Combatiendo al capital, con algunas excepciones
El empresario está más enérgico que nunca. Parece bajoneado. "¡Fracasamos en el Mundial, perdimos 4 a 0 y lo festejamos! ¿Se da cuenta?", suelta, y acaba de una vez, del pico, la botellita de agua mineral en su oficina. Está obsesionado con una idea. Dice que la sociedad argentina, políticos incluidos, ha perdido la capacidad de entender cuestiones elementales. "Hace 20 años vivimos una híper y a nadie le preocupa ahora la inflación. Creemos que es beneficiosa", agrega. Como es el dueño de un grupo con fuertes inversiones, cualquiera podría apuntar que tal vez todo cambiará el día en que líderes como él planteen estos temas públicamente. "¿Y qué gano? En la Argentina, los empresarios tenemos todo para perder", contesta.
Al contrario de lo que pudo haberse pensado tras las elecciones del 28 de junio de 2009, el miedo empresarial al Gobierno se ha agravado. "En Brasil yo hablaría, porque hay instituciones que a uno lo respaldan; pero no acá", explicaba años atrás el dueño de un grupo afiliado a la Unión Industrial Argentina. Días después, una discusión entre Santiago Del Sel, entonces director general de Zurich, y Enrique Pescarmona, de Impsa, sacudió una monótona reunión del coloquio de IDEA de 2005. Del Sel le reprochaba a Pescarmona haber negado preocupaciones corporativas importantes en una entrevista con LA NACION. Eran días turbulentos: Néstor Kirchner acababa de sacudir desde el atril a Alfredo Coto por declaraciones que el empresario no había hecho, y la cúpula de IDEA se reunió para resolver si respondía o no. La conclusión fue que no, porque la economía estaba bien. Del Sel se dedica ahora a la política.
Con los años, el pavor se fue extendiendo a funcionarios de menor jerarquía. Guillermo Moreno parece ya engolosinado con eso de hacer poner de pie, cuando llega a las audiencias, a los ejecutivos que lo esperan. Es una de las razones por las que propietarios como Javier Madanes Quintanilla, de Aluar, han decido ir en persona a esas reuniones: no sólo para no exponer a sus empleados, sino también porque esos encuentros suelen ser pistas de cuestiones que discurren bastante más arriba en el poder.
Lo vivieron los 40 petroleros, fraccionadores y distribuidores de garrafas que visitaron a Moreno el martes. Como en el primer día de clases, los asistentes se iban presentando uno a uno. Le llegó el turno al representante de Extragas, una empresa que hace tres años tenía 9% del mercado de fraccionadores y ya está en el 13%. Antonio Corral, dijo el ejecutivo. Ah, ¿vos sos Tony? , se extrañó Moreno, y le preguntó, delante de todos, cómo estaban las cosas en la compañía y cuánto tenían de participación. Un 15 por ciento , redondeó Corral. Por ahora, ¿no? , lo alentó el funcionario. Extragas es ya la tercera fraccionadora del país, detrás de YPF y Total, y ganó fama entre petroleros que han recibido alguna vez la orden del Ministerio de Planificación para darle prioridad de volumen en propano y butano. Su presidente, Aldo Rocchini, es tan influyente que algunos pares lo llaman "el Papa". La alusión vaticana no le alcanza aún para superar en exposición a su hijo, Daian, célebre en las revistas desde que empezó a salir con Jésica Cirio.
¿Cómo sobrevivir al hostigamiento o, peor, a la discrecionalidad? Algunos miembros de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) plantearon estas cosas el jueves pasado, durante una reunión con Ricardo Arriazu en la que la inflación, que el economista tucumano ubicó en el 25% anual, no fue más relevante que la inquietud electoral hacia 2011. "Ya todos hablamos en términos eleccionarios", dijo uno de los presentes.
El contexto prueba a los más curtidos. Es probable, por ejemplo, que sea Shell la única empresa que ha logrado, sin influencias directas, acotar sus cortes de gas. El último martes 13 venía sobrecargado: Metrogas, mediante un correo electrónico firmado por su jefe de Ventas de Grandes Clientes, le ordenó a la petrolera, hasta nuevo aviso: "Deberá suspender totalmente sus consumos de gas natural". El texto explicaba que "estas restricciones se deben realizar por la falta generalizada de gas natural en los sistemas de transporte, y no por una falta de capacidad de transporte". Todo dicho.
Juan José Aranguren, presidente de Shell, le contestó ese día, por carta, que el consumo mínimo de gas requerido por su refinería era de 250.000 metros cúbicos diarios y que cualquier rebaja lo obligaría a incumplir el abastecimiento de gasoil, pero que ofrecía bajarlo gradualmente sólo a 140.000 m3. "Haremos responsable a Metrogas por cualquier acción que lleve a cabo destinada a cortar el suministro de gas a nuestra refinería, y por las penalidades que pudieran recaer sobre nuestra empresa", decía el texto, enviado con copia al secretario de Energía, Daniel Cameron.
Al día siguiente, Metrogas envió una segunda orden que, en los hechos, aceptaba la propuesta: "Por específicas instrucciones de autoridad de aplicación, deberá limitar sus consumos diarios a un máximo de 150.000 m3". Una semana después, Aranguren ordenó que nadie fuera a la reunión entre Moreno y el sector. Shell fue la única ausente. Ante 40 testigos, el secretario dedicó a los ejecutivos de la firma angloholandesa un calificativo con su impronta: "Cagones".
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