Ojo, porque cuando se despierta la Bestia Nadal...

Fuente: EFE
Rafa fue clave en el momento más crítico del partido en dobles; el lado más salvaje y el más cordial del rey de Roland Garros
Germán Leza
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25 de febrero de 2015  • 12:35

No quieran hacer enojar a Rafael Nadal. Entró hecho una seda al court central de Buenos Lawn Tennis Club, junto a uno de sus mejores amigos del circuito, Juan Mónaco. Ya lo había dicho en la conferencia de prensa de anteayer: además de ganar, como siempre quiere el ultra competitivo Rafa, lo importante era divertirse con Pico. Antes de entrar a la cancha, en el pasillo que comunica los vestuarios con el court central, un cardumen de chicos y chicas, adolescentes y adultos esperan por Rafa. Todos están listos, con sus muñecas tensas y sus manos firmes, y sus celulares o cámara en mano. Algunos están hace minutos en una posición rígida. Nadal es el rockstar en este Open Argentina , y se hace cargo. A pesar de ser tímido, lo sobrelleva con parsimonia, y sobre todo, con educación. Se lo nota más relajado que cuando juega singles, donde se ve a un Rafa que se parece más a una hiena que vigila su presa.

Esta vez, su actitud se ve más relajada. Y eso no quiere decir menos profesional. Conversa con Pico, sonríe, deja sacarse fotos. Todo antes de salir a la cancha ¿Habrá hecho en el vestuario la serie de ritos que suele practicar antes de cada partido para agudizar su concentración? Tres duchas frías, las corridas con auriculares puestos, la colocación del grip de sus raquetas, los masajes, las vendas, ponerse el pañuelo en su cabeza como si fuera un guerrero, y esas dos botellas de agua que tan cuidadosamente coloca frente a su silla en diagonal una a la otra. Pareciera que no.

En su autobiografía "Rafa, mi historia", que escribió junto a John Carlin, se describe como una persona tímida, y asegura que una de las cuestiones que más extraña del fútbol (jugó hasta los 12 años y era el goleador de su equipo) es el jugar en equipo. Quizás por eso también disfrute de competir un dobles con Pico. Los checos Frantisek Cermak y Jiri Vesely son durísimos oponentes en el debut de Nadal en Buenos Aires, luego de la última visita, cuando a los 18 años ya era la gran promesa y Gastón Gaudio lo eliminó en cuartos de final.

El partido se presentó complejo para Nadal- Mónaco. Una doble falta de Rafa sentencia que el primer set será de los checos por 6-4. A Nadal ya se lo ve serio, como de costumbre, con el seño fruncido. Quién sabe si por el mal humor que le causa ir perdiendo o si para afinar su concentración. Es que todavía no está regalando sus mejores golpes. Su top spin no está al máximo, como él tiene acostumbrados a rivales y público.

En el segundo parcial, las cosas mejoran. Quiebran en el tercer game y todo parece encaminarse. Pero nuevamente pierden dos servicios y las sonrisas que tenía Rafa antes de comenzar el partido hace rato que ya no están. La pareja checa se adelanta 5-3 y sacan para partido. Entonces, ocurrió lo que sus adversarios tanto temen. Rafa lanza un drive envenado y cargado de potencia. La pelota salió como un torpedo. Después, un smash que los checos todavía están adivinando donde habrá sido el pique. El público del BALTC, que parecía dormido, se despabiló con el despertador implacable de Nadal. Sus golpes eran como cachetazos. Sonaban como esas pelotas que son imposibles de devolver. Además, si hay alguien que sabe usar el público es Rafa. Lo ignora cuando lo molestan, y se alimenta de él cuando necesita energía. La pareja hipanoargentina terminó ganando el game con otro drive de Rafa que pulverizó la devolución checa. Después, sacó Pico, quien se contagió de la energía animal de su compañero, y luego de otro quiebre tuvieron el servicio para partido. El zurdo de Manacor sale disparado del banco, saltando, corriendo hacia la línea de saque. Como suele hacerlo cuando está por devorar a su rival. No lo había hecho así en todo el partido. Es en ese momento en que el espectador piensa: no hay manera de que este tipo pierda el game. Y da la sensación de que sus oponentes piensan lo mismo.

7-5 para Pico y Rafa, que forzaron el tie break del tercer set. Nadal aprovecha y va corriendo al vestuario. En el camino choca su palma izquierda con algunos espectadores, que festejan la espontaneidad de Nadal. Rafa parece divertirse, como dijo que lo haría con Pico, y además, ya arrancó su locomotora. Momento harto peligroso para sus oponentes. En el tie break empieza con todo: un ace (el saque nunca fue el fuerte del español) y una devolución que dejó a los checos sin respuesta. 7-6 para Pico y Rafa. El español falla una volea que parecía sencilla y el cierre queda para Mónaco. Sin embargo, el destino ya parece sellado tras el despertar de Nadal. Pico se encarga de cerrar el partido con el 10-7 final. Y los checos todavía se estarán preguntando, algo groguis por aquellos golpes de Rafa cuando estaban 5-3: ¿en qué momento hicimos que despierte la Bestia Nadal? Mientras tanto, Rafa firma autógrafos, sonríe y agradece. Todo al costado de la cancha. El otro lado de la Bestia.

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