El más fiel amigo de las pampas

En todo lugar donde se gestaba la patria, el caballo estaba presente
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22 de diciembre de 2001  

Hay algo obvio: en la historia rioplatense es imposible no tropezar con el caballo. Al gaucho lo define su condición de jinete y eso bastaría, ya que se trata del tipo social más genuino de la región. Hay que agregar que el caballo cambió radicalmente las culturas aborígenes de las llanuras.

Para el gaucho y para el indio, el caballo fue la más importante pertenencia: lo usaron para desplazarse, cazar, hacer trabajos diversos, alimentarse, divertirse; con su cuero y crin fabricaron indumentarias y utensilios; fue dote u obsequio principal. De todo ello hablan profusamente documentos históricos y literarios.

Se dice, por ejemplo, que el caudillo José Artigas murió en el exilio paraguayo murmurando "tráiganme a mi caballo".

En un cantar que se conoce como "Mi adorada compañera", un soldado de las fuerzas de Justo José de Urquiza le dice a su mujer: "Te encargo el lobuno viejo/ y la yunta de bragados,/ que no pierdo la esperanza/ de verlos bien apareados".

Es de destacar que se lo pide antes de también solicitarle que guarde "las leyes del matrimonio".

Todavía fue más allá la pluma romántica de Juan María Gutiérrez: "Mi caballo era mi vida,/ mi bien, mi único tesoro;/ a quien me vuelva mi Moro,/ yo le daré mi querida/ que es hermosa como el oro", escribió en "Endecha del gaucho".

Hombres como pingos

Y si en el folklore y la literatura se suelen humanizar los animales, en la poesía gauchesca hay ejemplos donde los humanos son vistos como pingos o con atributos propios del animal.

En los primeros días de la Revolución, por ejemplo, Bartolomé Hidalgo se burló de las fuerzas godas con la siguiente cuarteta: "Cielo de los mancarrones,/ ay, cielo de los potrillos,/ ya brincarán cuando sientan/ las espuelas y el lomillo".

Testimonios variados a lo largo de dos siglos dejaron la idea de cómo las inmensidades rioplatenses estaban cubiertas de yeguarizos.

"En algunas ocasiones pasaban a mi lado en grandes tropas dos o tres horas seguidas y a toda furia, y durante este tiempo tanto los cuatro indios que me acompañaban como yo nos veíamos en dificultades para librarnos de ser despedazados por sus patas", contó maravillado el padre Thomas Falkner tras sus excursiones campo adentro.

Sin embargo, las guerras de la Independencia, las intestinas y contra el indio llevaron a que durante muchos períodos la escasez de caballos se hiciera sentir y el gobierno debiera tomar medidas de protección.

Maltrato

Innumerables testimonios dan cuenta del maltrato habitual hacia los caballos, incluso hasta que no podían más. Cierto es que la guerra y otras obligaciones dificultaban el cuidado.

El viajero inglés Francis Bond Head decía que era imposible cabalgar toda una jornada sin que al menos en una o dos oportunidades jinete y animal no rodaran por obra de una vizcachera. Bastante conocida es la historia de los "blancos de Villegas", caballada del Regimiento 3 de Infantería de Línea, que mandaba el coronel Conrado Villegas. Estos trescientos ejemplares blancos o tordillos eran orgullo del ejército de frontera y en una acción nocturna y de extrema audacia los indios los robaron.

Una sacrificada expedición, que tenía orden de no regresar sin ellos, logró recuperarlos. Ocurrió en 1877 y la anécdota se conoce por varias fuentes, sobre todo por el relato del comandante Manuel Prado.

Menos conocida es la versión de otro militar, el teniente coronel Eduardo Ramayón, que cuenta lo mismo que Prado, salvo que su historia tiene una segunda parte.

Pocos años después del hecho, los "Blancos de Villegas" habían llegado, como vanguardia de la campaña dirigida por el general Julio A. Roca, a los desolados y fríos faldeos cordilleranos. Allí, en el paraje Ñorquín ¡debieron ser racionados para la tropa, que no tenía qué comer!

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