El escritor Eduardo Gutiérrez y los recuerdos de Un viaje infernal

En su relato abundan aventuras, costumbres y personajes misteriosos
Pablo Emilio Palermo
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30 de enero de 2016  

Fuente: LA NACION

La galera ha dejado atrás la ciudad de La Rioja, "ciudad de mujeres lindas y de hombres generosos", para pasar la cercana Sierra de Don Diego (población de apenas dos ranchos) en donde se debían fletar en la posta algunas "mulas baqueanas".

Los viajeros llevaban de provisiones diez charquis de queso, medio cabro asado, una damajuana de vino y un frasco de agrio de naranja. En la posta se deleitaron con mazamorra de trigo y fueron víctimas de la lluvia y del zonda y también de las picaduras de unas "chinches monstruosas". Aún quedaba mucho por recorrer bajo la sed y el sol abrasadores hasta arribar a San Pedro, localidad santiagueña en la que los esperaba el tren a Córdoba.

Eduardo Gutiérrez (1851-1889), autor de las célebres novelas Juan Moreira y Hormiga Negra, periodista, folletinero, oficial en la frontera contra el indio y riflero de Carlos Tejedor en 1880, dejó el inédito relato Un viaje infernal, publicado recién en 1899. El colorido volumen abunda en aventuras, personajes y amistades.

Viajaban entre mil peripecias el mayor Herrera, los ingleses Ireloir y, don Eduardo, Don Ricardo, el francés Thirsit y Carlitos Campos. Para ejemplificar lo indicado baste la descripción que el autor hace del juez de paz de San Pedro: "Un señor santiagueño vestido con botas, chiripá y levitón", que en su mano derecha traía "un rebenque de cabo de plata que pesaría unas diez libras, y sus enormes espuelas abrían un surco profundo sobre la arena húmeda".

Aquel juzgado era apenas "un ranchito de una sola pieza, situado a veinte cuadras de la cárcel" y frente a un almacén "punto de reunión de la crema de San Pedro".

De Córdoba quedó el recuerdo de la "siempre exquisita comida criolla preparada con todo aseo y esmero, y un catre cuya blancura de ropas arrebataba la vista". En la Docta, los hambrientos caballeros devoraron dos fuentes de bacalao con tomates y asearon sus rostros en la barbería.

En Rosario, fin de aquel viaje "monótono, pesado, sin ningún contratiempo", los compañeros (sin don Eduardo Ricardo), visitaron a unas "paicas", madre y tres hijas, duchas en el canto y en la ejecución de tristes provincianos y décimas porteñas. Allí mismo desenmascararon a una fantasmal "viuda", terror del vecindario, que según se afirmaba tenía el poder de matar con sólo el roce de su huesuda mano, y que no era sino dos "pescadores de ranas", italianos, ágiles al encandilar con la luz del farol a los pobres batracios para así poderlos atrapar con facilidad.

El viaje infernal en galera, mula y ferrocarril, continuó en el Rosario a bordo del vapor que los llevó hasta la estación Tigre, y de allí, finalmente, el tren al Retiro. Muy lejos había quedado La Rioja, población en la que, a modo de despedida, los viajeros gozaron con una obsequiosa "zamba agitada, ejecutada a bombo y triángulo". Eduardo Gutiérrez culmina su libro diciendo:

"Por fin nos hallábamos en Buenos Aires, en este venturoso Buenos Aires, teatro inmenso donde el corazón se agita con todas las pasiones humanas". El último párrafo no debe ser omitido: "Cada cual tomó su maleta y echándosela al hombro, nos fuimos a recibir el abrazo de la buena madre".

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