El niño de la mula y la estrella de Belén

Gladys Abilar
(0)
24 de diciembre de 2016  

Agustín bajaba del cerro arriando a su mula que cargaba una parva de yuyos sobre el lomo. Su madre le solía encargar esta tarea ya que vivían de la venta de yerbas con fines medicinales, que ella preparaba y después vendía en el pueblo. Habían quedado desprotegidos luego de que su padre los abandonara.

De pronto algo llamó su atención. Un tenue destello entre las piedras a la otra orilla del río se encendía y se apagaba. Agustín reparó en él. Ató la mula a un algarrobo, arremangó sus pantalones y cruzó las aguas heladas. No podía creer lo que estaba viendo. ¡Una estrella! Estaba lastimada y sangraba. El niño la levantó delicadamente y la observó de cerca. Quedó atónito cuando ella balbuceó:

-Ayúdame por favor?, tengo que llegar.

-¡Puedes hablar! ¿Qué te pasó? ¿Dónde quieres ir?

-He sido atacada por mis hermanas, tres de ellas no podían aceptar que yo haya sido la elegida.

-¿Elegida para qué?

-Para alumbrar el camino a los Reyes Magos hasta el pesebre donde nacerá el Mesías, en un portal de Belén. Tengo que llegar, -sollozaba-. ¡Ayúdame!

-Estás muy herida. Te llevaré a casa y te curaré. ¿Queda lejos ese lugar?

-Muy lejos. Tengo un largo camino por delante.

Agustín la llevó a su casa, un humilde rancho de adobe con techo de ramas. Su madre lo vio llegar y pronto le prodigaron a la estrella todos los cuidados. La lavaron, la secaron y la colocaron en una caja cubierta con lana de oveja para que se sintiera protegida. Le aplicaron compresas, ungüentos y otros remedios caseros. Pero la herida no paraba de sangrar y ellos no tenían medicina. Agustín decidió bajar al pueblo a comprar lo necesario. Debía hacerlo caminando pues la mula estaba esguinzada y el trayecto era escabroso. La madre le dijo que esperara hasta el otro día pues ya era de noche.

El niño insistió aludiendo al grave estado de la estrella. Como no tenían ni un centavo, la madre le ordenó vender la única oveja que les había quedado luego del ataque que sufriera el rebaño a merced del lobo.

Agustín tenía miedo. No había nadie que lo pudiera acompañar. Sólo la oveja. Sin embargo juntó coraje y emprendió el viaje. Decidido a salvar a la estrella para que cumpliera su misión, acortó camino y cruzó ríos, montañas, desafió precipicios y así, con las rodillas y las manos lastimadas de trepar por las piedras, llegó a la farmacia del pueblo con su oveja. Estaba cerrada. Golpeó a la puerta con fuerza. Nadie respondía. Insistió hasta herir sus nudillos y por fin una ventana se abrió y un anciano cascarrabias lo atendió. Primero soportó el insulto por haberlo despertado en medio de la noche, y aceptando el tributo de la oveja el hombre le entregó la medicina.

Agustín desanduvo el camino con prisa, superando los miedos, la oscuridad, los ruidos nocturnos hasta llegar a su hogar y sentir la tibieza de ese refugio.

La estrella había empeorado. Sólo se oía un gemido: "Debo llegar, debo llegar?" El niño cayó de rodillas junto a ella.

-¡Estrellita, estrellita, no te mueras! Yo te curaré. Te lo prometo. Traje los remedios que te salvarán y podrás ir a ese lugar donde te esperan. ¿Sabes? Ahora que eres mi amiga, no quisiera que te vayas. No pudo continuar -la voz se le quebró, las lágrimas rodaban por su rostro. La estrella alargó con dificultad sus manitos y se las secó.

-No llores. Todos tenemos una misión en la vida. Debo cumplir con la mía. Tal vez alguna noche me veas brillar en el cielo. Yo te protegeré por siempre.

El niño lloraba en silencio, no se apartó de su lado hasta lograr sanar sus heridas. Cuando el sol brilló al amanecer, la estrella estaba curada.

-¡Estrellita, estás curada! -la tomó con cariño y la apoyó en su pecho.

-Gracias a ti Agustín. Me cuidaste toda la noche. Eres mi mejor amigo.

Agradecida, se despidió del niño y su madre, y se elevó al cielo hasta desaparecer.

Ese día, Agustín y su mamá bajaron al pueblo a vender yuyos y comprar comida; era la cena de Nochebuena. De regreso recordaban con nostalgia a la dulce estrella. Cuando próximos a llegar una gran sorpresa los paralizó.

-¡Mira mamá! ¡El rancho desapareció! ¡Hay una casa y un corral con ovejas!

-¡Al fin ha llegado la Navidad!

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Comunidad de negocios

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.