
A mediados del siglo XIX ya se veían en los establecimientos de campo y sorprendían por su belleza
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El pavo real se destaca entre las aves por la fastuosidad y belleza de su plumaje. Su despliegue causa admiración y regocijo a la vista de quien lo contempla; pero, más allá de los detalles sobre su origen, especie o coloración, resulta sumamente interesante repasar las diversas situaciones y anécdotas que propició esta ave en las viejas estancias rioplatenses.
A mediados del siglo XIX, era frecuente encontrar en los periódicos locales avisos de compra o venta de pavos reales destinados a los establecimientos de campo, aunque también era habitual localizarlos en los amplios jardines y quintas de la ciudad. Muestra de ello es el aviso publicado en el Diario de la Tarde el 2 de noviembre de 1848: “Se ha perdido un hermoso pavo real de la quinta de la Sra. de Arroyo; de la Iglesia de Nuestra Sra. del Socorro cuadra y media para las cinco esquinas de la Recoleta a mano derecha, el primer portón de reja; el que lo entregue en dicha quinta, recibirá una generosa gratificación”.
En su célebre libro autobiográfico Allá lejos y hace tiempo, William Henry Hudson relata que el general Ángel Pacheco —ministro de Guerra de Juan Manuel de Rosas— poseía un campo vecino al de su familia. En aquel lugar, Pacheco: “...se dedicaba a la cría de caballos y ganado, pero a esos animales el propietario los consideraba de menor importancia que a los pavos reales, aves por las cuales sentía tan gran predilección que, no pareciéndole suficiente las que tenía, compraba siempre más y más para mandar a la estancia, hasta que todo el lugar se inundó de pavos. Pero como el señor hacendado y ministro de guerra los quería para sí solo, había prohibido la venta, no pudiendo nadie de la casa dar, ni siquiera un huevo de la hermosa gallinácea. La propiedad estaba a cargo de un mayordomo, buen hombre que, como se diera cuenta de que a nosotros nos gustaban mucho las plumas de pavo real para decorar las habitaciones, nos mandaba enormes atados en el tiempo del desplume”.

El propio Juan Manuel de Rosas dejó constancia de su interés por estas aves. En una carta fechada el 8 de agosto de 1837 y dirigida a Juan José Becar, mayordomo de su estancia San Martín, el Restaurador le informaba sobre el envío de unas carretas a cargo de Franco Álvarez con materiales requeridos, y añadía un pedido muy particular: “Si el carretero quiere llevar un casal de Pavos Reales también he dado orden que vayan en una jaula, cuya jaula debe Ud., cuando lleguen los pavos reales, ponerla a la sombra en lugar seguro donde no sea estropeada, y los pavos reales sacarlos fuera, es decir, largarlos, pero es necesario que los saquen con cuidado para no arrancarles pluma”.
Los cronistas y viajeros extranjeros también dejaron testimonio de su presencia en el ámbito rural. Thomas Woodbine Hinchliff, en su obra Viaje al Plata en 1861, comenta que al visitar la estancia de Mr. Clarke notó que a espaldas de la casa habitación existía un terreno cercado con tapia donde vivían, en llamativa promiscuidad, “cerdos y pavos reales”.
Mucho tiempo después, el entorno rural cordobés seguiría albergando a estos animales. El catedrático Rodrigo Gutiérrez Viñuales, al transcribir un manuscrito inédito del pintor Fernando Fader, relata que el artista, al regresar a la localidad de Caminiaga, se dedicó a terminar un dibujo de su “pieza abandonada”. En sus notas, Fader apuntó con resignación: “Los dos pavos reales de los vecinos ya se han instalado en la cumbrera del rancho. Esta noche dormiré dentro de esa covacha. Estarán de parabienes las vinchucas y las chinches... Mala suerte”.
La pluma como adorno en el sombrero
En el plano de las costumbres y la vestimenta criolla, la pluma de pavo real ocupó un lugar ornamental destacado. En su obra Pilchas criollas, el historiador uruguayo Fernando Assunção comenta, al describir la vestimenta de la mujer de campo, que esta solía llevar la cabeza cubierta con un sombrero de hombre —ya fuera gacho o de pajilla— provisto de barbijo, el cual iba casi siempre adornado con plumas; las más comunes eran de avestruz, pero a veces se utilizaban las de pavo real.

En sintonía con esto, Roberto Bouton, en su estudio sobre la vida rural en el Uruguay, coincide en que los sombreros solían adornarse al costado con una pluma de ñandú o de pavo real, una particular elegancia que los paisanos denominaban “a la usanza charrúa”.
Dichos, creencias y literatura
La fuerte presencia de esta ave en la vida cotidiana impregnó el lenguaje popular y el folclore rioplatense a través de refranes, supersticiones y fábulas. Veamos:
“Tiene más copete que un pavo real” (aplicado a personas presumidas o soberbias); “es vanidoso como pavo real”.
Tener plumas de pavo real dentro de la casa es considerado por muchos como un imán de mala suerte.
Cuando los pavos reales gritan encaramados en las copas de los árboles, los paisanos lo toman como un indicio seguro de tormenta.
Existe el mito de que no conviene criar pavos reales en el hogar, bajo la creencia de que la familia terminará en la indigencia.
En la literatura
El escritor Godofredo Daireaux, agudo observador de las costumbres de nuestro campo, no dejó pasar la oportunidad de rescatar la psicología de esta ave e incluyó el relato titulado “El pavo real y sus admiradores” dentro de sus célebres Fábulas argentinas.
De ornamento aristocrático en las quintas urbanas a habitante inesperado en las estancias, el pavo real supo ganarse un lugar definitivo en las crónicas, la estética y el imaginario del mundo criollo.
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