
La hostilidad en redes sociales suele atribuirse a los algoritmos o al anonimato; un estudio realizado en 30 países concluye que las plataformas no crean nuevos agresores, sino que amplifican conductas vinculadas con el contexto social y político
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La reciente ola de mensajes hostiles que envolvió a la Argentina durante y después del Mundial volvió a instalar una escena conocida: insultos, burlas, ataques coordinados, videos virales y discusiones sobre una supuesta “Argentina racista” que escalaron a una velocidad difícil de seguir. La sensación fue que, de un momento a otro, se había puesto en marcha una enorme máquina de odio digital, en este caso sobre nuestro país.
Sin embargo, una investigación internacional sugiere que quizás estamos mirando el lugar equivocado. El problema no empezaría en las plataformas, ni siquiera en los algoritmos. Según un estudio publicado en Nature Human Behaviour, las personas que agreden en internet son, en casi todos los casos, las mismas que también muestran comportamientos hostiles en la vida cotidiana.
Lo relevante del estudio es que plantea una explicación alternativa a la que predominó durante buena parte del tiempo: la idea de que las plataformas vuelven más agresivas a las personas. Bajo esa mirada, el anonimato, los algoritmos y la búsqueda permanente de atención parecían explicar por sí solos la escalada de insultos, ataques y polarización que domina buena parte de las conversaciones digitales.
El trabajo analizó el comportamiento de más de 15.200 personas en 30 países de seis continentes y uno de sus resultados más sólidos, observado en todos los países analizados, muestra que quienes reconocen comportamientos agresivos en conversaciones cara a cara son exactamente las mismas personas que insultan, atacan o hostigan en redes sociales. La correlación estadística entre ambos comportamientos alcanzó 0,77 sobre 1, un nivel excepcionalmente alto para este tipo de investigaciones.
El estudio resume esa conclusión con una frase contundente: “La agresión online no fabrica nuevos monstruos”. Las redes no fabricarían agresores, sino que funcionarían como un megáfono extraordinariamente eficiente para amplificar una agresividad que ya existía con anterioridad.
Eso no significa que las plataformas sean neutrales. Para Faustino Raggi, fundador de la consultora Afiches, una startup especializada en investigación de mercado y análisis de la opinión pública, los algoritmos cumplen un papel determinante al decidir qué discursos se vuelven visibles. “Las plataformas trabajan con la lógica del engagement: lo que genera más interacciones se comparte más y, por lo tanto, se amplifica más. Lo contrario ocurre con las opiniones minoritarias o moderadas”, explica.
Según Raggi, para entender este fenómeno resulta útil recuperar un concepto clásico de la teoría de la comunicación: la espiral del silencio. La idea sostiene que las personas tienden a callar cuando perciben que su opinión es minoritaria, mientras que quienes sienten que forman parte de la posición dominante hablan con mayor seguridad.
En las redes sociales ese respaldo ya no proviene únicamente del entorno social, sino del propio algoritmo. “En la era del engagement, quienes terminan participando activamente suelen ser quienes sostienen posiciones más intensas. Las opiniones moderadas muchas veces quedan guardadas porque generan menos interacción y, por lo tanto, reciben menos amplificación”, sostiene.
Lo que eso genera es una percepción engañosa. Aunque las conversaciones digitales parezcan dominadas por posiciones extremas, eso no implica necesariamente que la sociedad en su conjunto también lo esté. “Hay mucha gente que sigue pensando moderadamente, incluso en redes sociales. El problema es que esas posiciones generan poco engagement y terminan siendo prácticamente invisibles”, puntualiza.
El conflicto como prestigio
La investigación identifica otro elemento central: los individuos más hostiles presentan altos niveles de una motivación psicológica específica, la búsqueda de estatus mediante la dominancia.
En otras palabras, la agresión no responde únicamente al enojo o la indignación, sino que para muchas personas constituye una forma de ganar reconocimiento, imponerse en una discusión o construir prestigio dentro de determinados grupos.
Las plataformas, sin proponérselo explícitamente, terminan reforzando esa lógica. “El algoritmo no premia necesariamente una posición política determinada; premia aquello que consigue captar atención, generar interacciones y circular más”, comentan desde Afiches.
Ese es el resultado visible en las redes. Ese mismo incentivo termina favoreciendo los discursos más confrontativos, incluso más allá de la política, en ámbitos como el entretenimiento, los deportes, la cultura pop o cualquier tema donde la confrontación logre atraer comentarios, compartidos o reacciones.
Si se quiere, uno de los aportes más novedosos del estudio es que desplaza la explicación desde la tecnología hacia las condiciones sociales. Por ejemplo, los investigadores observaron que la hostilidad online aumenta en sociedades con mayores niveles de desigualdad económica y menor calidad democrática.
Incluso encontraron una diferencia interesante entre distintos tipos de países. En las democracias consolidadas, las redes sociales suelen percibirse como espacios donde predomina la polarización; en los contextos más autoritarios ocurre lo contrario: muchas personas consideran que internet representa uno de los pocos espacios donde todavía pueden expresarse libremente frente a la censura estatal.
Para Raggi, esa diferencia tiene una explicación sencilla: “En las democracias la gente está más dispuesta a opinar porque siente que tiene libertad para hacerlo. Esa misma libertad también la tienen quienes sostienen posiciones mucho más intensas. En los países autoritarios, donde la censura limita directamente la expresión pública, esa intensificación simplemente no aparece del mismo modo.”
La mayoría no participa de la pelea
Quizás uno de los aspectos menos visibles del fenómeno sea precisamente quiénes quedan afuera.
Según Raggi, buena parte de la población utiliza las plataformas con fines completamente distintos. En una encuesta reciente realizada por Afiches, la mayoría de los participantes describió al teléfono celular como una herramienta de conexión cotidiana y no como un espacio asociado a la agresión política. “La mayoría de la gente tiene una visión funcional del mundo digital. Cuando uno analiza temas muy polarizantes, como la política, aparece esa intensidad. Pero existe un enorme grupo de personas que directamente no entra en esas discusiones.”
¿Qué ocurre con ese grupo? Que termina siendo invisible. “No participan porque no les interesa o porque justamente su propia moderación hace que prefieran no entrar en la discusión. Y como el algoritmo privilegia la intensidad, esa mayoría moderada casi no se ve”, apunta.
La investigación también cuestiona una de las respuestas más habituales frente al problema: moderar contenidos o aumentar las regulaciones sobre las plataformas.
Los autores consideran que esas medidas pueden ser necesarias, pero difícilmente resuelvan el fenómeno por sí solas. Raggi coincide al explicar que el problema de las regulaciones es que muchas veces no advierten que estos fenómenos provienen de raíces sociales, de conductas propias de la vida en sociedad. “Por eso, la regulación por sí misma puede resultar ineficaz.”
Pensar que las redes funcionan como una caja de resonancia que amplifica el comportamiento hostil de personas que ya actuaban de esa manera antes de encender la pantalla supone un cambio sustancial en la conversación sobre la hostilidad online.


