva York me gusta, te entrega todo: espectáculos musicales, librerías, pero te agobia. Y te incluyo Cerdeña.

-Tus cinco jugadores argentinos preferidos.
-Y, ahí tengo una mirada objetiva y una subjetiva. Si voy a la objetiva, Vilas, Del Potro, Gaudio, Nalbandian y Coria, o Coria y Clerc, meto dos ahí. Subjetivamente, Vilas como 1, Nalbandian 2, Gaudio 3. Si voy al mundo, también tengo que hacer una objetiva y una subjetiva. En la objetiva, el mejor es Djokovic. Después Nadal, Federer, Sampras. En la subjetiva te pongo primero a Federer, porque es mi paladar. Un tipo que no puede faltar dentro de los subjetivos es John McEnroe. Ese es el punto: jugadores por los cuales yo pagaría una entrada para verlos. A Djokovic lo he disfrutado: es el compendio entre la mentalidad de Nadal y la suficiencia técnica de Federer. Sin tener el saque ni la elegancia de Federer, aprendió y se nutrió de los dos.
-¿Y el tenis femenino?
-Argentina perdió una gran oportunidad, con Gaby como farol y con la cantidad de chicas en buen nivel que había en aquel tiempo. Tenías a Mecha Paz, Fulco, Labat, Gorrochategui. ¡Había una cantidad! Y después no se pudo sostener. Los argentinos disfrutábamos mucho del tiempo final de Navratilova, que competía con Evert, Seles, Graf, Mandlikova, Sukova y Mary Jo Fernández. Grandes jugadoras y campeonas. Después, el monopolio de las Williams acható al resto. La potencia ha ganado el mundo masculino y todavía se ve tenis de táctica y estrategia entre las mujeres. Este último tiempo no hay un dominio. Pensaba en Osaka, pero entre la maternidad, la depresión y las lesiones se pinchó. Y Sabalenka, una N° 1 que arrasa y después pierde con ella misma.
El único punto de disidencia que tengo con el tenis femenino es su lucha permanente de decir “tenemos que ganar igual” y vos sabés que el espectáculo no dura igual. Esto lo dijo Ion Tiriac cuando dirigía el Masters 1000 de Madrid. “Yo voy a vender el tenis de los muchachos y me lo compran, y el de las mujeres, no me lo compran”. Entonces, algo deberá hacer la WTA en cuanto al marketing. ¿Cuántas mujeres tienen el magnetismo? Las canchas muchas veces, incluso en un Grand Slam, no están llenas.
-¿Vas a volver a viajar por trabajo?
-Quizá sí, pero una vez, dos veces. Permanentemente, como antes, no. Aparte, me gustaría ampliarme. Me he probado haciendo otras cosas. En otros tiempos fui columnista de deportes de Magdalena Ruiz Guiñazú, de Lalo Mir, del Negro Oro. Y si se tocaban otros temas, me metía. Me siento capacitado, no para ser primera guitarra, pero sí para acompañar. Todavía tengo ganas de hacer cosas. ¿Qué exactamente? No te puedo decir el canal, pero de regreso al país tuve una oferta para hablar de política. Y no tengo capacidad para hacer política. Papelones no quiero hacer a la altura.
-¿Qué te quedó de España como vivencia?
-La paciencia española. Se nota ya en el tránsito: si se hace una cola esperando a alguien que está estacionando, ¿vos te creés que alguien toca bocina? Jamás. O las esperas en la caja del supermercado. Un día, una señora delante mío se fue a buscar pepinos y me puse a roncar, socarronamente. La gente me miraba y como que me decía “¿Qué hacés?”. Después me acostumbré a la paciencia.

