
Ya es un mercado estructural para la soja, el maíz y la caña de azúcar; la Argentina tiene una gran oportunidad de aprovecharlo por los recursos y capacidades que posee
3 minutos de lectura'

Durante las últimas dos décadas, la expansión de los biocombustibles transformó el transporte terrestre global.
El etanol sustituyendo naftas y el biodiésel complementando al gasoil demostraron que las políticas bioenergéticas son el camino privilegiado para alcanzar un triple objetivo: industrializar la ruralidad, descarbonizar el transporte y dar seguridad a los sistemas energéticos, todo esto mientras se incrementa la producción de alimentos.
Para el sector agropecuario, este mercado ya es un pilar estructural. En la actualidad, el 30% de la caña de azúcar, el 15% del maíz y más del 20% del aceite de soja producidos en el planeta se transforman simultáneamente en energía y alimentos. Resulta inverosímil imaginar el futuro de estas cadenas agrícolas sin considerar la tracción de la demanda energética.
Sin embargo, el verdadero salto de escala está por ocurrir. La presión global por descarbonizar sectores críticos e históricamente complejos, como la aviación y el transporte marítimo, exigirá volúmenes inéditos de biocombustibles de bajo carbono.
Los aceites vegetales y el etanol que hoy se mezclan en los surtidores locales pueden convertirse en Combustible Sostenible de Aviación (SAF, por sus siglas en inglés). El desafío es monumental: atender estas nuevas demandas globales requerirá triplicar la producción mundial de biocombustibles en los próximos 25 años. Para los países agrícolas, esto representa una oportunidad histórica.

Para la Argentina, la ventana de oportunidad es evidente. Hoy el país exporta más del 60% de las 70 millones de toneladas de maíz que produce sin agregarle valor. Al mismo tiempo, el complejo sojero puede generar más de 12 millones de toneladas de aceite, mientras que la caña de azúcar consolidó una fuerte expansión durante la última década.
El país cuenta con los activos necesarios: un ecosistema de productores altamente tecnificados, una agroindustria competitiva, infraestructura exportadora y un know how respaldado por décadas de experiencia. Además, tiene hidrocarburos en abundancia. Lejos de ser un juego de suma cero, estas fortalezas no son excluyentes.
La verdadera pregunta estratégica es qué hacer con ellas. Mientras el país incrementa sus exportaciones de petróleo, la capacidad de las refinerías locales para procesarlo se encuentra al límite.
Es justamente allí donde los biocombustibles emergen como una solución inteligente: permiten expandir de forma modular la capacidad de (bio)refinación, sustituir importaciones de naftas y gasoil, y traccionar el desarrollo federal agregando valor en origen al agro.
Construir una industria fuerte de biocombustibles hoy no significa solamente sustituir una parte de la nafta o del gasoil que hoy se importan. Significa desarrollar plantas, tecnología, logística, certificaciones, recursos humanos y escala industrial para acoplar dichas capacidades productivas a las crecientes demandas de biocombustibles para la aviación y la navegación. Por eso, toda expansión del mercado interno de biocombustibles hoy influirá en el corto plazo y mediano plazo en generar las escalas y capacidades productivas para ampliar a un modelo de valor agregado exportable de nuevos biocombustibles bajos en carbono para la aviación y la navegación.
El país tiene los recursos y buena parte de las capacidades. Puede convertir el desafío global en una gran oportunidad local.
-------------
Representante en la Argentina y Especialista Internacional en Biocombustibles del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), respectivamente



