
En un gran desierto, el adecuado manejo del agua originó oasis agrícolas, donde lideran los viñedos; el panorama es alentador en el Norte, pero preocupante en el Sur
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MENDOZA.- El territorio mendocino es un gran desierto de 15 millones de hectáreas que, gracias al sabio aprovechamiento de los ríos que bajan de la cordillera de los Andes y de las aguas subterráneas, cuenta con verdaderos oasis agrícolas. Aquí, la vitivinicultura, favorecida por el clima seco y noches frescas, lidera la producción provincial -y nacional-, seguida de la fruticultura y la horticultura.
Pero la realidad agrícola de la provincia va más allá de los oasis, que ocupan sólo el 3,67 por ciento del territorio. Según lo observado en una una recorrida efectuada por La Nación y los testimonios recogidos, las sensaciones son disímiles.
A la pujanza del Valle de Uco, con los frutales y viñedos de Tupungato impulsados por fuertes inversiones, contrasta un panorama menos alentador en Tunuyán, y mucho más, la pobreza, el atraso y el abandono de San Rafael y General Alvear, como consecuencia del grave castigo ocasionado por sucesivas tormentas de piedra y por una reconversión frutícola que para la mayoría fue imprudente e improvisada.
Esta situación ocasionó un endeudamiento de difícil recomposición y la reducción del área cultivada que en los últimos 10 años cayó, en el orden provincial, de 340.000 hectáreas a 290.000.
La ganadería, en tanto, queda relegada sólo al Sudeste (San Rafael y General Alvear), en campos marginales, en los que sólo se puede desarrollar la cría en forma extensiva.
La fuerza del agua
Toda la superficie cultivada de la provincia tiene riego artificial que se obtiene de los ríos Mendoza, Tunuyán, Atuel y Diamante. Además, existen unas 10.000 perforaciones para extraer agua, lo que constituye "un quinto río más".
Sumado a esto, hay un proyecto de trasvasar las aguas del río Grande, que atraviesa una región improductiva, en el límite con Río Negro, hacia una zona más apta para el cultivo en Malargüe, General Alvear y San Rafael, con lo cual se incorporarían 80.000 hectáreas a la producción.
Heredada de los huarpes, indios laboriosos, agricultores y pacíficos, que con ingeniería de los incas construyeron los primeros canales para cultivar este territorio, el perfil del productor mendocino se fue moldeando con la cultura del aprovechamiento de un recurso que no abunda. El canal que corre por debajo de la avenida San Martín, en Mendoza, y el Allayme, en Guaymallén, son testimonios de aquellos precursores.
Del deshielo de la cordillera hasta la finca, el agua es conducida desde los ríos por canales primarios, secundarios y terciarios hasta finalmente concluir en las acequias.
El manejo del agua, por mandato de la Constitución provincial, está a cargo del Departamento General de Irrigación. Pero la administración corre por cuenta de los mismos usuarios, con recursos surgidos del canon que ellos abonan y que oscila entre 20 y 60 pesos por hectárea.
Con la distribución de las fincas entre los primeros colonos, principalmente españoles e italianos -aunque también vinieron franceses, alemanes y yugoslavos- la tierra fue adquiriendo el derecho de agua, que a partir de entonces quedó inherente a la propiedad.
Luego comenzaron las perforaciones, cuya autorización depende de un organismo específico del Departamento de Irrigación para resguardar la integridad de los acuíferos.
Con las nuevas tecnologías, a partir de la sistematización del riego, el agua llega ahora hasta donde no lo podía hacer la acequia o el surco. Es una gran inversión porque una perforación cuesta entre 50.000 y 120.000 dólares y la sistematización, entre 3000 y 4000 dólares la hectárea en viñedos y hasta 20.000 en frutales. Pero aseguran que vale la pena, porque duplica o más la superficie regada.
La vitivinicultura
Si bien el Valle de Uco, en el oasis formado por el río Tunuyán, en lo que es el centro-norte de la provincia, es fundamentalmente frutihortícola, en los últimos años, en la franja pegada a la cordillera se ha dado un fuerte impulso a la producción de uvas de alta calidad.Han llegado aquí capitales chilenos, norteamericanos, franceses, holandeses y brasileños que, más los nacionales, suman unos 500 millones de dólares en tecnología y en nuevos cultivos para la elaboración de vinos finos.
"Es que este sector top de la producción, que apunta a vinos cabernet-sauvignon, chardonnay, y riesling, entre otros, tuvo un crecimiento espectacular, con un índice de rentabilidad muy alto que llega, en promedio, al 20 por ciento", expresó el productor y vocal zonal de Aacrea, Juan Vinciana.
En cambio, las uvas de calidad media o baja, que son las de consumo masivo, están en franca declinación y los números no cierran. ¿Qué ocurrió? Entre 1960 y 1974, cuando el consumo de vino trepaba los 100 litros por año por habitante, no había manera de abastecer la industria. Por tal motivo, mediante un programa de desgravación impositiva se incentivó una mayor producción de uvas. "Se incorporó una enorme cantidad de cepajes que en Europa estaban destinados a consumo como fruta fresca, que son de gran desarrollo, de racimos muy grandes, de gran tonelaje, pero de menor aroma, sabor y color", acotó Vinciana.
Como un baldazo de agua fría y por una cuestión de preferencias, al tiempo que se registraba una sobreproducción de uvas de calidad media, el consumo de vino común, con los años, comenzó a decaer, en detrimento de una mayor aceptación en el mercado de los de alta calidad.
Esta crisis provocó alejamientos de la actividad y un éxodo rural que hoy se traduce en el tétrico paisaje de abandono y desolación en gran parte del sur y sudeste mendocinos. "Los productores de La Paz se fueron a San Luis, tentados por la promoción industrial, y los de San Rafael y General Alvear probaron suerte en La Pampa", narró Vinciana.
