
Cada ganadero tiene su sello; la costumbre proviene de lejos
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"Apriete que va la marca...!" gritaba el paisano y enseguida corría otro peón, llevando en la mano el fierro al rojo vivo, con el que el orejano quedaría sellado para toda su vida.
El olor a cuero y a pelo quemado se confundían con el aroma de los asados, que coronaban la yerra.
Antiguamente, para designar la propiedad de un vacuno recurrían a casi todas las señales que se imprimían al lanar en las orejas. Así se facilitaba el aparte a campo abierto.
Sin embargo, muchos hacendados prefirieron marcar en la quijada, evitando así que el cuero del animal se desvalorizara, en épocas en que éste tenía mejor precio.
La forma más difundida en la actualidad es la marca en el cuarto trasero izquierdo, en el apreta - caderas de una manga, y si hay alguna costilla después de la faena se puede considerar una lejana versión de las celebradas ierras. En estas verdaderas fiestas, realizadas en otoño (porque en esta época no hay moscas y "se retira la sabandija") los hombres y caballos demostraban sus habilidades.
El método de Rosas
Ya en 1825 Juan Manuel de Rosas señaló en sus "Instrucciones para la administración de estancias" que la marca "debe quemar bien y por parejo y de ningún modo se dejará mal quemada". "Las vacas -agrega más adelante- llevarán la marca en el anca, y lo mismo las yeguas y los burros. Sólo los machos caballunos la llevarán en la pierna; pero todos en el lado de montar."
En el tratamiento de la marcación, el que fuera considerado por sus seguidores "el Noble Restaurador" y "gaucho inglés" por sus detractores, señala que las marcas deben mojarse en el agua tantas veces como se pongan en el fuego. "Se saca una marca del fuego, se marca con ella y antes de volverla a poner en el fuego, debe mojarse en el agua".
El puesto del marcador o "marquero" era generalmente uno. Estaba limitado sólo para recibir el hierro y marcar, evitándose de esta manera que la marca pasara por varias manos.
Los señaladores, en cambio, trabajaban a cuchillo hasta que aparecieron en el mercado instrumentos "más racionales".
El hombre de campo también denominó "plato" al cuarto trasero del animal en donde se marcaría al orejano.
La fama bien ganada
Si es por marcar, el gaucho tenía bien ganada su fama. Había algunos que en una pelea, en la que llevaba ventaja sobre su enemigo, se contentaba con dejarlo marchar con una marca en el rostro.
En realidad, la marca del ganado proviene de épocas lejanas pero aún hoy continúa teniendo vigencia en los campos argentinos, pese a que ya se habla de medios de identificación electrónica del ganado.
El indio pampa, tal como cuenta Pedro Inchauspe en "El gaucho y sus costumbres", ante los atónitos "huincas" sobrevivientes de sus malones, expresaba a los alaridos: "Marca tuya, caballo mío". Mientras tanto, los desamparados pobladores veían cómo sus pingos se perdían tras una nube de tierra.





