
La estancia de Eduardo Martínez de Hoz y Dulce Liberal
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Habiendo miles de estancias en el territorio argentino, algunas son famosas, mientras que la mayoría permanece desconocida. San José de Urquiza, en Entre Ríos; Acelain, de los Larreta, en Tandil; Chapad-Malal, cerca de Mar del Plata; Las Barrancas, en Ascochinga...
¿Qué tienen estas estancias para integrar la lista de las más renombradas? Más o menos importantes, todas son explotaciones agropecuarias. ¿Cúal es el agregado, entonces, que las hace famosas?
Lo que las distingue son los valores estéticos que sus dueños derramaron sobre el paisaje cultural que generaron en sus campos.
Fueron muchos los estancieros que volcaron buena parte de su esfuerzo y su fortuna en embellecer sus estancias; y es el aura que da la belleza, el supremo valor del arte, aún del arte de vivir, lo que resplandece en el panorama que ofrecen sus cascos.
La estancia Las Barrancas, en las sierras cordobesas, es uno de esos casos. Se hizo famosa por su hermosura y por la bella vida que llevaron sus fundadores. La aventura de construir una estancia en las sierras de Ascochinga y crear un paraíso propio en una geografía montaraz, había comenzado a mediados de la década de 1940.
Sus dueños, Eduardo Martínez de Hoz y su esposa, la bella Dulce Liberal (a quien el fotógrafo Cecil Beaton describió como "una gran estrella del mundo de la moda"), vivían en París cuando estalló la Segunda Guerra Mundial.
Como muchos de los residentes de "La Ciudad Luz", sufrieron grandes pérdidas y demasiadas amarguras; por eso, cuando pudieron volver a la Argentina y visitar a sus amigos, Miguel Cárcano y Stella de Morra de Cárcano, en San Miguel, la estancia que estos poseían en las Sierras de Ascochinga, el lugar se les presentó como el bálsamo que sus espíritus necesitaban para sanar.
La compra de un campo en medio de las serranías, y la decisión de crear un enclave soñado en un lugar sólo accesible a caballo, resultó el gran desafío y también una hermosa aventura para una pareja que empezaba a desprenderse de la vida sofisticada de París, para permanecer cada vez más tiempo en la Argentina.
Todo empezó trazando un camino entre las piedras para atravesar las sierras, y llegar al sitio elegido para levantar el casco de la estancia.
Después, carros y camiones subieron y bajaron trabajosamente cientos de veces entre la localidad de Ascochinga y Las Barrancas para llevar los materiales de construcción, los miles de árboles que se plantaron y las infinitas cosas que se necesitan para concretar un sueño caprichoso, pero realizable.
Mientras el arquitecto Rodríguez Etcheto levantaba la enorme casa en estilo colonial portugués, y el ingeniero agrónomo Martín Ezcurra se ocupaba del diseño y la plantación de un gran parque, Dulce se dedicaba a las áreas de jardinería y a la decoración. Por su lado, Eduardo, famoso criador de caballos de carrera en Francia, hacía levantar las caballerizas para empezar una nueva producción equina.
Pero no todo lo bello de la estancia se concentró en el cuadro estético que se pintó allá arriba, sino también en el estilo de vida que se impuso esta pareja, con su capacidad innata para gozar de la vida y su carácter mundano y sumamente social. No es casual que otro enamorado de Córdoba, amigo y vecino, el escritor Manucho Mujica Lainez, escribiera: "Eduardo y Dulce gozaron de la vida lo que la vida les otorgó en plenitud, y lo hicieron gozar a los otros".
Efectivamente, rodeados de amigos, de flores, de bellos caballos, haciendo "vida de Chateau", como en Europa, Eduardo y Dulce festejaron allí desde sus bodas de plata a sus bodas de oro matrimoniales, envejeciendo en armonía donde encontraron una felicidad plena.
Pero el 17 de agosto de 1977, con el fallecimiento de Eduardo, se apagó el sol en Las Barrancas y Dulce Liberal no quiso volver. Vendió la casa y diez años más tarde se reunió con su esposo.
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