Alternativas
Desde la ciudad de Mendoza hacia el Este es la zona donde históricamente se hizo fuerte la uva para vino de mesa. De los 12 millones de quintales cosechados este año, esta región aportó nueve. Pero hoy las necesidades de reconversión impulsan a los productores a buscar alternativas.
José Luis Lanzarini, de Rivadavia, administra un establecimiento familiar iniciado por sus abuelos italianos. Tiene 110 hectáreas de viñedos, la mayor parte, para vinos comunes y 28 de frutales para industrializar.
"Hoy la alternativa del vino común es la elaboración de mostos para edulcorar jugos, pero lo que más interesa es pasar de la uva común a la fina, y eso es lo que estamos encarando, aunque no es una tarea sencilla por la inversión que representa", agregó Lanzarini.
La olivicultura es otra actividad que, manejada correctamente, puede resultar una interesante alternativa. Según Rodolfo Giol, productor de Maipú, los rendimientos son de entre 8000 y 9000 kilogramos por hectárea con una rentabilidad del orden de los 2000 pesos por hectárea.
En su establecimiento dedica 100 hectáreas a este cultivo. De ellas, 65 son plantas que producen aceitunas verdes para consumo y el resto tiene un doble propósito: aceitunas negras y aceite. Giol también es vitivinicultor y fruticultor en Luján de Cuyo, con 150 hectáreas y rendimientos de entre 120 y 140 quintales de uva para vino fino, que dejan un aceptable retorno.
Guido Montorsi, un italiano que desde pequeño está radicado en Rivadavia, tiene 70 hectáreas de vides y sólo 8 dedicadas a la uva fina. Sin decirlo, ha hecho de la vitivinicultura una alternativa, pues su fuerte está en la producción de pollos frescos: en su establecimiento faena 450.000 cabezas mensuales y cubre el 40 por ciento del consumo en Mendoza y también vende en La Rioja, San Luis, La Pampa, Catamarca y Buenos Aires.
La pujanza de Tupungato
La pujanza de Tupungato
Con el marco de fondo de la cordillera nevada, en el Valle de Uco hubo un crecimiento en la superficie agrícola, cuando en el resto de la provincia ocurría lo contrario. En los últimos diez años pasó de 50.000 hectáreas a algo más de 60.000.
En Tupungato, el paisaje cambia sensiblemente a favor y la tierra está prolijamente trabajada. Las grandes inversiones apuntadas no pasan inadvertidas. Son entre 7000 y 8000 hectáreas de tierras que estaban incultas que fueron vendidas a firmas extranjeras.
Se observa la tarea de preparación de la tierra: se desmonta, rastrilla y nivela con moderna maquinaria para plantar nuevos viñedos.
Estas nuevas tierras se incorporan a viñedos de distintas edades y cepas, durazneros y ciruelos, todos en excelente estado y con avanzada sistematización de riego.
"En esta región hay 2000 hectáreas de duraznos que generan el 40/50 por ciento de la producción de la provincia. Los tomates registraron rendimientos que superaron los 50.000 kilogramos por hectárea", dijo a La Nación el productor Roberto Luis Lamm, que también es director de Industrias Alimenticias Mendocinas SA, que procesa y enlata duraznos y tomates, entre otros productos.
"Hasta hace dos años estos campos no tenían valor, pero hoy superan los 2000 dólares la hectárea." Cuando en toda la provincia, las fincas promedio tienen 5 hectáreas, tentados por la productividad del suelo, en esta zona los productores llegan a tener hasta 30 hectáreas. "No obstante, los grandes inversores llegan aquí no por menos de 200 a 300 hectáreas", concluyó el industrial.
Comentarios en la finca
La lucha contra el granizo con el empleo de cohetes es un tema de discusión para los mendocinos. Los estudios comenzaron en 1973 y al principio estaba en manos del Estado. En 1993 el servicio se privatizó y no todos los departamentos lo adoptaron.
El sistema protege 190.000 hectáreas y cubre los distritos de San Martín, Junín, Rivadavia, este de Maipú y oeste de Santa Rosa. Consiste en desintegrar nubes de granizo con cohetes cargados con ioduro de plata, los productores deben pagar 70 pesos por hectárea por año. Se calcula que con la lucha antigranizo evita el 70 por ciento de las pérdidas que pueda ocasionar el fenómeno climático.
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Durante muchos años Mendoza acumuló un crédito con la Nación por regalías petroleras mal liquidadas. Con los recursos de la venta de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), el Estado nacional saldó la deuda con la provincia.
Por iniciativa de la Unión Comercial e Industrial de Mendoza se propuso crear el Fondo de Transformación y Crecimiento, para financiar, a tasa cero, la instalación de sistemas de riego, la compra de mallas antigranizo y el fomento en general de la producción.
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El impuesto más pesado para el productor mendocino es el de ingresos brutos, que alcanza el 3 por ciento. Con la firma del Pacto Fiscal, en 1995 se le dio la posibilidad al sector agrícola de acceder a tasa cero, siempre y cuando se estuviera al día con los otros tributos provinciales. "Pero hoy esto es casi imposible para el productor, porque muchos vienen arrastrando desastres climáticos, descapitalización y la imposibilidad de estar al día con sus impuestos", señaló el productor y presidente de la Cámara de Comercio, Industria y Agricultura de Tunuyán, Leonardo Hisa, que agregó que el productor, para obtener el certificado de la emergencia agropecuaria, que le facilitaría el acceso a la tasa cero, "choca contra la burocracia del Ministerio de Economía".