-Cuando fuiste detrás de un sueño, un desafío gastronómico, más allá del desenlace, ¿lo cumpliste, te sentiste bien con esa meta que tenías?
-Lo intenté y no se dio. Pero no es un golpe mortal. Me estafaron afectivamente. Eso sí lo sentí, porque no lo esperaba. No estoy hablando ya de dinero, estoy hablando de afecto. Vos no esperás que te estafen afectivamente. A mí me conforma haberlo intentado. Lo negativo de esa situación, más lo negativo de la enfermedad, sacó de mí fortalezas que yo creía que no tenía.
-Viviste tres años en Marbella.
-Sí. Linda experiencia. Un mundo muy diferente. Marbella ha pasado a ser un lugar del retiro de mucha gente, especialmente los nórdicos. Van en busca de la vitamina D. No tienen sol. Entonces, sí hay gente grande que se retira, con salarios superiores al español, y busca un lugar así. España es básicamente el turismo. Y ahora está viviendo un cimbronazo político muy fuerte. Yo les decía: “Ustedes están viviendo lo que nosotros ya hemos vivido, o sea, la grieta”. España está en un momento de jaleo que no sabés cómo va a terminar.
-Alcaraz-Sinner. ¿Qué te provocan?
-Me gusta más Alcaraz por sus variantes, porque da más espectáculo, porque sonríe más en la cancha, pero esto no significa que vaya a ser mejor que Sinner, de quien me hablan maravillas como persona y a nivel profesionalismo. Son muy chicos todavía y en el caso de Alcaraz ya empezó con problemas físicos. En el tenis, empezás a estar maduro a partir de los 25, 26. Y a pesar de que se habla de Fonseca y de Jódar, a mi me gusta Mensik. Ahora, después se verá cómo madura: no sé si tendrá la fortaleza para ser el tercero. Zverev rompió la barrera en París y llegó también a la final en Wimbledon. Me encantan los cambios.

-Hablemos de tu hijo Lucas. ¿Siempre tuvo ese sueño de ser futbolista?
-Lucas tuvo dos divisorias. En la casa donde nació había una cancha de tenis de cemento. Entonces, jugaba tenis y fútbol. Lucas aprendió de un coach como Sebastián Gutiérrez, en Arquitectura, sobre polvo, y en rápida en la casa. Sebastián ha sido un profesor excepcional y luego un gran coach. Lucas jugaba bien. Participó en interclubes, estuvo entre los mejores 70 a 90. Lo que pasa es que también empezó en la pre-novena de Argentinos Juniors, hasta la cuarta. Pero llegó un momento que la exigencia era el estudio. Y le dijimos: es tenis o futbol. Yo pensaba que elegiría el tenis, pero optó por el fútbol porque no quería tener solo la presión, sino que fuese compartida. Y siendo único hijo, para mí fue una buena elección. Porque si encima de ser hijo único vas a la burbuja individual del tenis, ¡mamita!
-¿Cómo terminó en Europa?
-En la cuarta de Argentinos se enojó con el técnico que tenía. Probó en la reserva de San Martín de San Juan y estuvo un año. Hizo prueba en Belgrano, de Córdoba, y firmó su primer contrato AFA. Apareció una oferta de Italia y mi reacción fue “¿querés volar? Volá”. Tenía 18. Es clase 96. Se fue a la cuarta del fútbol italiano, que es la Serie D. Italia tiene mucho fútbol, de categorías profesionales y semiamateurs. Tenés la Serie A, la B, la C, que son profesionales; la D, que es semiprofesional, y la E, que se llama Eccellenza, que es la quinta. Y después tiene tres más o cuatro más. En los pueblitos hay dos o tres equipos.
Entró en el Norte, en la Lombardía, en el club Breno, que hacía 27 años que no ascendía. Es un 5 técnico, con llegada. Jugó y marcó los goles de los partidos finales, dos de 30 metros, y ascendieron. Después se fue al Sur, donde no respetan tanto los contratos, y ahora está en Cerdeña. Los dos últimos años le tocaron dos clubes excepcionales. Hizo 10 goles este último año para el Arborea, que es como jugar en la C de acá. Arborea, la zona, tiene la segunda leche más importante de Italia, después de Parma.
-¿Es rentable esa categoría?
-En ese fútbol te pagan 1500 euros, más casa, auto, las comidas en el club. En el Breno, del primer año al segundo, después de los dos goles le dieron departamento para el solo, auto, almuerzo y cena paga. Ahora está en pareja con Mary, una preciosura de mujer. Italiana, de Bérgamo, licenciada en filología y que fue junior. Se conocieron jugando tenis.




