Semblanza y testimonios del temible tigre americano
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Mucho se ha perdido en materia de tradición. De hecho, el mismo paisaje en el que surgieron los usos y las costumbres criollas se transformó.
Los infinitos horizontes de antaño se ven recortados hoy por tupidos montes de eucalipto y casuarina. También la fauna y la flora sufrieron cambios: desaparecieron unas especies y surgieron otras. Sin ir más lejos..., ¿qué diría el lector si le asevero que en la vieja llanura porteña había tigres?
"¡Tigres en Buenos Aires, todos bolazos!", me decía un paisano. Sin embargo, el dato está documentado. Una de las citas más antiguas es una carta al Real Consejo de Indias, de 1556.
El ballestero Bartolomé García, que integró la expedición fundadora de Don Pedro de Mendoza, dice: "Vuestra merced bien vido y supo que los tigres que entraban en la palizada y mataban la gente, yo aguardé uno que hacía mucho daño, dende un árbol, fuera de la palizada, contra la voluntad de Francisco Ruiz, habiéndoselo suplicado y pedido por merced que me dejase aguardallo, yo lo maté".
Iconografía
El personaje principal del relato es un tigre cebado y nada menos que los sufridos colonizadores españoles de la primera Buenos Aires.
Ahora bien, ¿de qué tigre nos habla Don Bartolomé? ¿Acaso coincidiendo con la llegada de los expedicionarios hacía sus presentaciones un circo? Pues no, se trataba del tigre americano o yaguareté, conocido por los mapuches como nahuel, y llamado uturunco entre los quechuas.
Yaguar y yaguareté son voces de origen guaraní. Se trata de un animal de menor tamaño que el tigre asiático (un macho de yaguareté alcanza los 130 kilos), pero no por ello menos temible.
Elijo otros tres testimonios. El primero es iconográfico, y se trata de una famosa aguatinta de Emeric Essex Vidal que representa a dos indios pampas comerciando en una esquina porteña y, colgados sobre la derecha de la imagen, hay dos cueros de yaguar.
El segundo corresponde al ingeniero y agrimensor Narciso Parchappe, quien escribe en 1828, en el transcurso de su viaje a Cruz de Guerra.
Una noche, mientras Parchappe descansaba en un fogón en compañía de unos soldados, en cercanías del arroyo Saladillo, un yaguar se aproximó a ellos espantando la caballada.
El tercero surge de "Instrucciones a los Mayordomos de estancias", de Don Juan Manuel de Rosas. El Restaurador de las Leyes incluye a los "tigres" en la lista de animales indeseables en sus campos.
Si el lector rastrea en su biblioteca seguramente encontrará más referencias de este fabuloso animal en campo abierto. Raro parece todo esto hoy, dado que el yaguar sólo sobrevive en zonas de bosques tropicales.
Para orientar la búsqueda, sugeriré algunos autores que hacen aparecer al tigre en los pagos sureros: Ruy Díaz de Guzmán, Estanislao Zeballos, Guillermo Enrique Hudson, el mismísimo José Hernández, Justo P. Sáenz, y yéndonos un poco al Norte, Santiago Avendaño en sus memorias de cautivo, y ya en los llanos riojanos la famosa anécdota del "Facundo" recopilada por Sarmiento.
El terror y la admiración que ha inspirado en los hombres, su bellísima piel y el peligro que representó para el ganado han hecho del yaguareté una presa de caza muy buscada.
Cada pueblo ha tenido sus métodos de captura. Los mocovíes lo acorralaban y lo hostigaban hasta lograr que se abalanzara sobre ellos para traspasarlo con la lanza.
En la llanura, se lo enlazaba por el cuello, y se lo arrastraba hasta asfixiarlo, o bien, participaban dos enlazadores, que al tenerlo inmovilizado daban la oportunidad a un tercero para ultimarlo con el facón.
También pampas y tehuelches al salir a bolear solían toparse con algún tigre y le daban muerte de un bolazo en la cabeza.
Partes del cuerpo del tigre eran usadas con fines medicinales o como talismán, a lo largo de todo el territorio donde se lo hallaba. Era lógico, además, que un animal así abonara numerosas leyendas en la mitología popular. La más difundida en el norte de nuestro país es la de los hombres tigres, llamados "yaguareté-aba", en la zona de habla guaraní, y "runa-uturunco" o "capiangos" en el Noroeste.
Piel overa
En ambas regiones, el mito dice que se trata de hombres que por las noches se transforman en tigre, revolcando su cuerpo sobre un cuero de la fiera en cuestión.
Cuenta el general Paz en sus memorias que antes de la batalla de la Tablada hubo 120 deserciones debido al rumor circulante de que Facundo Quiroga, su adversario, tenía entre sus hombres 400 capiangos.
Otra prueba irrefutable de la amplísima distribución que este gran gato tenía es la presencia de cuero de tigre en los aperos criollos antiguos. Tal es así que hoy en día es un orgullo lucir en desfiles y concursos de emprendados la magnífica piel overa del nahuel.
Aquí me veo en la necesidad de hacer un poco de conservacionismo. El yaguar, nuestro yaguar, y los de toda América, están en extinción, y por ello su caza está prohibida.




