Para Kirchner llegó la hora de la verdad

Aún resta conocer con mayor profundidad los enunciados de campaña para saber cómo se solucionarán los problemas
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24 de mayo de 2003  

A Néstor Kirchner le llegó el momento de gobernar o, como bien dijo alguna vez el ex presidente español Felipe González, "pasar de la ética irrestricta de los principios a la ética amplia de las responsabilidades".

Por estos días, los argentinos hemos dado respuesta a dos de las tres preguntas que realmente cuentan.

Se sabe ahora, aunque tímidamente, qué país se quiere, o en su defecto, sabemos más enfáticamente qué país no se quiere por más que el ballottage haya quedado en la gatera. Se sabe también quién es el elegido para la tarea y quiénes lo secundarán. Lo que todavía se ignora, casi por completo si se quiere profundizar el nivel de los enunciados, que es cómo se cumplirá con la promesa de un futuro mejor.

Y acertar en el cómo, es decir en el camino del crecimiento, no es algo simple en una Argentina que viene de sufrir una de las peores crisis de su historia.

Para la mayoría de los economistas consultados la estrategia utilizada por el ministro de Economía, Roberto Lavagna, de dilatar buena parte de las decisiones cruciales y enfriar el partido sirvió durante la emergencia político- económica que vivió el país, pero será claramente insuficiente en el futuro.

Lo mismo se puede decir del rol que deberán jugar los diferentes sectores de la economía nacional: lo que sirvió hasta ahora probablemente no sirva en el futuro si lo que se quiere es crecer.

Vale recordar, entonces, que crecer es la materia obligada para la solución definitiva de gran parte de los problemas mas acuciantes como son el hambre, la pobreza, la falta de trabajo, la deuda externa, etcétera.

Durante la emergencia económica de la gestión del presidente Eduardo Duhalde, el complejo agroalimentario se convirtió, gracias a las retenciones, en el salvavidas de buena parte de la sociedad.

"El campo impidió una catástrofe" dijo en su momento Luciano Miguens, presidente de la Sociedad Rural Argentina (SRA).

Hablaba del aporte del sector que posibilitó la existencia de buena parte de los planes sociales, entre ellos el Plan Jefes y Jefas de Hogar.

Según cálculos privados serían cerca de 8000 millones de pesos lo que los productores dejarían de percibir anualmente si se computan las retenciones, el crédito fiscal por la modificación de la alícuota del IVA y la falta de ajuste por inflación en el impuesto a las ganancias.

Este aporte se justifica cuando hay que socorrer problemas inauditos en la Argentina como el del hambre, pero se corre el peligro de cristalizar la imagen del campo como la de un mero salvavidas subestimando su aporte para el crecimiento del país.

De esto hay suficiente experiencia en el país, años de penalizar las exportaciones y la falta de una estrategia productiva nacional explican parte del problema argentino.

Amplias posibilidades

De los estudios sobre perspectivas económicas que vienen efectuando algunas instituciones relacionadas con el sector agropecuario se desprende que sería un error no aprovechar las enormes posibilidades que se abren para la Argentina en el comercio internacional como un proveedor de alimentos confiable y de alta calidad.

De hecho, el sector sigue siendo una fuente principal de divisas, el 50% del total exportado. Tiene un espectro relativamente amplio de clientes, la mitad de sus exportaciones se reparten entre Brasil, la Unión Europea y el Nafta y la otra mitad se destina a más de 90 países del resto del mundo. Y, enfrenta relativamente pocos competidores cuya ventaja son esencialmente los subsidios. Según estos análisis, para que la Argentina se convierta en un provedor confiable se necesitará inexorablemente de una política agropecuaria de largo plazo con una estrategia muy definida para agregar valor a las exportaciones y asegurar el acceso sanitario a los mercados.

Mientras tanto, en el corto plazo, el campo dependerá de los aciertos del flamante equipo del doctor Néstor Kirchner así como de un "aggiornamiento" del sector privado.

En este sentido, la experiencia internacional indica que países proveedores de alimentos como Australia, Canadá, Nueva Zelanda o Chile han sabido construir organizaciones agroindustriales exitosas que por estas tierras estamos bastante lejos de tener.

Prevalecen, por ejemplo, los arreglos contractuales entre productores y procesadores o comercializadores; se administran los riesgos de producción también en forma contractual; los costos de accesos a nuevos mercados se comparten con los gobiernos, etcétera.

En estos países se entendió que nadie se salva solo y que no existe nada mas provechoso para los productores o procesadores que estar relacionados en buenos términos y con alianzas de largo plazo.

Es, en definitiva, el funcionamiento de las cadenas agroalimentarias que lamentablemente en la Argentina muchas de ellas no han pasado la etapa del diagnóstico y el papel.

En el futuro habrá más integración y asociativismo. ¿Quién lo duda? El idilio político entre Brasil y la Argentina, por la apuesta regional en el Mercosur, también es prueba de ello.

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